Se me ha ocurrido dividir a toda la gente entre los que leen, y los que no leen. Así de simple. Y vaya, creo que he encontrado, en la siempre cojuda manía que uno tiene de clasificar a las personas, una que me funciona bien. Me dice mucho más que las típicas entre hombres y mujeres, negros y blancos, nacionales y extranjeros, izquierdistas y derechistas, ricos y pobres, religiosos y agnósticos, borrachos y abstemios, y todas las combinaciones posibles. El hábito de la lectura marca en las personas rasgos distintivos contundentes, que los hacen diferentes del resto.
Conste que me he referido sencillamente a los que leen, y no a los más informados, ni a los más inteligentes, ni a los especialistas, por supuesto; digo esto para evitar confusiones, puesto que entre los mencionados también los hay leídos y no leídos. Sin el ánimo de intentar mandarme una definición académica del lector (asunto que en verdad no viene al caso), señalo simplemente que desde mi punto de vista, lector es aquel ciudadano que siempre anda leyendo algún libro que no tenga que ver con su pega o con sus intereses económicos. Demás está decir que también excluyo de la categoría a quienes se abocan exclusivamente a manuales, periódicos, revistas, correos electrónicos en cadena y textos de autoayuda para triunfar en la vida.
Lector vendría a ser, puesto en grosero, cualquiera que sienta esa extraña pulsión de echarle mano a cualquier libro, sin importar si es original o trucho, propio, prestado, fotocopiado, gordo, delgadito, nuevo o ajado, e incorporarlo a alguna rutina de su vida; ya sea camino al trabajo, antes de la siesta, en trasnoche, o en posiciones menos dignas detrás de la puerta del escusado. Todo vale.
Tampoco hago ascos en la distinción de tópicos y materias, es más, si se trata de seguir con las odiosas clasificaciones, me quedo con los lectores multifacéticos, que saltan sin complejos del tratado filosófico al best seller de bolsillo; los prefiero con creces a los unidisciplinarios, candidatos perfectos a convertirse en especialistas y perder así las cualidades del lector a secas. Pero bueno, mas allá de los detalles, era mi intención al principio de esta columna poner en evidencia esa particular relación que uno tiende a establecer con los lectores. Con ellos, las discrepancias tienen siempre un tono distinto; el mundo no es tan blanco ni tan negro, y sobre todo, la discusión o la mera conversación, son motivo suficiente para prolongar la charla sin la intención de dirimir. El universo de los lectores es diferente, y generalmente más apto para la construcción: para la suma permanente sobre el disenso. El lector, además de pensar, piensa distinto.
Una vez rayada mi cancha con esa línea invisible, me pregunto qué es lo que habrá que hacer para que cada día se reduzca la asimetría entre leedores, internautas y televidentes. La lucha, como siempre, comienza en casa con la formación de nuestros hijos, sujetos, muchas veces inermes, de un mundo que incentiva todo, menos el hábito de leer. Luego habrá que enfrentar un detallito esencial: el acceso a los libros. La verdad es que cuesta entender cómo un componente tan importante para la formación y el comportamiento de las personas, circule por ahí como cualquier mercancía, sometido a las brutales reglas del mercado. Si de mí dependiera, liberaría los libros de cualquier tipo de arancel, impuesto y patente, y premiaría de mil maneras desde el Estado, a todo aquel que venda o compre un libro. Aquí no debe haber medias tintas. Si de verdad se quiere fomentar la lectura, las medidas deben ser radicales.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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