Pocos días atrás, el ex presidente de Colombia, don Ernesto Samper, manifestó que el único país del continente donde existe “la amenaza real de secesión” sería Bolivia. Este grave comentario es el reflejo de la mirada actual de la mayoría de los políticos del hemisferio sobre nuestro país.
Evidentemente, la creencia de que Bolivia se disgrega no es de ahora, ya que en otras oportunidades también hubo comentarios semejantes, sobre todo cuando surgieron gravísimas crisis institucionales. Primeramente, luego de la Revolución Federal, ocurrida a fines del siglo diecinueve. Ese acontecimiento que dio lugar a una verdadera guerra civil entre los departamentos del norte y del sur, y donde se dieron casos horripilantes de antropofagia, provocó la condenación de los países limítrofes, al extremo de que surgió la idea de repartirse al país, ya que era incapaz de mantener un gobierno civilizado.
Otra ocasión en que se habló de la supresión de Bolivia fue durante el primer gobierno de Hernán Siles Suazo, cuando la revista norteamericana Time propuso la “polonización” de Bolivia entre sus vecinos. La revista consideraba que un país que vivía en un caos permanente, y donde se había derrumbado la economía con la reforma agraria y la nacionalización de las minas, lo que le obligaba a vivir de la caridad internacional, no debía mantenerse independiente ya que con ello sólo perjudicaba a sus propios habitantes.
Con las declaraciones del ex presidente Samper sería la tercera vez que se habla públicamente de la división del país. Pero cabe la pregunta ¿estamos tan mal ahora como en las dos situaciones anteriores? Tomando como parámetro fundamental el hecho de que nuestra economía ha mejorado mucho con los altos precios de nuestras materias primas, entonces, ¿por qué se piensa que el país podría desintegrarse?
Si la economía todavía se mantiene en buen pie, lo que está amenazando con dividir al país es la situación política. Lamentablemente, la Asamblea Constituyente en vez de buscar la unidad de la nación se ha esmerado en separarla. Los problemas que inciden en esta separación no comienzan con ella, sino con los gobiernos anteriores, pero ahora se han profundizado.
Cabe señalar primeramente, que hay dos corrientes en la Asamblea que inciden en desunir al país. Una en la zona oeste que postula la insólita política de que los indígenas tengan un determinado territorio en el altiplano y valles principalmente, donde puedan ejercer potestades gubernamentales, con autoridades elegidas por sus comunidades, y donde el gobierno nacional sólo tuviese una tuición nominal.
La segunda estaría concentrada en el oriente y tendría como base la “nación camba”, que abarcaría no sólo al departamento de Santa Cruz sino también el Beni, Pando e inclusive Tarija. En otras palabras, más de la mitad del territorio nacional.
¿Cuál sería la base de estas pretendidas naciones o autonomías? Es evidente que ellas tienen una raíz racista y otra regionalista, aunque sus propulsores seguramente no desean reconocer. Pero estas incidencias contravienen paradójicamente la realidad nacional. Primeramente porque Bolivia es el país menos racista del continente, ya que un 95% de la población nacional es descendiente de indígenas. Por este motivo, desde la fundación de la República, sólo hubo diferencias económicas y culturales. Y segundo, porque en la propia ciudad de Santa Cruz, más del 50% de la población es de origen “colla”.
Si al grave problema del racismo y del regionalismo se suma ahora el surgido entre La Paz y Chuquisaca por la capitalidad de la República, la integración nacional corre verdadero peligro de derrumbarse.
En consecuencia, el Gobierno Nacional, el Ejército y las instituciones democráticas tienen el deber de promocionar una enérgica reacción nacionalista, comenzando con la supresión de la Asamblea Constituyente, que se ha constituido lamentablemente en el factor disociador del país, y además, anteponiendo a esas iniciativas separatistas, los ideales de nación boliviana y de patriotismo integral. De otro modo, Bolivia podría efectivamente comenzar un proceso de desintegración que a la larga degeneraría en una verdadera ruptura de la unidad nacional.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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