Marcados por un pasado lleno de persecuciones, los seguidores del judaísmo en el país intentan equilibrar su fe con las costumbres bolivianas.
Texto: Javier Badani • Fotos: Pedro Laguna / Javier Badani
Se prohíbe el ingreso a perros y judíos”. Detenido en el umbral de un restaurant, Guillermo Wiener descubrió a sus ocho años que su presencia ya no era bienvenida en su natal Viena (Austria). Corrían los primeros meses del año 1939 y la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de sacudir al mundo. Desde Alemania, mientras tanto, la maquinaria nazi comenzaba a irradiar en Europa su intolerancia contra el pueblo de Wiener, el judío.
“En los parques donde antes yo jugaba, ahora se alzaban letreros que decían \'sólo para arios\' (supuesta raza superior a la que decían pertenecer los alemanes). Muchos judíos fueron despedidos de sus trabajos y otros obligados a ceder sus departamentos a los miembros del partido nazi. La vida comenzó a transcurrir en medio del miedo”, rememora Guillermo Wiener, quien en 1940, junto a sus padres, engrosó la lista de los aproximadamente 15.000 judíos que emigraron hasta Bolivia desde distintos puntos del Viejo Mundo. Entonces, su único objetivo era el de salvar sus vidas.
Desde esa época, la comunidad judía —que en la actualidad no llega al millar de miembros y que se constituye en una de las más pequeñas de la región— mantiene viva en el país el rico bagaje religioso y cultural del pueblo judío. Las nuevas generaciones, además, entremezclan esa identidad con las costumbres bolivianas, con las que aseguran identificarse con orgullo.
A pesar de ello, y debido a una historia plagada de persecuciones y marcada, además, por una serie de estereotipos infundados, la mayoría de los judíos en Bolivia se arropa a diario con un dejo de hermetismo.
La primera sinagoga
El judaísmo es mucho más que una religión; engloba, además, a la tradición y a la cultura del pueblo judío. Este hecho lo diferencia de las otras dos religiones monoteístas más difundidas en el mundo, el cristianismo y el islamismo, cuyas raíces tienen como tronco común al judaísmo, la más antigua de las tres.
“No es una raza ni una religión: es una forma de vida”, define Gabriel Hercman, director institucional del Círculo Israelita de La Paz-Comunidad Judía de Bolivia, entidad en torno a la cual se organizan las actividades de los judíos que en su gran mayoría se hallan en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz.
Según los datos históricos, fue durante la Colonia que los primeros judíos comenzaron a llegar a estas tierras. Ya para finales de 1800, su presencia se había incrementado debido al auge minero en el occidente del territorio nacional. Entonces, auditores, expertos en minería y comerciantes, entre otros, se instalaron en el país.
Sin embargo, fue durante la II Guerra Mundial que Bolivia —uno de los pocos países que entonces mantuvo abiertas sus fronteras a los judíos— recibió importantes olas de migrantes hebreos. Uno de ellos fue Guillermo Wiener, quien plasmó esas épocas en su libro Recuerdos de un judío boliviano.
“La mayoría de los judíos llegaron sin nada. Pero como es costumbre para el llamado \'pueblo del libro\', inmediatamente los recién llegados se dieron formas para instalar la primera sinagoga, que estaba en la calle Obispo Cárdenas, y la Escuela Boliviana Israelita, que tenía sólo primaria y cuyos muebles eran rudimentarios cajones”.
Aprender el castellano, asimilar las diferencias culturales y la búsqueda de medios de subsistencia —por ejemplo los músicos se convirtieron en profesores de escuela— marcaron los primeros años de los inmigrantes. Para ellos, el simple hecho de hallar un colegio de secundaria para los hijos podía resultar toda una aventura.
“Su hijo tendrá que bautizarse católico”, fue una de las respuestas que, por ejemplo, recibieron en una ocasión los padres de Wiener, en cuyo hogar siempre se mantuvo presente las tradiciones de su pueblo. Este vínculo religioso, además, era fomentado por el Macabi, un club de educación no formal donde hasta ahora los jóvenes de la colectividad judía fortalecen sus lazos con su religión y su cultura.
En busca de identidad
“Más boliviano que el chuño”. Este dicho popular define a cabalidad a Nathan Szwerdszarf. Nacido en La Paz hace 20 años, Szwerdszarf ama la salteña, es experto en la elaboración de pucacapas, baila caporales y habla siempre envuelto en el ¡yaaa! ch\'ukuta. A pesar de todo ello, a la hora de identificarse como judío la mayoría de la gente lo confronta con la misma frase: “entonces, ¿no eres boliviano, no ve?”.
