Cada año, el séptimo día del séptimo mes se vive en España una fiesta en que la alegría y el peligro de los toros seduce a propios y extraños.
Texto: Con datos de EFE y www.iturnet.es • Fotos: AFP
El 14 de julio, los Sanfermines 2007 dijeron adiós. Cada acto de la jornada fue una despedida, pero, a pesar de la sensación de tristeza, brilló la fiesta. Con buen tiempo y muchos visitantes, el último encierro tuvo como protagonista a la ganadería de Victorino Martín, que dejó cinco heridos, uno por asta. El más afectado fue el corredor corneado de 21 años Ricardo Brufau Giner, quien fue operado del muslo derecho.
Los Sanfermines, o San Fermines, son una de las más celebradas fiestas del mundo. Que San Fermín no es el patrón de Pamplona, sino San Saturnino, o que su fecha conmemorativa no es la que se celebra, es lo de menos. La víspera del 7 de julio inicia una semana de fiesta popular centrada en el Casco Antiguo de Pamplona.
La tradición manda anunciar las fiestas mediante carteles y el comienzo lo marca el famosísimo txupinazo o lanzamiento de un pequeño cohete anunciador de las fiestas desde el balcón principal del Ayuntamiento, frente a la plaza llena con miles de personas.
Popularizado en el mundo desde su mención por Ernest Hemingway, el ágape dura hasta el 14 de julio con calles llenas de propios y extraños tras el popular y peligroso encierro, la fiesta en las calles, corridas de toros, música, comidas y bebidas a toda hora.
Los Sanfermines nacieron como feria comercial y secular, tomando fechas de fiestas religiosas cristianas que a su vez lo hicieron de anteriores raíces, como el paganismo vasco y latino. Las ferias eran concurrencia de mercaderes, aldeanos y ganaderos que comenzaron a organizar corridas de toros. Así nacieron, a finales del siglo XVI, los proto-Sanfermines.
Los encierros son el principal atractivo y peligro. Las fotografías antiguas muestran un centenar de corredores frente a los 15.000 o más de hoy, con el mismo número de toros, en el mismo recorrido, por las mismas calles, en los mismos pocos minutos. Los toros siguen teniendo astas finas, media tonelada de peso y un rápido galopar de madrugada, golpeando sus pezuñas en el adoquinado.
El fin de fiesta
La plaza está repleta y, como cada 14 de julio, los espectadores están en los tendidos de sol y sombra de la plaza cantando juntos para despedir las fiestas. No falta la comparsa de gigantes que abarrota la estación de buses con niños.
Mientras, las calles son el centro de esta fiesta sin programa oficial ni horario. Si bien este año se han dejado ver el vicepresidente del Parlamento Europeo, Gerard Onesta, o los embajadores de Estados Unidos, Francia y Jordania; lo mejor de San Fermín es que el blanco y rojo de las vestimentas típicas iguala a todos sin importar procedencia ni actividad.
Arriba la noche. La celebración más multitudinaria es en la plaza del Ayuntamiento, donde miles de personas, vela encendida en mano, entonan Pobre de mí mientras la alcaldesa, Yolanda Barcina, cierra los Sanfermines del 2007.
Es hora de hacer números. En nueve días de fiesta hubo más de 400 actos. Pamplona recibió en un fin de semana 200.000 visitantes, una cifra similar a su población. Los servicios sanitarios atendieron a 642 personas. Entre ellas están los 51 corredores heridos en los encierros, 11 por asta de toro.
Otros aspectos serán imposibles de cuantificar, como el alcohol ingerido, las horas no dormidas, la de veces que se ha cantado y bailado o la cantidad de buenos momentos con amigos y desconocidos, aunque son éstos los recuerdos más intensos que deja la fiesta. Sin embargo, Pamplona no dice adiós. Tiene la ilusión puesta en el 6 de julio de 2008, cuando a las 12.00 estalle de nuevo la algarabía española.