¿Hemos llegado al fondo del pozo? Casi siempre, en los malos tiempos, se dice: “hemos tocado fondo”, aferrándonos a la esperanza de que, en adelante, se comenzará a subir. Así se procura disimular la angustia; es un modo de escapismo o de una simple expresión de deseos, sin reparar en que, entre la esperanza y la realidad, frecuentemente hay un largo trecho. Parece que ahora, ese fondo es casi insondable. Poco a poco nos hundimos más, aumentando el desaliento y la desesperación.
En corto tiempo hemos pasado de las buenas perspectivas a la incredulidad. En diciembre del 2005, el país estaba esperanzado: podía abrirse una etapa más justa, con mayor libertad, sin discriminaciones y, sobre todo, con posibilidades de salir de la miseria extrema que agobia a la nación, la más pobre en América del Sur.
El nuevo Gobierno obtuvo un apoyo extraordinario ya que, por primera vez en la era democrática (1982–2005), un candidato presidencial había logrado más del cincuenta por ciento de los votos. Ya se sabía que las reservas de gas en Bolivia —las segundas en Sudamérica— podían ser uno de los motores del desarrollo nacional para encontrar, al fin, un camino que nos haga salir de la angustia de sabernos tan pobres.
También la nueva administración encontró otras señales favorables: crecían las exportaciones no tradicionales, cientos de talleres y pequeñas fábricas se establecían, especialmente en zonas deprimidas, como en la complicada ciudad de El Alto, en una inédita muestra de confianza en nuestra capacidad de progresar y aprovechar las condiciones que se fueron creando, como la que se abrió con el sistema preferencial (ATPDEA) a una importante cantidad de productos que nos concedió Estados Unidos (el mercado más grande del mundo). Es más: las inversiones, incluidas las de exploración y explotación de hidrocarburos, se incrementaban, como prueba de que Bolivia se convertía en un país al que los inversores consideraban seguro.
Contando con ese panorama, en enero del 2006 se instaló el nuevo Gobierno. Sólo un pesimista desorbitado hubiera podido creer entonces que, en tan poco tiempo, se iba destruir tanto: incluidas las ilusiones y las esperanzas. Las experiencias populistas, que tanto golpearon a otros países, no las conocíamos de cerca. Y así nos está yendo.
De ese cuadro halagüeño, en verdad, no queda mucho. Los mercados para el gas están en serio riesgo de perderse; la apertura de Estados Unidos terminará, en medio de la agresiva verborrea oficialista en La Paz, que se empecina en creer que la oportunidad está en un remedo de acuerdo comercial con Cuba, Venezuela, Ecuador y la pobre, casi como Bolivia, Nicaragua, mientras que, por otro lado, se envía a Washington delegaciones mendigantes para rogar extensiones en las preferencias que se están por acabar.
Lejos de Bolivia, sin información sobre lo que sucede —pobreza en aumento, inflación creciente, pérdida del valor de los salarios, mayor índice de desocupación, emigración de miles de bolivianos en busca de mejores condiciones de vida—, se podría pensar que este bajón, casi al fondo del pozo, es producto de muchos años de incuria, pero no que resulta —como es verdad— de un año y medio de una administración populista, deficiente, sectaria, irresponsable y, sobre todo, que alienta la desunión y el enfrentamiento.
*Sergio P. Luis es profesional independiente.
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