Según Nathan, cuyo abuelo polaco fue uno de los sobrevivientes del Holocausto —el asesinato sistemático de unos seis millones de judíos por parte del gobierno nazi—, la falta de información sobre el judaísmo y sobre la historia de Israel causan escenas de intolerancia en contra de su comunidad.
“Casi todos los jóvenes hemos recibido en algún punto algún tipo de hostilidad. Hay estereotipos falsos como que el judío es sólo aquel que nació en Israel, que está lleno de plata, que es culpable de la muerte de Cristo o que hay que hacerle la vida imposible sin importar el motivo”, se queja este redactor publicitario, que en más de una ocasión se vio obligado a enfrentar dichas agresiones.
“Un compañero, al enterarse de que yo era judío, para molestarme comenzó a dibujar esvásticas (símbolo adoptado por los nazis). Yo le expliqué que si los nazis hubieran llegado a Bolivia, su familia habría sido la primera en sufrir las consecuencias, porque ellos no sólo mataban a judíos, sino a cualquiera que no tuviera sus características raciales”, recuerda Nathan, quien, desde los cuatro años, aprendió en el Macabi cómo responder a este tipo de percances.
A pesar de esa preparación —cuya base fundamental es el hogar, espacio donde se desarrollan la mayoría de las tradiciones judías— nada asegura que los jóvenes mantengan al pie de la letra las tradiciones y leyes judaicas. Es el caso del matrimonio. Según la Torá (libro sagrado), el judío no debe casarse con alguien que no lo sea (gentil). Pero muchas veces la realidad social es más fuerte que la fe.
“Es difícil el tener una chica judía en La Paz, ya que la comunidad en esta ciudad es bien pequeña”, asegura Nathan, quien confiesa haber enamorado con muchachas de otras creencias religiosas.
“Al ser criado en el seno de una familia judía, es inevitable que uno quiera terminar construyendo un hogar similar. Es más, sabes que en algún punto la relación con una chica no judía tendría que terminar. Pero eso no significa que al final uno no termine casado con ella”.
Y para ello, en muchos casos la pareja no creyente recurre a la conversión al judaísmo, en un proceso que se denomina guiur. Éste consiste en tres pasos básicos: la circuncisión (en el caso de un hombre), aceptar el cumplimiento de la Torá en su totalidad y un baño ritual, mikve. Sin embargo, esta conversión para acceder al matrimonio no es permitida por las familias judías más ortodoxas.
El choque cultural
Por siete días, Sara Iberkleid de Epelbaum se mantuvo en su hogar descalza y con la ropa rasgada en el lado izquierdo. De esta forma, y como manda la tradición judía, esta orureña mostró hace más de un año y medio su luto luego del entierro de su padre, quien había llegado al país el año 1955.
Sara Iberkleid y sus hermanos fueron criados en el seno de una familia conservadora donde las tradiciones judías formaban parte esencial de su cotidiano vivir.
“Nuestros padres nos inculcaron que debemos sentirnos orgullosos de ser bolivianos, pero sin olvidar nunca que somos judíos de religión”, explica esta empresaria del textil, que hace más de tres décadas emula el trabajo de su padre.
La simbología judía está presente en cada recoveco del hogar de Iberkleid a través de pinturas, vajillas u objetos que, según la creencia judía, mantienen la paz en el hogar. Y tal como sucede en la mayoría de las familias de su comunidad, Iberkleid intenta crear un equilibrio entre los preceptos de su fe y las costumbres del país.
Una de ellas se refiere a la comida. Los judíos cuentan con una normativa especial en lo que se refiere a su alimentación. Estas reglas determinan qué alimentos cumplen con los preceptos de pureza exigidos por su religión y que se denominan casher. Una de las normas fundamentales es que el animal destinado a la mesa no debe sufrir a la hora de su muerte.
“En Bolivia es imposible cumplir con algunos preceptos de la alimentación casher. Lo único es tratar de evitar algunos productos”.
Liliana Szwerdszarf, madre de dos hijos, complementa las palabras de Iberkleid. “Luego de la cena del Sabbath (periodo enteramente dedicado al encuentro con Dios) es difícil negar a nuestros adolescentes que salgan con sus amigos a una fiesta. Sería como pedirles que se aíslen de su entorno social”.
Para los primeros judíos que llegaron al país en los años 40, estas diferencias culturales provocaron pesadumbre los primeros años. “Al enterrar a los muertos, los judíos tenemos el precepto de que la persona, al nacer de la tierra, debe regresar a ella”, comenta Guillermo Wiener, quien recuerda que los primeros migrantes estuvieron obligados a depositar a sus muertos en las frías baldosas de cemento del Cementerio General.
