El céntrico edificio patrimonial forma parte primordial de la historia de la ciudad de La Paz. Como hospedaje, cumplió 90 años de existencia.
Texto: Jorge Soruco Ruiz Fotos: Pedro Laguna
La ciudad estaba cercada por Túpac Katari. La hambruna atacaba a los paceños, excepto a los habitantes de una casa a pocos pasos de la plaza principal. Allí, una sirvienta alimentó a sus patrones con comida que su enamorado, hombre de Katari, le daba en secreto. La muchacha atribuyó las provisiones al Ekeko, el epicentro de las Alasitas. La tradición se mantiene, al igual que aquella casona que ahora cobija al Hotel Torino.
Para el gerente general de este negocio, Mario Urdininea, el Hotel Torino es “toda una tradición paceña. Es más, antes que esta casa se convirtiera en un hospedaje, la construcción fue testigo del crecimiento de La Paz”.
Lujo francés y establo
La mansión fue construida en 1626 por una familia de acaudalados españoles. Pero, debido a varias interrupciones, no fue sino hasta 1840 cuando el edificio finalmente estuvo terminado.
Señalando la fachada, Urdininea asegura que las pausas fueron forzadas por el cambio de dueños y los acontecimientos históricos. Una de estas pausas fue el cerco de Katari. Cuando estalló la Guerra de la Independencia también se interrumpieron los trabajos en la casona. Después de creada la República de Bolivia, la casa cambió de dueños y éstos terminaron las obras siguiendo la influencia de la arquitectura francesa, cambiando el aspecto del frontis.
La mansión pasó por muchas manos y cumplió varias funciones durante los primeros años de la República. Urdininea recuerda que el presidente Mariano Melgarejo, en su tiempo, utilizó un patio interno como el establo para sus caballos.
Una familia Ramos fue la última propietaria de la mansión antes que pase a ser un hotel. Antes que el Torino estuvo el Hotel Centenario, un alojamiento abierto en 1925, en conmemoración de los 100 años de la independencia.
El estado de conservación de la casa sirvió para que en 1973, por orden de Hugo Banzer, se le declarara Monumento Nacional.
Pero el Torino ya existía. Urdininea explica que “primero comenzó como un restaurante de lujo, creado por un emigrante italiano que llegó a Bolivia escapando de la Primera Guerra Mundial”.
El inicio de la empresa
“Gran Restaurante Torino de Francisco Ponta”, reza un anuncio publicitario publicado en el diario La Razón del 24 de abril de 1917, el mismo número donde se reportan las batallas de la Gran Guerra.
La empresa Torino comenzó como un restaurante de “primer orden”, como aseguraba la campaña publicitaria. Su especialidad era la comida italiana y francesa, preparada por el dueño y fundador, el italiano Francisco Ponta.
Ubicado en la plazuela Pérez Velasco, el local también ofrecía servicios de alojamiento a “familias y caballeros solos”. “No sé cómo serían las habitaciones, pero tenía un gran lujo que muy pocos hoteles podían ofrecer en esa época: luz y timbres eléctricos en los cuartos”, agrega Urdininea.
Estos detalles modernos, además de una atención trilingüe, dotaron de fama al restaurante. El prestigio creció tanto que permitió a Ponta crear la empresa Torino el 20 de octubre de 1917.
Poco a poco, el negocio de alojamiento fue adquiriendo relevancia. En 1935, tras arduas negociaciones, Ponta dejó las instalaciones de la Pérez y trasladó el rebautizado Hotel Torino a la casa donde operaba el Centenario, lugar donde sigue en la actualidad.
Las paredes del complot
Para Mario Urdininea, el Torino es una “tradición paceña. No hay nadie que haya vivido en La Paz que no sepa de este hotel”. Varias personalidades de la sede de gobierno pasaron por sus salones. Algunos fueron alojados temporalmente. Otros nominaron al hotel como un punto de encuentro por su cercanía a la plaza Murillo. Y no faltó quien entró allí para escapar de alguna manifestación.
Sus amplios salones fueron, y aún son, utilizados por los paceños para realizar festejos de todo tipo. En varios rincones de la casa, las mesas de ajedrez están listas para recibir a nuevos jugadores.
“La historia de este hotel está ligada a la complicada política boliviana”, afirma Urdininea con una carcajada. “Los opositores de los diversos regímenes se reunían aquí para complotar o discutir estrategias. Una vez que ellos llegaban al poder, como es común en el país, dejaban de venir acá y se alojaban en los cinco estrellas”.
Su misma cercanía a los principales poderes del país lo convirtieron, además, en uno de los puntos de encuentro de autoridades para descansar o comer algo.
Pero, es la cultura la verdadera reina del Torino. Compositores, pintores, escultores, poetas y dramaturgos se dieron cita en las instalaciones del alojamiento. Esto permitió la creación del Centro Cultural Torino en 1997.
Señalando la cafetería del hotel, Mario Urdininea cuenta que “aquí se proyectaban películas mudas. Se llamaba el Biógrafo del Ring”.
En la segunda planta, un salón servía de anfiteatro para que las nuevas piezas teatrales fueran puestas en escena, ante un público muy íntimo y confiable.
Los corredores sirvieron, y sirven, de escaparates para que los pintores noveles muestren sus creaciones. En las esquinas, las esculturas sorprenden al visitante.
Finalmente, en el patio central se interpretan melodías, principalmente el tango, del cual el Torino se convirtió en centro y sinónimo.
Urdininea asegura que esta relación es tan estrecha que “uno de los mejores tangos bolivianos, Illimani, se gestó en esta casa. Néstor Portocarrero era un cliente recurrente del Torino y, también, uno de los músicos más pedidos”.
La música sigue siendo uno de los encantos principales del hotel. Un panel en la entrada del edificio informa de los grupos que actúan en el día, así como otras actividades culturales de todo tipo.
El Torino en la actualidad
Urdininea asegura que el hotel que administra es “una empresa familiar que logró sobrevivir y prosperar al paso de los años sin abandonar su visión original”.
Algunas cosas, sin embargo, han cambiado. Una de ellas es la clientela. Antaño eran caballeros y familias completas; ahora las habitaciones albergan a grupos de jóvenes mochileros del exterior. “Nuestros precios son bajos, garantizando un lugar para aquellos jóvenes que se lanzan a recorrer el mundo”, afirma Urdininea.
No todos los clientes llegan como turistas. El hotel también alberga una gran cantidad de deportistas extremos. Ciclistas, escaladores y otros utilizan el alojamiento como base de operaciones cuando no están probando sus habilidades en las afueras de La Paz.
Con todos estos elementos, el Hotel Torino se prepara para seguir otros 90 años más, sirviendo de refugio a los aventureros que vienen a Bolivia para disfrutar de sus bellezas naturales y contrastes.
“Es un milagro”, define Mario Urdininea al hotel. “Es parte intrínseca de la historia de La Paz... simplemente es el Hotel Torino”.