A las 14.30 somos una carga más en un camión que parte de la Plaza del Maestro en Villa Fátima. Una hora de viaje y llegamos al punto de desembarco, tres kilómetros más allá de Unduavi sobre la carretera a Nor Yungas. Descendemos cerca de un cartel del Parque Nacional Cotapata. Ahí comienzan los senderos prehispánicos de Sillu Tinkara.
Este patrimonio arqueológico forma parte del sistema de caminos prehispánicos que serpentean las montañas de la jungla rumbo a Coroico. El primero, el conocido camino del Choro, tramonta La Cumbre. Los otros dos, denominados de Sillu Tinkara, atraviesan el viejo Unduavi pero se bifurcan pocos kilómetros más allá.
Después de media hora de caminata se llega a una planicie donde se observan los restos de un tambo, allí los dos caminos se dividen. Nosotros tomamos el camino de Sillu Tinkara Loma, que se extiende por el rumbo noroeste hacia la población de Chairo.
Volver a abrir el camino 16.30. Cargamos las mochilas y nuestros pies se hacen amos del viaje. Dejamos la carretera y comenzamos a trepar la montaña tragados por la maleza. A pocos minutos ya encontramos vestigios del empedrado precolombino.
La cuesta obliga a resollar casi una hora hasta que conquistamos una abra donde aparentemente había un tambo prehispánico. Exploramos la zona, pero los charcos que succionan nuestras botas y la sospecha de que no habrá sitio mejor para pasar la noche, nos obligan a armar campamento. La noche se acerca y decidimos ubicarnos en la cima de la colina.
Más tarde, en lo alto florecen algunas estrellas y, desde abajo, el río bramante llama hacia sus abismos. Más tarde, una sopa y café salidos de la cocina a gasolina ayudan a calentar pies y manos congelados. Intentamos encender una fogata pero puede más la humedad de las ramas colectadas. Al final, la única luz que imponemos a la noche son las linternas. Nos vencen el frío y el cansancio. Dormimos con la música del monte: croan ranas, aúlla el viento y murmura una catarata.
A medianoche nos sobresalta la lluvia. Truenos y rayos anuncian cinco horas de diluvio. Hilos de agua se filtran por las paredes y el piso del refugio, obligándonos a luchar contra la inundación.
Amanece. Después del desayuno comienza la marcha a las 8.30 por el filo de la montaña. Descubrimos escalinatas de piedra negra, muros de contención, colectores de agua. El sol evade el cerco de la niebla y alumbra el paisaje de paja brava y matorrales.
Bajando a la selva, la vegetación se espesa y robustece poco a poco, pasando del café amarillento al verde oscuro. A la izquierda rumorea el eco del río y arriba una bandada de cotorras busca un árbol para detenerse. En un descanso, levantamos la vista y nos sorprende la pendiente de 50° que hemos descendido, las colinas superpuestas del cerro Pankhara y Huayta Loma asemejan escaleras al cielo.
Almorzamos en un humedal acolchonado por plantas. Es un claro en el bosque regado con jirones de ropa podrida, vajilla oxidada y troncos estacados a punto de desmoronarse. El sitio parece una trampa para viajeros pues, ayudado por la niebla, engaña con falsas salidas en varias direcciones. Tardamos 15 minutos en descubrir la continuación del sendero.
El bosque se torna oscuro por los árboles y arbustos que pasan los 15 metros. Atravesamos pasos profundos que parecen túneles, nuestros pies hacen crujir la hojarasca. En el avance emergen helechos gigantes que se han avejentado hasta criar barbas.
Nos internamos en el monte hasta el crepúsculo y aparecen en la senda restos de un pequeño campamento maderero que incluso presenta vigas a ras del suelo a modo de bancas. Montamos la carpa y, cuando la noche señorea, nos sentamos alrededor de nuestra cocinilla. Buscamos el abrigo de nuestra carpa para reponer fuerzas con el mejor sueño posible, pero, a medianoche, el cielo repite la función del día anterior.
Árboles y montaña complotan para retrasar la salida del sol por la mañana. El mapa indica que estamos en Chojlla Pata Loma. A las 9.00 emprendemos la marcha pero no encontramos la senda, y por más de una hora y media luchamos por descubrirla. Bajamos por el bosque oscuro en dirección al río, pero no hay paso posible, retrocedemos hasta el campamento, desandamos senda arriba, pero nada. Por último, descubrimos que la selva enmarañó la ruta ubicada a la izquierda del campamento. Restos de calzada empedrada indican lo correcto de nuestra decisión. El machete entra en acción y comienza a decapitar las ramas. Avanzamos con dificultad unas dos horas, cada tajo del metal provoca pequeñas lluvias y uno que otro bicho cae sobre nuestras cabezas mientras hojas afiladas y espinos atacan nuestras manos.
A mediodía aparecemos repentinamente en la frontera natural de bosque y pastizal, estamos a media altura de la montaña. Nos deslumbra un panorama repleto de sol y amplitud. Somos dueños del panorama: hacia el este, siete montañas azuladas nos separan de Coroico; al oeste, perdido entre la serranía, emergerá el sendero de El Choro, que nos espera 100 metros barranco abajo. El abismo se detiene 300 metros abajo, donde truena y refulge el río Huarinilla. El mapa indica que hemos salido sobre la comunidad Huancané.
La marcha prosigue sobre una calzada milenaria mejor conservada pero tapada por pasto y matas, que obliga a seguir usando el machete. Avanzamos hasta a montar el lomo del cerro hacia Chairo.
La tarde apremia. Retrocedemos un poco y bajamos hacia la senda desbrozada y principal de El Choro, donde el avance es más sencillo. Ahí está un anciano que nos cuenta que estamos en las curvas y contracurvas del “tunka qewi” (diez zetas) muy cerca de Chairo. Entonces, suelta una leyenda. “Los viajeros deben evitar desviarse a la ‘laguna encantada’, allá en Chojlla Pata Loma, para no morir perdidos en el monte”.
Después de unas horas más divisamos el caserío de Chairo, en el cual termina la aventura, luego de reponer fuerzas con una suculenta comida y buenos tragos de Coca-Cola, nos dirigimos a Coroico y de ahí, de nuevo a la civilización.