A pesar de estas dificultades, los judíos en La Paz —que hoy superan los 200— siempre se han apoyado en el fuerte vínculo que une a sus miembros, hecho que los define como una comunidad. “Esta es una característica heredada de los tiempos en que nuestro pueblo era perseguido. Muchos, sin embargo, consideran erróneamente que por ello somos impenetrables y que no nos importa lo que sucede en el país”, asegura Szwerdszarf.
“Estamos orgullosos de ser bolivianos y agradecidos de que este país recibió a nuestros padres”, dice esta mujer, que recuerda que un acto oficial en el Círculo Israelita terminó al ritmo de cuecas y chuntunquis que pusieron a bailar incluso a los judíos de otros países.
Símbolos
A la hora de realizar las tres oraciones diarias, el varón judío debe vestir el talit, un manto blanco flecado y con anudaciones en las cuatro esquinas, en las que destaca el color azul. Según algunos seguidores judíos en La Paz, esta prenda fue la que dio origen a la actual bandera del Estado israelí.
La kipá es uno de los símbolos que más identifica al pueblo judío, aunque no es un precepto bíblico. Esta gorra surgió en la época romana cuando se exigió a los judíos diferenciarse de los demás. La orden era entonces que se cubrieran la cabeza. En la actualidad, sólo los judíos ortodoxos la usan todos los días.
A la hora del tradicional rezo, los varones envuelven en su brazo y colocan en la cabeza las tefilín o filacterias. Elaboradas de cuero de vaca o ternera, estas delgadas tiras cuentan con una pequeña cajita (foto) donde se hallan pergaminos con cuatro textos de la Torá. El rezo se lo hace mirando hacia el este, hacia Jerusalén.
La estrella de David no es un símbolo del judaísmo. Fue recién a partir de la Edad Media que esta figura —dos triángulos equiláteros superpuestos que forman una estrella de seis puntas— se empleó para distinguir en Europa a las comunidades judías. Ahora, sin embargo, es parte de la bandera de Israel.
Tradición
Pésaj. Es el equivalente a la Pascua. Se celebra la liberación del pueblo judío de Egipto. Durante ocho días comen pan ázimo (sin levadura). En Hanuka, en cambio, conmemoran la reinauguración del templo de Jerusalén.
Sabbath. Se inicia el viernes con la puesta del sol con el encendido de dos velas y una cena familiar donde se consumen dos panes trenzados. El pan recuerda la doble porción de maná que, según los escritos sagrados, recibieron los judíos durante los años que deambularon por el desierto. Mientras dura esta tradición, la cual concluye el sábado, 33 oficios están prohibidos como el viajar, el trasladar pesos, el encender fuego o el realizar transacciones comerciales.
Ritos de pasaje. Cada judío, a medida que va cumpliendo ciertas etapas, debe cumplir distintos ritos. A los días de nacido, por ejemplo, el varón es circuncidado (el corte del prepucio), lo que es un recordatorio del pacto de Dios con el profeta Abraham. A los 13 años, los adolescentes judíos inician el estudio de las tradiciones y la cultura judías, en lo que es denominado como el Bar mitzvá. Las mujeres, en cambio, inician ese aprendizaje a los 12 años, lo cual se llama Bat mitzvá.
Rosh hashaná. Conocido como el Año Nuevo judío, esta celebración se realiza entre los meses de septiembre u octubre. A diferencia de la tradición occidental, el Año Nuevo judío es una festividad netamente religiosa.
Historia
El origen de los judíos se remonta al año 1800 antes de Cristo, según interpretaciones de la narrativa bíblica.
La estela de Merenptah es uno de los primeros registros arqueológicos del pueblo judío en la tierra de Israel. Como resultado de las conquistas extranjeras, que se iniciaron en el siglo VII antes de Cristo, se formó la primera diáspora (exilio) judía. Las derrotas militares durante las guerras judeo-romanas en el año 70 contribuyeron a la extensión de la diáspora. Un número importante de judíos fue llevado como esclavo a lo largo del Imperio Romano. Desde entonces, ellos han vivido en comunidades dispersas en Europa y Medio Oriente, entre otros. En 1948 se fundó el Estado de Israel. Con datos de www.wikipedia.org
Libros sagrados
La Torá es el libro sagrado de los judíos. Está conformada por los cinco libros escritos por Moisés —que se hallan también en el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana y se conoce como Pentateuco—, que van desde la creación del mundo hasta el momento previo de la entrada de los judíos a la tierra prometida de Canaán. Gabriel Hercman explica que en su interior se encuentran los 613 preceptos que deben cumplir los judíos. La lectura de la Torá es una parte importante de las ceremonias religiosas del judaísmo. A esta obra se suman los libros de los profetas, los libros de los escritos y el Talmud.