Esta vez voy a hacer una revelación familiar, porque se trata de un suceso histórico que incumbe al país. En junio de 1930 se produjo la primera revolución socialista en Bolivia y su conductor accidental fue mi padre, Alfredo Zuazo Lavadenz, cuando apenas tenía 30 años de edad.
Fue accidental, porque el jefe de la insurrección debió ser Roberto Hinojosa, el mismo que el 21 de julio de 1946 fuera colgado en un farol de la plaza Murillo, junto con el ex presidente Gualberto Villarroel, su secretario privado Luis Uría de la Oliva y su edecán Waldo Ballivián.
Mi padre, siendo adolescente, abandonó la casa paterna y se fue a vivir a Buenos Aires. Luego pasó a Montevideo, donde se incorporó a la Tercera Internacional Comunista. Con el tiempo, aparentemente ejerció las funciones de correo partidario o de dirigente, pues viajaba entre la capital uruguaya, Buenos Aires, La Paz y Santiago de Chile, según le contó a mi madre, Amalia Nathes de Zuazo.
En una de sus visitas a La Paz se casó con mi madre. Un año después tuvieron a mi hermana Gladys, ya fallecida. Seguramente porque estaba identificado por la policía política de Bolivia, fue detenido y confinado a Salitre, en Tarija. Allí funcionaba un puesto aduanero, mi padre se contrató como jefe de un contingente de guardias. En esas circunstancias nací yo y cuando tenía cuatro meses, mi madre me trajo a La Paz, para hacerme conocer a la familia.
Sin que le avise a mi madre, mi padre se había comprometido a participar de una revolución socialista, bajo la jefatura de Roberto Hinojosa, para lo que éste tenía que cruzar la frontera con Argentina, donde se encontraba. No pudo hacerlo porque lo detuvieron cuando estaba en ese afán.
Mi padre entró en acción, con el contingente armado que había formado, tomando bajo su control Villazón y el ferrocarril a Atocha. En Villazón hizo abrir las puertas de la Aduana, para que sea saqueada por la gente del lugar. Luego, avanzó hacia el norte y en persecución suya se lanzó el prefecto de Tarija, un militar, y su tropa. Mi padre y sus hombres les hicieron una emboscada, logrando capturarlos.
Cuando ambos estaban reunidos en una carpa, alguien hizo disparos contra ellos. El prefecto murió y mi padre cayó herido. En un camión militar lo condujeron a Tarija y lo internaron en el hospital, allí murió, aparentemente envenenado, según versiones que recogió mi madre en el lugar. Su cuerpo desapareció y nunca fue encontrado, mi abuelo político, José Melecio Bilbao la Vieja, deambuló por toda Tarija para ubicarlo. Todo este relato lo escribió Hinojosa, en un folleto intitulado “El holocausto de Zuazo”. A mi madre le iniciaron un juicio por el saqueo de la Aduana de Villazón, pero no prosperó.
Yo quedé sin conocer a mi padre.
*Alberto Zuazo Nathes es periodista.
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