Insisto en hablar sobre economía, pero la realidad tozuda de la política no me deja. Quisiera seguir discutiendo sobre cómo controlar la inflación, pero sobre todo cómo de una vez por todas comenzar la revolución de la producción y empleo, sin embargo la baja política de los pugilatos y los mutuos bloqueos no me dejan. Desearía analizar las formas de aprovechar el espectacular contexto de la economía internacional que estamos disfrutando, pero los neandertales de la política no me lo permiten. Siguen en la cancha, los guerreros de aracas que viven de las champa guerras, que siempre juegan con las consignas y se alimentan de la confrontación. Así que volvamos a la cantaleta de la crisis.
Mahatma Gandhi decía: “Si quisiéramos progresar, no debemos repetir la historia, sino hacer una historia nueva”. Cito a ese gran pacifista por razones obvias. Hace más de dos años, cuando todo parecía que nos llevaba a un enfrentamiento, los bolivianos junto a nuestros políticos decidimos dar un ejemplo al mundo y llamar a una Asamblea Constituyente. Los problemas de la democracia se los resuelve con más democracia, gritamos con convicción profunda a los cuatro vientos.
Así en julio del 2006, millones de manos y voluntades edificamos el templo de la política, la máxima manifestación de la voluntad popular, la casa del soberano, la Asamblea Constituyente. Este espacio político viajó, por nuestra voluntad, a Sucre, y en su seno debería reinar de manera absoluta la más noble de las actividades: la política, pero con letras gigantes; el arte del encuentro, la ingeniería del pacto, la construcción colectiva de la esperanza. En este templo se veneraría a la deliberación libre de ideas y confrontación noble de proyectos de sociedad, deberíamos ejercitar hasta el paroxismo el poder de la palabra, el verbo, el convencimiento y la seducción del debate. Pero ahora eso, al parecer, era un espejismo. La historia se repite. ¿Triunfaron los guerreros?
La Asamblea Constituyente era el antídoto democrático que habíamos encontrado para conjurar a los jinetes de la violencia y satanases del enfrentamiento. Habíamos conseguido exiliar, con base ráfagas de esperanza, a las balas, que esperaban desesperadas en los cañones de la intolerancia, para imponer su dictadura de sectarismo y sangre. A través de un acto colectivo exorcizábamos la guerra y nos proporcionamos la oportunidad para refundar la nación, para reinventar un nuevo pacto social. La Asamblea debería ser un acto de magia social y política y no un mero ejercicio de aritmética o cálculo político, mayoría absoluta o dos tercios. Como mucha gente, me ilusioné con la posibilidad de que la nueva Constitución sería un vigoroso edificio institucional y legal que garantice nuestras libertades y promueva la justicia, igualdad y solidaridad. Obviamente, no creo que una nueva Constitución haga milagros económicos o sociales, pero podía ser el alma institucional que nos permitiría cambiar los chips de la pobreza por los de la producción, prosperidad y solidaridad social. En términos tecnológicos estábamos por construir el hardware legal donde varios software políticos podrían correr y aumentar el stock de felicidad colectiva. Ahora, todo esto está por tirarse por la borda. ¿Vencieron los guerreros?
Joan Prats en un reciente artículo comenta: “En 1938, en plena guerra civil española, Georges Orwell escribió una pieza maestra del anarquismo romántico, Homenaje a Catalunya. Pasado el tiempo, su relato se ve tan emotivo y sentido como profundamente errado. Los aparentemente buenos no lo eran tanto, sus utopías resultaron quimeras, los malos eran mucho peores de lo imaginado, y los que mantenían posiciones sensatas fueron desoídos por unos y otros.
Resultado, una guerra civil desgraciada en la que se fusiló más de lo que se mató en el frente, 40 años de franquismo, mucho sufrimiento, dolor, atraso y tristeza, y desenganche de España del proceso europeo al que no se pudo volver sino en 1986, medio siglo más tarde del inicio de la guerra civil”. Bolivia está frente al desafío de aprender de la historia de otros países, como España. Debe elegir entre resolver sus problemas (pobreza, desigualdad o falta de producción) antes o después de los 2.000 muertos, porque estos desafíos serán los mismos. Países pobres como Bolivia nunca resolvieron sus problemas a través de enfrentamiento. Veámonos el espejo de Nicaragua o Guatemala.
Alguna vez oí la siguiente historia: Al principio de la humanidad Dios creó a los seres humanos dotados de una enorme sabiduría y sensatez. Al poco tiempo se dio cuenta de que los hombres y las mujeres no sabían administrar estas cualidades y decidió ocultarlas. Pensó colocarlas en el fondo de la tierra, en los planetas más distantes del universo, en las regiones más alejadas del mundo. Ninguno era un escondite confiable, hasta que descubrió que el lugar más difícil de llegar sería el propio ser humano. Así que ocultó la sabiduría y la sensatez en el fondo del alma humana.
Corresponde ahora a nuestros líderes recuperar cada una de estas virtudes que están dentro de ellos, y así retirar a los guerreros de la cancha y salvar la democracia propiciando un gran pacto nacional entre todas las fuerzas vivas en disputa.
*Gonzalo Chávez es economista.
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