José Antonio Galindo Néder murió inopinadamente hace una semana, en un absurdo accidente a bordo de su vagoneta, en la ruta más fatal de la geografía boliviana. Viajaba con la ilusión de concretar un anhelado proyecto en el que trabajó, con dedicación y tenacidad, por lo menos los últimos quince años. Lamentablemente ya no podrá ver funcionando el motor que revolucionará la dinámica de nuestros días.
Porque Pepe, así lo llamábamos sus amigos, era verdaderamente un revolucionario. No de aquellos que gritan en las plazas o exponen impúdicamente sus supuestas posturas radicales, sino de esos pocos que hacen y testimonian sus convicciones de forma concreta, sin rimbombancia y alejados del reconocimiento fatuo. Era, a no dudarlo, un constructor, un visionario y un hombre de bien.
Leal en una época donde la fidelidad es una especie en extinción, sereno en medio de océanos políticos tormentosos, humanista en un mundo hedonista y pragmático, patriota en una Patria zarandeada por extremos inclementes, Pepe supo cumplir con su deber cuando le tocó actuar como servidor público.
Él, que era un hombre metódico y trabajador, dejó los horarios y la vida organizada y saltó de la actividad empresarial a la política con una genuina convicción de servicio a la comunidad. Entró en un mundo imprevisible, agreste y despiadado, pero casi desde el principio se movió como pez en el agua. Tenía un don muy especial para tratar con políticos marrulleros, sindicalistas experimentados, dirigentes radicales y otros ejemplares de la misma índole. Podía escuchar por horas y resistir, sin alterarse, improperios, agresiones e insultos. Al final, su tomo calmo y su impresionante capacidad para resolver los problemas de apariencia torva, de la manera más simple, normalmente dejaba a sus interlocutores satisfechos y agradecidos.
En las horas más difíciles del gobierno del presidente Carlos Mesa, Pepe, que era la piedra angular de esa administración, puso en evidencia la fortaleza de sus creencias filosóficas y su código personal de conducta. No lo vi transar una sola vez en materias que él consideraba innegociables, como el respeto a la vida humana y la preservación de la paz a cualquier precio, así como tampoco recuerdo ocasión en que haya dudado para reconocer un error y dar marcha atrás cuando se le demostraba que se hallaba equivocado.
Salió del gobierno con la misma delicadeza, humildad y silencio con la que entró. Regresó a su querida actividad artesanal, a los libros, las películas y la música que le fascinaban. Conversar con Pepe sobre cualquiera de estos tópicos era una verdadera delicia y no era inusual recibir una llamada de Miami a cualquier hora del día o de la noche para comentar la última novedad bibliográfica, la serie de televisión histórica o la película que causaba sensación. Conocí pocas personas tan bien informadas y de cultura tan vasta y variada como José Antonio Galindo.
La muerte se lleva jóvenes a los mejores y no quiso hacer una excepción con Pepe. Se queda sin embargo con nosotros el testimonio de su vida y su amistad pletóricas. Ojalá lleguen, con la gracia de Dios, el consuelo y la calma a su hermosa familia, a sus padres, a Gigi, sus hijas y sus hermanos. Bolivia ha perdido un hijo excepcional.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
¿Cambio o destrucción?
No hay duda: estamos viviendo tiempos difíciles. Se podría afirmar que se trata del precio natural del cambio; pero también se puede sostener que es el resultado del penoso experimento populista del partido en el Gobierno.
Los diarios de Bioy
El 26 de octubre de 1952, Borges le dijo a Bioy Casares que “es indispensable destruir todos los papeles porque el día menos pensado uno desaparece y los amigos le publican esas grietas y esos estigmas”.