La Asamblea Constituyente sufre la andanada final de los extremos inclementes, que de manera insensata e irresponsable, han tratado y tratan de convertir al cónclave en catalizador de la violencia y el enfrentamiento, en lugar del espacio de la concertación y la construcción del nuevo pacto social.
El pretexto no es, como algún momento parecía iba a suceder, las autonomías, el régimen de la tierra, el modelo de Estado o la reelección presidencial inmediata. Se encontró la excusa perfecta en una antigua herida jamás restañada por completo: el traslado incompleto del núcleo del poder de Sucre a La Paz a principios del siglo XX.
Nadie dude que sucrenses y paceños creen sinceramente, insuflados de legítimas razones, que lo que demandan unos y otros es lo razonable y que conviene al país. No hay, en ninguna de las partes, sentimientos antipatrióticos o amenazas a la unidad nacional. En el fondo de sus reivindicaciones está el convencimiento de estar actuando en función del bienestar general y no del particular.
Mas, no son estos los argumentos que se debaten y discuten en el fragor de la batalla, gracias a Dios todavía verbal, que libran paceños y sucrenses en la Asamblea Constituyente. Algunos, lo suficientemente perversos para atentar cobardemente contra la patria y lo inocultablemente imbéciles como para creer que podrán sacar ventaja del desastre, han logrado manipular la legitimidad de las causas en conflicto para despertar viejas pasiones y rencores. Han logrado, como ejemplifica la Biblia, poner al ´hermano contra el hermano´ y al ´padre contra el hijo´. A la división política existente en la Asamblea, le han agregado este ingrediente que ha conseguido el caos. Todo está dividido ahora: el MAS con los asambleístas y parlamentarios de Chuquisaca y hasta el Prefecto disidentes; Podemos con los asambleístas y parlamentarios de La Paz enfrentados al resto de su organización y todos los demás azorados, perplejos, viendo cómo la última oportunidad de reponer el pacto social en Bolivia, se desvanece.
Hoy, todo parece estar al borde del desastre final. Se frotan las manos los agoreros y preparan las espuelas los jinetes del apocalipsis. Quedó atrás la solicitud sensata de Sucre de pedir que se discuta en la Asamblea el retorno de la Capitalidad y que si no hallaba el consenso necesario, el tema se resuelva en un referéndum nacional. También se hizo a un lado la iniciativa paceña de no debatir el tema en el seno de la Asamblea Constituyente, sino luego, después de un estudio pormenorizado y una definición que no sea apresurada.
Ahora se han violado los reglamentos de la propia Asamblea evitando de manera ilegal el trata- miento del tema. Sucre ha respondido con indignación, pero también ilegalmente apelando a las calles y los famosos ´cabildos´ para radicalizar sus posiciones y tratar de imponer ´de hecho´ sus pretensiones.
Parece que el pretexto está funcionando de maravillas para los propósitos de los malévolos, pero siempre es posible reaccionar a tiempo. La salida debería ser reconsiderar la malhadada resolución de la Asamblea Constituyente que dio lugar al desaguisado y resolver el asunto de la siguiente manera: Convocar, seis meses después de concluida la Asamblea, a un Referéndum Nacional para definir si la sede de los poderes Legislativo y Ejecutivo se mantienen en La Paz o se trasladan a Sucre.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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