¿Qué pasaría si fuera verdad que la subida de los precios de ciertos alimentos en el mundo fuera la consecuencia de una nueva tendencia energética que parece irreversible por los próximos 30 a 50 años, y que tiene que ver con la sustitución de combustibles fósiles contaminantes y no renovables —como el petróleo— por una nueva energía alternativa, más limpia y renovable, como son los biocombustibles? ¿Debería el temor “congelar” nuestras posibilidades de desarrollo?
Recordando un poco la historia ¿no era esto lo que perseguían los medioambientalistas? ¿Acaso su prédica por años no fue el buscar energías menos contaminantes? ¿Hay acaso alguna otra mejor alternativa? ¿El deterioro del medio ambiente no afecta la calidad de vida, cambia el clima, e impacta negativamente en la producción de alimentos? ¿Es alto el precio, por tanto, que la humanidad tendría que pagar para disminuir el calentamiento global?
De otra parte… ¿no alzaban el grito al cielo ciertas ONG y Fundaciones, porque los productos agrícolas tenían bajos precios a consecuencia de los subsidios en los países desarrollados? ¿No era precisamente esto lo que se quería, que el maíz, el trigo, la soya, el azúcar subieran de precio en el mercado mundial? ¿No se rasgaban las vestiduras —acaso— quienes defenestraban el Nafta y proferían a voces sobre la hecatombe que significaría para México el no poder competir contra los bajos precios que las “transnacionales estadounidenses” impondrían para el maíz, condenando a los mexicanos a convertirse en importadores, teniendo que consumir sus tortillas con “maíz made in EEUU”?
Ahora que ha subido el maíz a precios históricos… ¿no podrían ayudar esas preclaras organizaciones a “descolonizar” y “nacionalizar” la producción y el consumo de los mexicanos, produciendo su propio maíz a un mejor precio?
¿Quién entiende a estas organizaciones cuando con su nueva prédica en contra de los biocombustibles se muestran del lado del statu quo? ¿Persiguen acaso que los campesinos sigan perdiendo sus cultivos por el inclemente cambio climático? ¿O estarán interesados en que los precios de las materias agrícolas sigan siendo bajos, por los subsidios que distorsionan el comercio mundial e impacten negativamente en los ingresos de los países agroexportadores, como Bolivia?
Por tanto… ¿deberíamos rasgarnos los bolivianos las vestiduras por la subida de los precios de los alimentos en el mundo? O, haciendo una serena lectura de la realidad ¿no sería más inteligente trazarnos una estrategia de desarrollo que genere más inversión y producción; más ingresos por exportaciones con valor agregado; más empleos y más alimentos, de forma sostenible en el tiempo? Si la respuesta fuera “sí”, entonces Bolivia debería dejar de lado la opinión de quienes —interesadamente o no— se “congelan” de temor ante el progreso, y debería apostar por la producción y la exportación de bioetanol y biodiesel.
*Gary A. Rodríguez A. es economista y gerente general del IBCE. La Razón le da la bienvenida a este espacio quincenal.
La intención de la capitalidad
Todos saben que el tema capitalidad no estaba en discusión en ninguna de las agendas ni de los movimientos sociales del 17 de octubre de 2003 ni de los movimientos autonómicos del 22 de junio de 2004 propugnado por Santa Cruz.
Los cabildos
Desde hace un tiempo que se ha instaurado “de facto” una instancia de deliberación bajo el denominativo de cabildo. Ahí tenemos el cabildo del millón, el cabildo del millón y medio, el cabildo autonómico, el cabildo de la capitalidad plena