La antioqueña Olga Piedrahita juega con los opuestos en una colección vanguardista en que “lo duro hace ver más dulce lo dulce”.
Texto: Beatriz Andrade • Fotos: Fredy Amariles
El tiempo dejó sus huellas en una de las fábricas que ponía ritmo a la industria de Medellín. Hoy, sólo quedan raídas estructuras de ladrillo y fierro. Sin embargo, es el lugar adecuado para la puesta en escena de los diseños vanguardistas de la colombiana Olga Piedrahita, artífice de la muestra para Ésika en el Colombiamoda 2007.
Un juego de opuestos, “masculino y femenino, lo duro y lo blando, lo volátil y lo estructurado, lo limpio y lo invadido, están en mis creaciones”, explica la antioqueña para revelar el espíritu de su colección denominada Porte legal de alas.
Esas prendas y el ambiente de la factoría invitan a soñar, a volar, “a atreverse y a reciclarse; hay una historia lindísima con la liberación y la libertad”, según Piedrahita.
En ese afán de surcar su imaginación y de reinventarse, ella aterriza en su amada tierra, de donde saca otro sello para su colección, uno nacionalista. “Jugué con las banderitas de Colombia, las que se vuelven bordados. Porte legal de alas funde el arte popular religioso y el nacionalismo; pero en la urbe, dentro lo citadino y a la vez internacional, es una expresión de otro matiz de Colombia, una Colombia contemporánea, de exportación”.
A ese concepto, la diseñadora suma la conciliación de muchos otros elementos, “lo que viene de una historia de los años 60, donde hay plástico, todo un universo pop consumista”. Así, con textiles y materiales no textiles, explora. “Pienso que me lancé al vacío”. Y en ese vertiginoso viaje, también trasciende la clásica fuente inspiradora: la curvada figura femenina.
“No pienso en ninguna mujer, me dejo llevar por lo que siento, por lo que vivo, por el arte, por la calle, y van saliendo cositas que hay en todas... Una mujer alegre, optimista; a momentos infantil, a momentos seductora. Es la misma mujer que todas llevamos dentro”.