Antes, viajar en avión era una delicia. Aunque hubo tiempos en que el Lloyd Aéreo Boliviano era campeón en incumplir los horarios. Ahora el LAB está técnicamente muerto y AeroSur, aunque frecuentemente es puntual, le gana a la anterior en dejar en tierra a pasajeros por más de 12 horas. Compañías de mayor “altura”, también frustran a sus pasajeros con suspensiones de vuelos y otras graves molestias. Incluso se da el caso de que unos vuelos parten antes de lo programado y, consiguientemente, el pasajero que confió en la hora señalada tuvo que quedarse en tierra con los consiguientes perjuicios y —peor aún— sin posibilidad de exigir la debida indemnización. Se pierden maletas que nunca se recuperan. La mayoría de las veces el pasajero desconoce sus derechos a las indemnizaciones que constan en el mismo boleto. Sólo que está impreso en el pasaje, con un tipo de letra de pata de mosca que necesitaría de una lupa para leerlo. Las molestias citadas se agravan en Bolivia porque estamos en el fondo del saco de los itinerarios mundiales. Para llegar a Europa estamos obligados a dar saltos de canguro de una escala a otra, con las consiguientes esperas tediosas para empalmar con otra línea. Las distancias kilométricas entre una sección a otra de los modernos aeropuertos agotan al viajero con maletas a cuestas, Las cintas transportadoras que deberían salvar esas distancias cómodamente —¡qué casualidad!— ese día no funcionan. Y no hablemos de las líneas de “low cost” —mejor dicho, de bajo precio para el viajero— de las que no conviene fiarse demasiado.
Las comidas o los “snacks” que sirven a bordo de la clase económica suelen estar fosilizados de tanto congelarlos y descongelarlos. ¿Será para forzar al pasajero a que compre un asiento en clase ejecutiva, el doble de caro? La “primera” prácticamente ha desaparecido en la mayoría de las aeronaves. Lo curioso es que cada día viaja más gente por avión. Lo que haría pensar que las compañías gozan de una economía boyante. Por otro lado, la fuerte competencia de las empresas “low cost” debería estimular la prestación de mejores servicios en todas las líneas aéreas. Sin embargo, no es así. El mismo aumento del número de empresas aéreas, de carga, pasajeros e itinerarios, parecería abogar por la aceptación de la práctica de los cielos abiertos que permita a cualquier compañía acreditada recoger carga y pasaje, tanto de una punta a la otra de su itinerario internacional, como de las escalas intermedias dentro de un determinado país. Pero todavía prevalece el criterio de la soberanía, que es el mismo que impide a Chile abrir un puerto boliviano, totalmente boliviano, sobre el Pacífico. Convengamos pues en que, por muy arraigado que esté el principio de soberanía nacional en el tráfico aéreo, entiendo que sólo es justo aplicarlo por seguridad nacional. Pero en el aspecto comercial, sólo debería aplicarse cuando esta soberanía redunda en un buen servicio a los viajeros. Pero cuando se administra a las patadas en perjuicio de los usuarios, así como de la apertura al mundo globalizado, la soberanía comercial del tráfico aéreo ya no es más que un pretexto para encubrir la ineficiencia de ciertas empresas nacionales.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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¿Hemos llegado al fondo del pozo? Casi siempre, en los malos tiempos, se dice: “hemos tocado fondo”, aferrándonos a la esperanza de que, en adelante, se comenzará a subir.
Calentamiento altiplánico
En el desenfreno de demagogia y reduccionismo al que se ha comprimido el debate público, para los políticos como para muchos medios de comunicación, los problemas alejados de la esfera propiamente político-institucional o económica-reivindicativa prácticamente no existen.
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Acaba de llegarme el último número de la revista Foreign Policy, y confieso que al leer el reportaje principal me he quedado con un sabor amargo en la boca al descubrir que Bolivia integra un grupo de países
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