Acaba de llegarme el último número de la revista Foreign Policy, y confieso que al leer el reportaje principal me he quedado con un sabor amargo en la boca al descubrir que Bolivia integra un grupo de países, que en mayor o menor grado, son considerados como “Estados al borde del fracaso”.
Un sabor amargo —digo— porque no hay duda que este tipo de ranking afecta la imagen de Bolivia y no le hace ningún favor, menos aún cuando existe a nivel global una feroz competencia entre los países para atraer inversión extranjera.
El dato del ranking se desprende de un reportaje sobre el tercer Índice de Estados Fracasados, compilado anualmente por el Fund for Peace (Fondo para la Paz), una organización de investigación independiente, y la misma revista Foreign Policy, que este año recibió en los Estados Unidos de Norteamérica el premio nacional de revista en la categoría de excelencia general.
El ranking de 177 países para el Índice de Estados Fracasados 2007 está basado en un total de 12 indicadores de “inestabilidad” correspondientes a las áreas social, económica, política y militar. Cada indicador —al que se le da un puntaje del uno al 10 y donde el mayor puntaje obtenido refleja una mayor inestabilidad— se refiere a una variable distinta: las presiones demográficas, la emigración, el estado de la economía, el desarrollo desigual, el acceso a los servicios públicos, los derechos humanos, y otras.
El ranking clasifica a los países en cinco categorías principales de acuerdo al nivel potencial de fracaso, el cual está basado en el puntaje total obtenido en los 12 indicadores de “inestabilidad” ya mencionados. Estas cinco categorías de potencial fracaso son: situación crítica; en peligro; justo al borde o límite; estable; y bien estable.
En la categoría de “situación crítica”, por ejemplo, la lista está encabezada por Sudán, Irak y Somalia. Del continente americano, Haití es el único país que se encuentra en esa primera categoría, ocupando el puesto número 11. La categoría “en peligro de fracasar” incluye a Nepal, Uzbekistán, y Sierra Leone a la cabeza. De los países latinoamericanos, Colombia es el único que se encuentra en esta categoría, en el puesto 33.
Bolivia, en el puesto 59, se encuentra en la categoría “justo al borde o límite”, o sea un Estado en la frontera del fracaso y de la estabilidad. Lo que es más perturbador, sin embargo, son los países que acompañan a Bolivia en ese grupo: Guinea Ecuatorial, Turkmenistán, Eritrea, Angola, Bosnia, Irán, Indonesia y las Filipinas, por nombrar sólo algunos. El otro país latinoamericano que integra esta categoría es Guatemala, en el puesto número 60. En muchos de estos países mencionados es obvio que existen serios problemas de gobernabilidad e inestabilidad, ya sea por recientes guerras externas o civiles, u otros serios conflictos internos.
En Bolivia, conocemos que la situación no es ningún paraíso y que el proceso de reescribir una nueva Constitución en la Asamblea Constituyente ha estado transmitiendo una imagen de gran inestabilidad y conflicto tanto dentro como fuera del país. Pero de ahí a que Bolivia esté al borde o en el límite de convertirse en un Estado fracasado parece una exageración, sobre todo cuando analizamos las características de los otros países que acompañan a Bolivia en esa misma categoría y con un puntaje más o menos similar.
Vale la pena puntualizar que en esta categoría de “justo al borde o límite” también se encuentran otros países latinoamericanos, incluyendo Brasil, Perú, Paraguay y otros. Pero el puntaje de Bolivia, de 82,0 sobre un máximo de 120 puntos posibles, lo sitúa entre esos 60 países que básicamente integran una lista negra, o mejor dicho roja en este caso, que ha sido publicada en Foreign Policy. Y esto es tremendamente peligroso para Bolivia, sobre todo en cuestión de su imagen a nivel global.
En ese sentido, la validez de cómo se elabora este índice puede abrirse a un debate furibundo, y seguro que en algún momento se dará, especialmente cuando alguno de los países cuestione pública y abiertamente la elaboración de este ranking.
Sea cual fuera la situación, lo que este índice sí está confirmando es que la administración Morales adolece de un déficit de imagen positiva, sobre todo fuera del país, y que no está logrando comunicar de manera efectiva que el país está atravesando por un período de grandes transformaciones y viviendo un momento histórico, todo esto dentro de un marco relativamente pacífico y con una democracia que sigue madurando y consolidándose tras 25 años de constante esfuerzo y determinación. Todo este proceso de cambio es muy loable al margen de que estos cambios convengan más a unos que a otros.
El gobierno de Morales, la oposición, los asambleístas constituyentes y todos los bolivianos en general tienen pues que darse cuenta, de una vez por todas, que todo lo que dicen y hacen dentro del país, y particularmente lo que es transmitido por la prensa nacional e internacional, tiene repercusiones importantes y afecta tremendamente la imagen del país en el exterior.
Y no se trata aquí de simplemente empezar a ser más cuidadoso con lo que se dice o de tener un doble discurso, de acuerdo con las circunstancias y los diferentes públicos a los que uno se dirige. De ninguna manera, ya que está comprobado que la comunicación o mensajes más efectivos no se transmiten a través de las palabras sino a través del mismo comportamiento y de acciones concretas.
En ese sentido, si Bolivia realmente quiere seguir atrayendo inversiones extranjeras que tanta falta hacen para impulsar el crecimiento económico y la creación de empleos (y ojo que aquí no cuentan las “donaciones” venezolanas o los dudosos préstamos argentinos porque esos hay que manejarlos con pinzas), entonces el gobierno de Morales no puede darse el lujo de que Bolivia, en un ranking mundial como el publicado por Foreign Policy, se ubique en una categoría de países al “borde del fracaso”. Esto definitivamente no dice nada bien de un clima adecuado para hacer negocios o de un país donde las instituciones y leyes deberían respetarse, por encima de cualquier partido, movimiento y gobernante.
Este ranking tampoco es aceptable, justo o deseable para la imagen general del país en cualquier ámbito (desde lo económico hasta lo cultural), y menos para los muchos bolivianos honestos y trabajadores desperdigados por todo el mundo, ni para los pocos verdaderos inversionistas que todavía creen en Bolivia.
* Mauricio O. Ríos es especialista en comunicaciones y resolución de conflictos. Trabaja en un organismo internacional en Washington DC.
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