Ana María Seoane de Capra La autora del artículo destaca la participación de Bartolina Sisa, Vicenta Juarista Eguino y Simona Manzaneda en el proceso de derrocamiento de las fuerzas realistas. Cada una, a su manera y con los medios que poseía, renunció a su vida y a su tranquilidad para convertirse en artífices del proceso independentista, pagando altísimos precios por ello.
ANA MARÍA SEOANE DE CAPRA Es historiadora con maestría. Fue docente de la Univ. Mayor de San Andrés. Tiene un diplomado en Educación Superior, otro en Gestión Turística y maestría en Historia Latinoamericana. “Relaciones conflictivas: Poder local y poder central”, es uno de sus artículos.
Menos de tres décadas antes de la explosión de la Guerra de la Independencia se dio un antecedente de singular importancia sobre la presencia de la mujer en momentos trascendentales de la historia de liberación de los pueblos. Uno de estos fue el de la participación de Bartolina Sisa, esposa del máximo líder rebelde, Julián Apaza “Túpac Catari”, durante el cerco indígena a la Ciudad de La Paz en 1782.
Una vez suscitada la rebelión e iniciado el cerco, Bartolina fue llamada por su esposo y desde ese momento ocuparía un lugar preponderante y activo en los acontecimientos. Su accionar se caracterizó por el don de mando y el gran carisma, que le valieron el respeto y temor de los hombres y mujeres que estaban a sus órdenes. En circunstancias de extrema peligrosidad y en ausencia del líder asumió el mando de la tropa, se la vio preparando, arengando, organizando y dirigiendo a los sublevados.
Asimismo utilizó, posiblemente con el objetivo de infundir más respeto, símbolos más cercanos a lo europeo que a lo indígena; como el de hacerse llamar virreina, comer con cubiertos de plata o vestirse con lujosos trajes autóctonos adornados con joyas de oro y plata.
Bartolina legitimó su derecho al poder, no sólo por ser esposa de Túpac Catari, sino esencialmente por su capacidad de liderazgo y de dar respuesta a los momentos más conflictivos. “Desempeñando en el todo y en modo tal que no hacía falta ningún Catari” (declaraciones del padre Borda, en: Del Valle de Siles María Eugenia, 1990:211)
Este pincelazo sobre la decisión revolucionaria de Bartolina, como un ejemplo de las varias mujeres indígenas que participaron en aquellos traumáticos años, nos lleva a pensar en que se constituye en un interesante antecedente de la intervención de género en la decisión y acción política apenas unas décadas antes de la emergencia de las revolucionarias de Julio de 1809.
La coyuntura eminentemente politizada y empapada de las nuevas ideas liberadoras de fines del siglo XVIII y principios del XIX, contribuyó a crear un ambiente de mística y compromiso revolucionario en la sociedad criolla y en menor grado mestiza de La Paz. Este fue el momento en que asimilaron las ideas liberadoras y actuaron políticamente dos excepcionales mujeres, escogidas en este artículo por ser representativas de las dos clases sociales que lideraron la Guerra de la Independencia.
Vicenta Juarista Eguino, aristócrata criolla muy relacionada, familiar y socialmente, con altos funcionarios del gobierno y poderosos hacendados y comerciantes, además de conocedora de las teorías de la ilustración gracias al empeño que su hermano Félix Eguino, considerado el hombre más culto de La Paz, puso en la educación de la joven.
Simona Manzaneda, llamada “la jubonera” porque confeccionaba unos chalecos que usaban las cholas que se consideraban elegantes, denominados jubones. Era una guapa chola artesana, oriunda de Mecapaca. Como a muchos otros artesanos a Simona le afectó negativamente la apertura de mercados impuesta por la nueva política peninsular.
Tanto Vicenta como Simona no fueron indiferentes a la euforia política y abrazaron decididamente la causa de la libertad, despreciando los peligros a que se exponían, una renunciando a los beneficios de su condición social, política y económica y, la otra, a su seguridad y tranquilidad personal y familiar, se embarcaron en la temeraria lucha.
