“El resultado es la ineficacia de las decisiones del MAS y la actitud reactiva de la oposición. Ayer pactaban y ahora se enfrentan...” Después de año y medio de gestión gubernamental, la crisis política vuelve a aparecer como una amenaza para la democracia. Conflicto entre poderes, parálisis del proceso constituyente, ruptura entre el partido de gobierno y la oposición parlamentaria. Y varios sectores de la sociedad en apronte. El futuro dejó de ser una preocupación porque el presente nos lanza una bofetada en el rostro exigiendo respuestas cuerdas, aunque estos días la cordura es un bien escaso.
Tres semanas atrás, el proceso político parecía encaminarse mediante soluciones pactadas. Cosas del pasado, porque los hechos del miércoles en el Parlamento, en la Asamblea Constituyente y en las calles son la negación de esa posibilidad. Y el prolegómeno de un retorno a la polarización, aquella que fracturó al país a fines del año pasado y estalló el 11 de enero en Cochabamba. Los hechos ya no desmienten a las palabras: “Si no se resuelve mediante el consenso, se tiene que resolver con la violencia” (Vicepresidente dixit). Cuando fracasa la política, las palabras son inútiles. O sirven para poner en evidencia su fracaso. El fracaso del oficialismo y de la oposición que no supieron materializar sus acuerdos parlamentarios en el escenario constituyente y terminaron triturados por un manejo inadecuado del tiempo, un factor decisivo en política.
El acercamiento del MAS y Podemos en las semanas anteriores se esfumó porque se abrieron varios frentes de conflicto que convergieron dramáticamente en un par de días. Por cálculo o por chambonada, el MAS aprobó mediante su mayoría constituyente la resolución que pretende excluir el tratamiento del tema de la capitalidad desechando el consenso que tiene en la regla de los dos tercios la condición de su posibilidad. En paralelo adoptó la decisión de enjuiciar a los miembros del Tribunal Constitucional rompiendo lanzas con la oposición que es un imprescindible aliado para resolver los entuertos de la Asamblea Constituyente. La oposición, sobre todo Podemos, anda recorriendo similares caminos porque debe aguantar la presión del movimiento cívico que, a contramano de los acuerdos parlamentarios, rechazó la ampliación de la Asamblea Constituyente, y también la presión resultante de las decisiones del oficialismo que le obliga a aceptarlas o rechazarlas sin medias tintas. Y la oposición, si tiene que elegir, opta y optará por lo contestatario si no tiene la certeza de beneficiarse con su acercamiento al oficialismo.
El resultado de este cuadro es la ineficacia de las deci- siones del MAS y la actitud reactiva de la oposición. Ayer pactaban y ahora se enfrentan en el Parlamento y en la Asamblea Constituyente, mientras los tambores de guerra empiezan a retumbar en las calles. Si las cosas no se encaminan hacia un acuerdo entre el MAS y Podemos en los diferentes temas de conflicto, incluyendo la capitalidad, la democracia enfrentará su prueba más dura desde junio del 2005 cuando —el tiempo es circular— en Sucre se definieron sus derroteros para alejar la incertidumbre política que, ahora, retorna como las oscuras golondrinas.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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