El historial de crecimiento del país es reconocidamente modesto; según las cifras oficiales, el promedio del último medio siglo escasamente supera el aumento demográfico. Y a pesar de eso, todavía no se dispone de explicaciones satisfactorias sobre tan importante insuficiencia dinámica de largo plazo, ni tampoco se ha planteado una preocupación responsable por averiguar si tales cifras reflejan en verdad el funcionamiento real de nuestra economía, donde coexisten por cierto varias formas de organización de la producción y el intercambio y asimismo ciertos subsistemas (cada vez más extensos) de actividades informales, estadísticamente invisibles o directamente ilegales y delictivas.
Aún así, existen evidencias suficientes de que el desempeño de la economía boliviana ha sido invariablemente inferior al que ostentan los países vecinos, otras regiones del mundo y la propia economía mundial. Es más, en ningún momento el crecimiento se ha acercado a los umbrales mínimos requeridos para superar paulatinamente la pobreza. Es decir, estamos muy lejos de haber logrado en los ciclos económicos anteriores una tasa sostenida de crecimiento real superior al seis por ciento. Por el contrario, en fases de expansión el crecimiento real apenas ha llegado al dos por ciento anual, y en fases de estancamiento se ha contraído a cero, con la correspondiente reducción del ingreso por habitante. Tan magro desempeño obedece con bastante seguridad a causas estructurales que no lograron ser removidas por ninguno de los enfoques de política económica experimentados en el pasado. Todos ellos estuvieron en mayor o menor grado sometidos a la restricción impuesta por el déficit fiscal y el desequilibrio externo.
Ambos déficit se han disipado en estos momentos, y semejante dicha podría prolongarse todavía por un par de años más. Pareciera por consiguiente llegada la oportunidad de emprender un vigoroso esfuerzo para elevar el umbral estructural de crecimiento. A estos efectos, tendrían que adoptarse medidas conducentes a que el coeficiente de acumulación del capital reproductivo se ubique de manera sostenida entre 20 y 25 por ciento del PIB, que viene a representar casi el doble de nuestro promedio histórico previo, y puede expresarse en un valor de la inversión anual ubicado entre 2.500 a 3.000 millones de dólares.
Hace pocos años, tales magnitudes se hubieran considerado fantasías. Ahora las cosas son diferentes. El cambio de las dimensiones de nuestra economía proviene sin lugar a dudas de nuestra nueva condición de país con enormes potenciales en el sector de hidrocarburos, el cual se caracteriza a su vez por necesidades de inversión de ese tamaño y más, para mantener su posición en los mercados.
Es preciso añadir sin embargo que es muy poco probable que el aumento de la tasa estructural de crecimiento de la economía nacional pueda lograrse si únicamente se llevasen a cabo las inversiones necesarias para cumplir con los compromisos vigentes en el sector de los hidrocarburos.
El desafío estriba precisamente en que para alcanzar el ritmo sostenido de crecimiento que permita empezar a cerrar brechas, se precisan también inversiones de gran envergadura en otros sectores de actividad. Además, conviene insistir en que la distribución de dichas inversiones entre industrias y regiones es de la mayor importancia, motivo por el cual se puede afirmar que sin nuevos enfoques de planificación y concertación, poco se puede esperar en materia de tasas superiores de crecimiento.
*Horst Grebe L. es economista.
Del desfile, su augurio
Qué decepción para los agoreros, los que presagiaban y presagian todos los males. Quieren sal y no les dan. Piden bronca y reciben rumba. El desfile no tuvo deslices y el desmadre anunciado fue una celebración de civismo.
Participando desde nuestras voces
Escuchando ayer a Judith Revel en el ciclo de conferencias organizado por la Vicepresidencia de la República, decía que las mujeres en Italia habrían adoptado, como método, la autonarración desde cada una de las mujeres para identificar
Ahora es cuando
Eso de que en el camino se ordenan las cosas es bien cierto en Bolivia. Lo malo es que nuestro caminar es no sólo lento y complicado, sino también traumático y doloroso.
Bolivia en la cuerda floja
El 6 de agosto, después de prender una escarapela en el pecho, me puse a escuchar una selección de kaluyos y pasacalles de Los Kjarkas, música boliviana donde lo quechua es amasijo con lo español, cual caramelo de chocolate y leche.