Chulumani cuenta con la planta hidroeléctrica más antigua del país. Su funcionamiento depende de la habilidad de cuatro hombres.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
Máximo Apaza detesta los fines de semana. Entonces, las calles de Chulumani se llenan de comerciantes provenientes de las comunidades cercanas a esta población yungueña y la demanda de electricidad se dispara.
Son las piernas de Apaza las que sufren las consecuencias de este febril movimiento económico, ya que deben subir y bajar la pendiente donde descansan las dos represas que alimentan a la Planta Hidroeléctrica de Chimpa, que brinda energía eléctrica a Chulumani.
Instalada en 1948, la vetusta maquinaria estadounidense Westinhouse —única en el mundo, según los chulumaneños— es operada en gran parte de forma manual.
Es viernes por la tarde y Apaza, armado de un handy, espera en medio de la vegetación la señal del jefe de Máquina, Ignacio Kapajani, para abrir la válvula de la represa. Dentro de poco, con el ocaso del sol, la demanda de electricidad subirá.
Mientras tanto, metros más abajo, Kapajani ve atentamente el parpadeo de los dos focos ubicados en el panel de control. “Si dan poca luz, el tomero (Apaza) debe mandarme más agua; si dan mucha luz, debe cerrar de a poco la válvula de agua”, explica el operador, que después de ocho años se ha vuelto un experto sincronizando la energía.
Claro, bastaría tan sólo un leve error de cualquiera de los dos funcionarios para provocar un apagón en el pueblo, por la baja tensión, o una larga lista de electrodomésticos quemados, por una repentina subida de energía.
“Una vez, a un viejito le venció el sueño... Hasta que despertó no hubo luz en Chulumani”, recuerda Kapajani, uno de los tres operadores que mantienen en funcionamiento la planta las 24 horas del día. Apaza, en cambio, no tiene horario. “Estas dos represas son mi hogar”.
La más moderna de su época Ocobaya, Huancané, Chirca... Casi todo el municipio de Chulumani salió de la penumbra gracias a las dos turbinas de la Planta Hidroeléctrica de Chimpa, ubicada a 24 kilómetros de la población sud yungueña. “Antes, un motor estacionario brindaba tres horas de electricidad —de 20.00 a 23.00—, pero consumía mucho combustible”, rememora Eloy Catacora, presidente de la Cooperativa de Servicios Eléctricos Chulumani.
Catacora recuerda que fue a través de la movilización de la población que en 1948 se logró la instalación de la planta hidroeléctrica, la más moderna de su época.
“Ahora, es tan vieja que no existen repuestos en ninguna parte del mundo. Así nos lo dijo un experto alemán que vino a reacondicionar la máquina. El gringo quedó impresionado al verla funcionar. Es increíble, porque las máquinas actuales tienen tan sólo unos 25 años de vida útil”, asegura.
Sin embargo, debido a la falta de renovación de sus partes, la generación de energía de esta planta se ha reducido. Ahora sólo cubre la mitad de Chulumani, el resto de energía llega desde Cochabamba.
“Tenemos un proyecto para renovar esta planta y volverla enteramente automatizada, pero necesitaremos mucha inversión”, explica el chulumaneño. Pero aún con el nuevo proyecto, un 20 por ciento de la maquinaria antigua, como las turbinas, seguirá apoyando la generación de electricidad.
Hasta que ese día llegue, sin embargo, unas 650 familias continuarán dependiendo del trabajo de los operarios de la Planta Hidroeléctrica de Chimpa.
“Ya he renunciado varias veces, pero no me dejan ir”, se queja el “tomador” Máximo Apaza, mientras limpia la hojarasca que amenaza con taponear el cernidor de una de las represas. “Sacrificado es. En época de lluvia, por ejemplo, la represa se llena de piedras y tierra que no dejan pasar el agua y causan apagones. Y cuando no hay lluvia, también la sequía causa que se vacíe la represa, y hay apagón”.
El trabajo de Apaza no tiene horario, debido a que en cualquier instante es convocado por el handy para abrir o cerrar las dos válvulas de las represas, dependiendo de la demanda de Chulumani, que se incrementa en la noche y en los fines de semana, cuando se instala en el pueblo la feria.
“¿Sabe?, de rato en rato me escapo a mi casa”, confiesa Apaza, mientras devora rápidamente la cena que uno de sus cinco hijos acaba de llevarle desde su hogar.