La muerte indecente nos encuentra sin opción de decir no, de buscar una salida, de encontrar un camino distinto. La muerte indecente encontró a mi amigo José Galindo allí, en el lugar exacto que le tocaba, como nos tocará a todos. La muerte indecente no nos da otro minuto más, ni uno solo.
Esa es la medida de aquello que uno debiera entender en cada segundo de su vida, que en un instante, aquel que cada uno de nosotros tiene señalado, vendrá el final. Más allá de lo que creamos, más allá de si nuestra visión es el absurdo de la nada o la trascendencia de un mundo más allá del mundo.
No cuento más con él. No estará más aquí para conversar, para estar a mi lado y yo al suyo, para reflexionar sobre aquellos intensos momentos que nos tocó compartir. Aquel privilegio de poder servir a la Patria que amamos, a la que él amó de un modo tan especial. No podré sentarme con él frente a frente como lo hacíamos en el despacho del Palacio de Gobierno para evaluar y medir lo que debíamos decidir, pero sobre todo para desentrañar ese empate terrible en el que estaba y está todavía sumido el país.
Pepe era algo así como el catalizador de mi espíritu, de mi carácter explosivo. Era la paciencia, era el oído que escuchaba siempre, era quien atemperaba los momentos más difíciles. Entendió con esa extraña y profunda sensibilidad que se descubre compartiendo tanto tiempo hombro a hombro, lo que representaba la palabra tolerancia y sobre todo la importancia crucial de entender la vida como valor esencial desde el Estado, desde la responsabilidad de gobierno.
Pepe, como todos, no era un hombre perfecto. Era humano en todo lo que ello tiene de extraordinario, era paradoja y contradicción, pero tenía una especial capacidad para sentir. Quizás éste es el punto mágico de lo que representaba su posibilidad de leer más allá de la superficie de las personas, asir el alma del otro. A pesar de la distancia física, a pesar de tantos y tantos años en que apenas nos vimos un par de veces, antes del tiempo intenso del gobierno, nunca rompimos la conexión.
Tenía algo en la mirada que la muerte se llevó. Porque la muerte que no perdona se lleva también la mirada, se lleva aquello que los ojos contienen y son capaces de decir en silencio.
Llegó a La Paz para despedirse. Llegó a su patria para morir en su seno. Conversamos largamente pocas horas antes de su muerte. Guardo sus últimas palabras, porque fueron el mensaje del amigo que te quiere, fueron un consejo que nos dio, fueron un sentimiento traducido en sus modos suaves, fueron, una vez más, el comprender el tiempo que venía y las palabras sobre lo que él creía que yo debía hacer. Se despidió con la sencillez de su voz calma.
En una playa bajo el sol tibio y frente al mar, me dijo hace poco más de un mes que todo ser humano debe buscar su piedra filosofal, que si uno no sabe cuál es su camino, ni qué quiere, ni cómo debe encarar la vida, es porque no ha encontrado un sentido. Ese sentido es la piedra filosofal capaz de tensar hasta el último tendón del cuerpo y hasta el último hilo del alma. La piedra filosofal, me dijo, es como el horizonte, no llegarás nunca a tocarla, pero será suficiente para vivir. Es, lo sabemos algunos, Ítaca. Es, más allá de cualquier fe o cualquier escepticismo, esa celebración indispensable de la vida. Pepe pudo celebrar la vida conmigo en la mayor responsabilidad y el mayor premio que uno puede recibir del lugar que ama.
Llegó a mi casa una tarde con traje deportivo y un maletín con un par de raquetas de tenis. Se encontró con un hombre que estaba a punto de dar uno de los pasos más importantes de su vida. Era el día en que acepté la candidatura vicepresidencial. Allí se quedó con nosotros esa tarde y todas las tardes que durante tres años y medio significó ese difícil trance que la historia nos había deparado.
La muerte, indecente como es, se lo ha llevado para siempre y no habrá más voz, ni conversación, ni mirada. Habrá sólo un recuerdo profundo, íntimo, ese que nadie nos puede arrebatar, ese que nos acompaña y en muchos sentidos permite la fuerza de volver a pensar sobre lo que hacemos.
Si después de la muerte de un amigo uno no vuelve a leer su propia vida y no vuelve a reflexionar sobre este frágil presente que nos han prestado, si uno no se da cuenta de que el tiempo con que medimos las cosas no es más que un conteo que podría terminar ahora mismo, no seremos capaces de entender que la vida sólo es posible si la celebramos por difícil que sea, y es tan difícil en tantos momentos.
Pepe, que se ha ido y se ha quedado, ha dejado a Gigi y Ainoha e Inés, y al otro Pepe y a Yola y a José Luis y a María, y, claro, a todos quienes pudimos sentirlo en su humanidad. Como siempre, es tarde para decir todo lo que se quedó por decir. Esa es otra de las lecciones a aprender. Di lo que tienes que decir ahora, sobre todo, aquello que establece lazos y vínculos, aquello que marca lo indisoluble, aquello que no se podrá repetir cuando quien tú quieres no está, no estará nunca más.
Pepe, compartimos un tiempo que nos enseñó tanto y fue tan difícil a la vez. Valió la pena porque fue difícil, tuvo sentido porque nos templó como personas, lo recordamos porque nos caímos tantas veces y nos volvimos a levantar. Tuvo sentido porque tratamos de no traicionarnos a nosotros mismos en aquello en lo que creímos. Tuvo sentido porque hicimos contigo y con unos pocos, mujeres y hombres, un equipo que entregó lo mejor que tuvo a esta nación a la que llevaremos en el centro mismo del corazón, como la llevaste tú siempre.
La muerte indecente, como siempre, te encontró en el camino, en un camino de esta geografía tuya y mía y de todos. Te has quedado en muchos de nosotros, porque sabías leer las almas de un modo especial, porque tuviste una piedra filosofal, porque nunca la dejaste a un lado de tu vida, y eso fue suficiente para que quienes te conocimos sepamos que también por eso tu vida valió la pena.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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