Entre las vivencias más gratificantes que forman parte de mi cotidianidad está la de ir a la caza de vibraciones sonoras producidas por el aparato fonador humano (con el concurso de otros puntos del cuerpo, eventualmente), por llamarlo de alguna manera, y conservar intacta la capacidad de asombro que mantiene latente tal búsqueda.
Fonética, timbre, expresión, color, registro, potencia, sentimiento, técnica, articulación, tratamiento, a capella, unísono, polifonía, proyección, intensidad, “evocatividad”, liberación, terapia, emotividad, espiritualidad, sentido, aire, resonancia, profundidad, etc., son sólo algunos de sus atributos, siendo la combinatoria de dos o más de ellos lo que produce múltiples posibilidades capaces de afectarnos sensorial, emocional, social y espiritualmente.
En principio no practicado como expresión artística sino como medio curativo, devocional y de encantamiento, el canto —que a ello me refiero— ocupa un lugar central en el desarrollo de la especie humana; no conozco, por poner un ejemplo, religión en la que no se recurra a su uso ya sea para afirmar su credo o para diseminar su mensaje con la intención de captar adherentes. Algunas se destacan por haber instituido un modo de cantar reconocible y asociado exclusivamente a una de ellas; otras adoptan formas convencionales o impersonales.
En su estado más natural, la producción de la voz, primero, y del canto, después, es un fenómeno físico extremadamente elemental: la vibración de las cuerdas vocales producida por el paso del aire y la resonancia de ésta en los espacios (cavidades) nasal y facial. En un estado más desarrollado, es el manejo consciente y dirigido —incluso en la improvisación— de estas vibraciones.
No creo en un solo modo “correcto” de cantar —verbi gratia, el del canon de la lírica—. Si de diversidad se trata, el del canto es un terreno variopinto, abigarrado, fértil y, por tanto, apto para la permanente exploración; abrir los oídos a toda experiencia canora —no sólo la que se entiende como ejercicio profesional del canto, que no siempre es el mejor referente— puede traer para el oyente una fuente inagotable de sensaciones extraordinarias.
Para entrar de lleno en la acometida vocal, me permito sugerir la audición de tres trabajos relativamente recientes en esta materia: “Ritual” (1994) por el ensamble coral Le Mystere des Voix Bulgares, notable elaboración polifónica fiel al estilo que Marcel Cellier dejó como impronta cuando decidió estimular la afición de unas campesinas búlgaras por el canto, manteniendo su particular manera de hacerlo.
“Circlesongs” (1997) por un grupo de 13 cantantes bajo la dirección de Bobby McFerrin; una extravaganza que reúne siete “canciones sin palabras” cada cual envuelta en una armonía que se repite circularmente. Un banquete auditivo. “Medula” (2004) de Bjork, una exploración intensa de las posibilidades de la voz en la que la cantante islandesa luce tan vanguardista como siempre aun sin necesidad de otro recurso que no sea… la propia voz.
* Puka Reyesvilla es docente universitario.
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