Lo que está ocurriendo en Bolivia es una lección de economía que debería ser materia obligatoria en las universidades. Primero, nunca estuvimos tan bien en la macroeconomía. Nunca, por lo menos en los últimos 30 años. Precios altos para nuestros productos tanto en materias primas como en manufacturas. Fuerte inversión pública repartida en prefecturas y municipios. Sustancial aumento de ahorros en entidades bancarias. Aumento de la construcción. Descenso del desempleo, etc.
La subida de precios tiene que ver con eso: hay más plata circulando en las calles no por emisión inorgánica sino porque mejoraron las exportaciones.
Tiene que ver también con el fenómeno de El Niño que encareció el precio de los productos y, además, con el boicot de los empresarios agroindustriales que tratarán de desgastar al Gobierno imponiendo una política de desabastecimiento para ver si así no se les toca sus tierras no saneadas.
La explicación es clara. Sin embargo, depende de quién busca explicar y qué intereses persigue. Es lógico que alguien que mira la realidad bajo el prisma del neoliberalismo, como la Fundación Milenio, diga que nos va bien pero que podría irnos mucho mejor. Que la derecha cruceña compare la situación actual con la de la UDP y que se alerte de una crecida inflacionaria con tintes de dramatismo.
Por otra parte, los cambios en la economía suelen ser más rápidos que en la sensación de la gente, de manera que después de la crisis todavía somos recelosos y no sentimos en el bolsillo lo que esté pasando a pesar de que en las cuentas bancarias el ahorro sea mayor.
Es difícil no admitir que la economía boliviana ha mejorado, y como a alguna gente le sobra oposición y le falta un sentido de ponderación, tenemos en los medios una serie de “analistas” expertos en criticar.
La suerte es que ya vimos hacia dónde nos llevan modelos como el neoliberal: enriquecimiento de unos pocos en desmedro de muchos. Enajenación de los recursos naturales. Pérdida de soberanía.
Tengo la impresión de que si quitamos la parafernalia de los medios de comunicación, al final del día lo que queda es muy similar a la última encuesta de la PNUD: un 86% de la población que quiere que los recursos naturales sean de todos los bolivianos y un 70% confiando en el cambio.
Esta encuesta, sumada a la que señala que sólo uno de cada tres bolivianos quiere cambiar la sede de gobierno, debería llevarnos a la conclusión de que una oposición que no viabilice los sueños de los bolivianos se está suicidando. Sería mucho más interesante que los agroindustriales negocien con el Gobierno a que lo boicoteen, y que los chuquisaqueños piensen en otras formas compensatorias que en hacer un referéndum en el que perderían además el Poder Judicial y, quién sabe, hasta la capitalidad, porque nadie es tan ingenuo en creer que de hacerse el referéndum se preguntará sólo por dónde debe estar el Poder Legislativo y el Ejecutivo.
Una concertación daría mejores frutos que seguir desgastándonos en la ch’ampa guerra. ¿Quiere un ejemplo? La Prefectura de Santa Cruz es la que menos presupuesto ha implementado, porque está dedicada al boicot y no a la gestión, y la de La Paz, que aunque en manos de la oposición es más centrada y es una de las que mejor uso presupuestario ha hecho.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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