En 1907, Luis Doménico fundó su estudio en La Paz. A partir de esa época, y por cuatro generaciones, la familia de origen italiano retrató la vida de un país que se puede ver hoy en una exposición.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Colección Gismondi / Pedro Laguna
Luis Doménico Gismondi (1879 -1946) llegó a Perú en 1899, pero se quedó enamorado de los rostros de Bolivia. Hace un siglo fundó su estudio fotográfico en La Paz, empezando una tradición familiar que se extendió por cuatro generaciones y que hoy muestra una retrospectiva de su trabajo en el Museo Nacional de Arte.
Geraldine Gozálvez Gismondi es la bisnieta de Luis Doménico Gismondi y heredera de esta tradición. Además, es la guía por este viaje que se inicia a comienzos del siglo XX. “Mi bisabuelo llegó desde Italia trayendo todo el material y la tecnología de la época. Lo hizo por Perú, pero se quedó en Bolivia. Le gustaron tanto los rostros que llevaba a la gente a sus estudios y allí los hacía posar, algo que no era tan usual en la época”.
Todo pasaba por su lente. Desde las minas y sus palliris hasta las fiestas típicas y los bailes de ciudad. Iglesias y palacios de Chile, Bolivia y Perú tienen un registro documental en estas fotos.
“De todos modos, Luis Doménico no dejaba su pasión por viajar, capturando imágenes de Pisak, el Valle Sagrado de los Incas en Perú o a los indios Charotes del Paraguay. También trabajó con Posnansky en sus excavaciones”.
Gismondi fue amante de su arte y muy popular en su época. Retocaba las fotos tanto en la placa de vidrio como en papel y usaba técnicas como el virado, cambiando el tono de las fotos hasta el sepia o utilizando el azul prusiático.
Recorrido visual por el tiempo La primera parte de la muestra está dedicada a imágenes de la familia, incluyendo los retratos de los cuatro fotógrafos y una reproducción postmortem de un bebé.
El trayecto continúa por la diligencia de Luis Doménico. “Él era un viajero empedernido que recorrió Chile, Paraguay y Perú. Lo hacía a lomo de mula y con todo el material a cuestas. Las placas de los negativos eran de vidrio, los reactivos inflamables y las fotos se debían revelar ese momento”.
Le siguen imágenes de personalidades de principios del siglo XX, como el ministro de Guerra Fermín Prudencio o el monseñor Carolli. Indígenas, mineros, gente de sociedad, cholas y retratos familiares completan la sección.
La parte más importante de la exposición es quizá la galería de los presidentes, con tomas desde 1899 hasta la fecha. Hernán Siles Suazo, Gualberto Villarroel, José Manuel Pando, Ismael Montes, José Luis Tejada Sorzano y un largo etcétera se complementa con una fotografía familiar de Germán Busch y las imágenes actuales de Carlos Mesa y Evo Morales.
Rostros dignos de Hollywood Si el padre era viajero, el hijo se especializó en el estudio. Don “Luigui” era tan cotizado que la gente llegaba desde Santa Cruz, Beni, Cochabamba y otros departamentos para retratarse. La exposición muestra trabajos desde la década de los años 50 hasta los 80. Luis Adolfo les daba un virado a sepia y luego las coloreaba con pincel y lápiz, dejando imágenes que parecen sacadas de las populares revistas de cine de la época.
Su hija Graciela continuó perfeccionando la técnica analógica para dar paso a los trabajos a color. A ella le acompañan las imágenes de su hija, Geraldine, con tomas más contemporáneas y ya dentro del campo digital.
“Seguimos jugando con la luz. Por más que hayan cambiado las técnicas, seguimos usando los mismos principios y la metodología. El reto es grande, teniendo por delante a tan grandes maestros, debo esforzarme más. Es una herencia que llevo en la sangre”. Y como muestra, Juan Pablo, su hijo de 12 años, ya tiene en la exposición una primera fotografía.