He ido retrasando hasta el último minuto escribir esta columna, en la esperanza frustrada de noticias frescas más halagüeñas sobre Sucre y la Constituyente, nuevo epicentro de nuestros terremotos políticos. Lo más tranquilo ahora son las calles de La Paz, sin marchas ni bloqueos, aunque sí trepidó el ring de Diputados. Si la antorcha pasa a Sucre, ciertamente se le acabará su paradisíaca placidez.
Tras lo episódico, hay que separar la paja del grano en la pugna por la capitalidad, repasando la historia, los intereses sectoriales, la caja de resonancia emotiva y la necesidad de un nuevo país.
Situaciones históricas resueltas por la violencia dejan heridas mal cicatrizadas que siguen hirviendo de vez en cuando. En este caso, es cierto que el cambio de capital en 1899 fue con una guerra por intereses sectoriales contrapuestos; no del país sino entre dos oligarquías: la emergente del estaño y la caduca de la plata —“La Plata” era el nombre colonial de Sucre— añadiendo cada una su propio condimento partidario liberal o conservador. Es pues natural que siga abierta la herida y frustración en los sucrenses derrotados por la fuerza. Como la tiene Bolivia ante Chile, desde la derrota de 1879. Y, más en la raíz, nuestros pueblos originarios frente a la Colonia que se les impuso también con violencia; y siglos después, por la forma que se constituyó Bolivia, sin ellos, cabalmente en Sucre en 1825.
El pasado nunca se repite tal cual, pero la historia sí es maestra de la vida para el futuro. Aprendamos sus lecciones. Intereses oligárquicos fueron los que motivaron aquella guerra, disfrazada de “federal”, aunque el vencedor archivó aquella bandera tan pronto logró el poder hegemónico que apetecía. ¿Tropezaremos de nuevo en la misma piedra? Logrado el objetivo real, ¿se archivará la bandera de “capitalidad”? ¿O más adelante, la de “autonomías”? Desde un principio ha sido patente que ese torbellino de la capitalidad ha sido removido y magnificado ahora porque tras él se arremolinan también intereses no tan santos de oligarquías que no quieren perder los privilegios de su statu quo sino consolidarlos. ¿Por qué el campesinado organizado de Chuquisaca no se pliega espontáneamente a ese movimiento de Sucre?
Y, por el camino, se empieza a estimular también pasiones atávicas. En la Colonia y la primera República no sólo Sucre —la “Ciudad Blanca”, en más de un sentido— sino también La Paz o Santa Cruz eran castillos con fosos excluyentes que, según la coyuntura, segregaban o temían por mala conciencia a la “indiada” del contorno, salvo los pongos y domésticos a los que sí necesitaban. Y esa textura racial subyacente vuelve a levantar cabeza de vez en cuando ¿A dónde podemos llegar por esa vía? Y más si se recibe el apoyo y asesoramiento no solicitado de juventudes cruceñas.
La diferencia es que ahora está también de por medio todo un movimiento social popular que impulsó los cambios ocurridos desde fines del 2005 y la demanda por la Asamblea Constituyente, instalada cabalmente en Sucre. Su inauguración en agosto del 2006 estuvo cargada de signos de ese sueño de un nuevo país inclusivo, como aquel colorido desfile inaugural de pueblos originarios.
No hay que ignorar tampoco los errores no pequeños que desde entonces ha habido también desde la Asamblea y el oficialismo en sus mecanismos, artimañas que por supuesto persisten también en la oposición y en el manejo versátil e interesado del concepto “democracia”. Pero más allá de intereses y pasiones unos y otros debemos mirar por el país, el nuevo país cuya asignatura pendiente más antigua sigue siendo la inclusión de los excluidos de siempre, pueblos originarios y pobres.
¿Qué estará más fuerte por debajo de ese torbellino por la capitalidad? ¿El análisis frío y ponderado sobre ésta o el deseo de que un asunto mucho más “capital” y central, que es la deliberación y
propuesta de la Asamblea Constituyente, siga postergándose y finalmente descanse en paz? La paz de un cementerio de sueños sepultados por intereses mezquinos.
*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita. Trabaja en CIPCA.
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