Vicenta no sólo se constituyó en la anfitriona de las reuniónes clandestinas de los revolucionarios, sino que disponiendo de sus caudales levantó una fábrica de armas, que serían en gran parte aquellas que se utilizaron el 16 de Julio de 1809; puso al servicio de la causa a todos sus dependientes, previamente adiestrados y organizados por ella y alimentó, vistió y arengó a los revolucionarios, entre muchas otras acciones que posibilitaron el despliegue de los grupos revolucionarios que derrotaron a los defensores del sistema realista.
Luego de la victoria, euforia y organización revolucionaria, el poder colonial, reforzado y a la cabeza del conocido Goyeneche, retomó el control de la ciudad. Vicenta sufrió estoicamente la derrota y sus consecuencias de persecución despiadada y represión. Compró su libertad y las de sus más cercanos allegados con el pago de importantes cantidades en oro, plata y joyas, sin embargo, las circunstanciales derrotas no la amilanaron, sino que esperó una nueva oportunidad para retomar la lucha.
Empero, no sólo rompió con los cánones de comportamiento político, sino, como en todo momento histórico de cuestionamiento, convulsión y rompimiento con lo tradicional, fue parte de una generación que transgredió los parámetros que regían las convenciones y relaciones sociales.
Concluida la lucha independentista e instalado el sistema republicano, la vida familiar, el modo de pensar y actuar de las mujeres volvió al cauce tradicional, notándose, sin embargo, atisbos de cambios en la defensa de los derechos de género. El 23 de julio de 1845, el periódico La Época publicó un artículo en el que cuatro mujeres pedían mejores oportunidades de educación para sus congéneres y acusaban a los hombres de excluir a la mujer de ésta fundamental herramienta de progreso.
Vicenta, por su parte, fue la depositaria de la confianza que le dio el pueblo para dar el discurso de bienvenida y las llaves de la ciudad, al Libertador Simón Bolívar cuando éste ingresó a la ciudad de La Paz.
Manzaneda se involucró en la lucha revolucionaria luego de quedar viuda tras una penosa enfermedad de su esposo, agobiado por la crisis económica que la apertura de los mercados provocó. Con una decisión rayana en la temeridad fue a los cuarteles llevando, en el pretil de sus polleras, mensajes preparatorios a la explosión revolucionaria. El 16 de julio se la vio recorriendo las filas de los amotinados diseminando las consignas acordadas y agitando al enardecido pueblo para que exija Cabildo Abierto. Una vez derrotada la Revolución buscó refugio en su chacra de Mecapaca y apenas vio una oportunidad para continuar la lucha, dejó la seguridad de su pueblo y la retomó.
Finalmente, la chola jubonera fue denunciada como insurgente irreductible, fue apresada, y torturada públicamente hasta que la otrora elegante, vistosa y guapa chola, murió.
Una vez conseguida la tan ansiada independencia en la que la participación de la mujer fue importante y su presencia aceptada por constituirse en imprescindible para los fines independentistas, volvió a su cotidianidad ya que su participación fue sólo coyuntural y temporal, hasta que se logró el objetivo buscado y mientras sus servicios fueron imprescindibles.
La reseña
La lucha de las Heroínas de la Coronilla En mayo de 1812, un grupo de mujeres, denominadas más tarde las Heroínas de la Coronilla, luchó por la liberación en contra de las fuerzas de Manuel de Goyoneche. El militar quería escarmentar a los rebeldes y buscaba que los cabecillas se rindieran, pero la resistencia encabezada por mujeres en la colina de San Sebastián (la Coronilla) pudo más. El 27 de mayo, Goyoneche quebró la heroica resistencia.
“Juana Azurduy fue nombrada Teniente Coronel por Argentina, reconociendo sus méritos en la campaña ”. Teresa Gisbert, en el libro Historia de Bolivia, sexta edición.