He seguido el absurdo debate sobre cuál debería ser la ciudad capital de Bolivia y debo admitir que los bolivianos tenemos una innata tendencia para concentrarnos y gastar energías en actividades que no tienen absolutamente nada que ver con los verdaderos problemas del país. Entre esas iniciativas que han probado ser enfermedades en vez de remedios incluyo a la famosa Asamblea Constituyente, el empeño casi enfermizo de declarar patrimonio histórico de Bolivia a cualquier objeto que sea siquiera tocado por el Presidente y ahora la pugna entre Chuquisaca y La Paz por la capitalidad de la República.
Soy un paceño que cree que la distinción de sede de los poderes Ejecutivo y Legislativo le ha traído a La Paz más problemas que beneficios. Pienso que al ciudadano de esta urbe se le haría un enorme favor librándole de esta distinción. Sin un aparato público asfixiante e ineficiente, las verdaderas potencialidades de este departamento podrían ser explotadas, en vez de dilapidar recursos en actividades que en el mejor de los casos benefician solamente a algunos. Sin el supuesto honor de ser la casa del Presidente y del Parlamento boliviano, La Paz podría concentrar esfuerzos y energías en convertirse en el verdadero motor del crecimiento de Bolivia, aprovechando sus claras ventajas comparativas en manufacturas con valor agregado y en su innegable posición geográfica como la puerta de productos bolivianos al océano Pacífico.
Frente a este debate vacío, mi propuesta es que la capital de Bolivia no sea exclusivamente ni La Paz ni Sucre. Propongo que por tiempo limitado —digamos 20 años por ciudad— todas las capitales departamentales sean capitales del país. Es decir, la capital boliviana es
todo Bolivia porque las nueve capitales departamentales serán capitales del país cada cierto tiempo. El primer periodo podría ser otorgado a La Paz, debido a que esta ciudad cuenta ya con la infraestructura necesaria para serlo, pero el año 2027 la capitalidad podría ser trasladada a Sucre, y el 2047 a Santa Cruz, y así sucesivamente con todas las ciudades capitales de los nueve departamentos bolivianos. De esta manera, los supuestos beneficios de ser capital de país —gracias a las fuentes de trabajo en instituciones públicas, la existencia de representaciones diplomáticas y el efecto multiplicador de ambas— llegarían a todos los departamentos del país, sin excepción, creando una situación de equilibrio político y económico difícil de refutar.
Una vez resuelto este tema, quizá podríamos empezar a pensar en cosas serias, como por ejemplo el hecho de que se está creando una torre de Babel en competencias departamentales, provinciales, municipales y ahora indígenas. O el hecho que hasta ahora el Gobierno del presidente Morales ha sido incapaz de generar nuevos trabajos, amén de estar bañado en plata propia y venezolana.
*Antonio Bojanic es economista.
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