Nueve músicos alemanes y uno boliviano dieron un concierto en la cima del Acotango, a más de 6.000 metros sobre el nivel del mar. Así, buscan difundir una obra social en el área rural del país.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: Musikkapelle Roggenzell
A rastras y de cuatro patas. Así arribaron al escenario los músicos del conjunto alemán Musikkapelle Roggenzell. Claro, tras ocho horas de ascenso hacia la cumbre del volcán orureño Acotango, a 6.032 metros sobre el nivel del mar, “esa era la única forma de llegar: de cuatro patas”, asegura Philipp Knill, uno de los 10 músicos —nueve alemanes y uno boliviano— que el pasado 6 de agosto batieron el récord Guinness de interpretación de orquesta en altas alturas. El récord actual —hasta que Guinness oficialice el realizado en Bolivia— es de 5.545 metros de altitud, y fue realizado cerca del campo base del Everest (Nepal).
Este emprendimiento, que comenzó a gestarse hace un año, tiene como objetivo principal el apoyar en la difusión del proyecto social Hospedaje Estudiantil en Familia, el que busca mejorar el acceso a la educación de los niños y niñas de las áreas rurales del país.
El conjunto Musikkapelle Roggenzell lleva más de 170 años dando a conocer la tradición musical del pueblo de Roggenzell, ubicado al sur de Alemania, en la región de los Alpes. Polkas, marchas y valses forman parte de su menú artístico. Y por primera vez, ese bagaje musical fue escuchado en las alturas de los Andes sudamericanos.
Durante media hora —de 13.30 a 14.00— los instrumentos de los alemanes Clemens Knill, Friedrich Hutter, Gerhard Wieser, Gisela Woelk, Birgit Knill, Tobias Rief, Bruno Deschler, Philipp Knill y Jürgen Magino y del boliviano Daniel Libovicky Salinas —que se sumó al emprendimiento— se hicieron presentes en la cima del volcán.
Cuatro temas fueron interpretados sobre los 6.000 metros de altitud del coloso ubicado en el Parque Nacional Sajama, ante los 14 espectadores que acompañaron al grupo. Las melodías del vals, el dixie y el tango resonaron en el Acotango.
“Fue el concierto más difícil de mi vida, pero al mismo tiempo el más emocionante”, dice Jürgen Magino, quien interpretó la tuba, un instrumento de viento que pesa aproximadamente ocho kilos.
“A esa altura, los labios se endurecen y los instrumentos se congelan. Con el poco oxígeno y los fuertes vientos es difícil tocar un tono claro... Se te acaba el aire”, explica el músico europeo, que recuerda que su pueblo natal está rodeado de montañas que no superan los 3.000 metros de altitud.
“Nos atrajo la atención la propuesta de subir a más de 6.000 metros de altura, tocar allí y de paso ayudar a los niños de Bolivia”.
Para su compañero, Clemens Knill, lo más complicado fue mantener los pentiles de su trompeta en funcionamiento. Para ello, el músico recurrió a un calentador en gel, el cual activó para calentar el instrumento. “Si se congelaban, nunca habría habido tonos claros. Luego luché por mantener los labios flexibles en ese frío, sin lo cual no habría llegado a notas altas”.
Las dificultades climatológicas no impidieron, sin embargo, que los músicos cumplan con los requisitos solicitados por Guinness. Entre ellos, realizar un concierto de por lo menos 15 minutos con melodías que sean reconocibles, no superar los 30 segundos entre cada tema y que cada pieza tenga al menos dos minutos de duración.
El ascenso al pico del Acotango se inició a las 4.00 del lunes 6 de agosto y tomó al grupo ocho horas llegar a la cima del volcán, ubicado en el Parque Nacional Sajama.
“Es un hecho histórico, y me pareció que en él no podía faltar un músico boliviano”, manifiesta Daniel Libovicky, quien a sus 23 años no dudó en responder a la convocatoria lanzada en el Conservatorio Nacional de Música, donde este artista interpreta la flauta traversa.
Para Philipp Knill, el valor del evento se centra en el apoyo a la difusión del proyecto Hospedaje Estudiantil en Familia, desarrollado por la Fundación Pueblo. Dicho proyecto se centra en la idea de hospedar, durante los días de clases, a niñas y niños de comunidades alejadas en hogares de familias que vivan cerca de los centros educativos del área rural. “Así se evita la deserción escolar y se da oportunidades de futuro”, dice.