El edificio del Banco Central de Bolivia tiene una historia de empeño e ironía. Raúl Tapia Bascopé la recoge en un libro editado por el BCB para celebrar su 79 aniversario.
Texto: Mabel Franco O. • Fotos: Banco Central de Bolivia
El auditorio debía ser grande, imponente. Debía cobijar y dejar sin aliento a los gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo. El presidente de facto Hugo Banzer estaba decidido a hacer de La Paz, Bolivia, la sede de la 16 asamblea en mayo de 1975.
Era 1973. Semejante espacio no existía. El Banco Central de Bolivia, pese a habitar un edificio de estilo renacentista, diseñado por Emilio Villanueva, no parecía suficiente. Había que construir uno nuevo.
Los ojos de los ejecutivos de la entidad y los de Banzer se posaron en la esquina de enfrente. Entre las calles Mercado y Ayacucho se erigían estructuras antiguas, con balcones en diálogo con el entorno. Pero eran eso: antiguas. Así que el Gobierno expropió la casa de la Corporación Boliviana de Fomento y la del Crédito Hipotecario.
El 23 de abril del 73 salió en la prensa la convocatoria para el concurso de anteproyectos del edificio. Tal era la prisa —antes el gobierno intentó invitar directamente a una constructora, pero chocó con la oposición del Colegio de Arquitectos— que en tres días debían estar listas las carpetas de antecedentes. Los profesionales cumplieron y en mayo ya estaban los anteproyectos.
Los arquitectos diseñaron obras modernas, muchos tratando de no entorpecer el paisaje del casco antiguo. La Comisión Técnica dio el primer lugar a la propuesta de Juan Antonio de la Quintana, Alfonso Villegas y Mario Rivero. Un edificio no muy alto, con un juego de cajones sobresalientes. Ahí pudo pintarse un rostro distinto para la esquina paceña. Pero, como muestra el arquitecto Raúl Tapia Bascopé, autor de Concreto e Historia-Banco Central de Bolivia, el destino era otro.
El auditorio, argumentó el Tribunal Calificador, no estaba a la altura de la idea que movió todo. Así que se optó por declarar ‘desierto’ el concurso y los antes ganadores quedaron en segundo lugar. Hubo protestas, tensión y Hugo Banzer, que hasta entonces observaba de lejos, se pronunció molesto ante las autoridades del BCB. La añorada cita del 75 les pisaba los talones.
La Comisión Técnica acelera sus acciones, y un diseño esquemático, cuya autora es la arquitecta Martha Torres, perfila la estructura de 27 pisos sobre 1.722,16 metros cuadrados. ¿Quién va a diseñar en detalle esta idea? La búsqueda de empresas es internacional. La Embajada de Estados Unidos coopera y, así, firmas de ese país dan su respuesta. Se elige a Metcalf & Associates, de William H. Metcalf Jr., y a la boliviana Consultora de Arquitectura y Construcciones Civiles de Carlos Ormachea. Siguiente pregunta: ¿Cuándo se acabará el edificio? La respuesta es terrible: no para la asamblea, que terminará celebrándose en Santo Domingo.
En junio de 1974 está listo el anteproyecto: cemento y acero, 85 metros de alto, 32 niveles y tres áreas: torre de oficinas, zócalo y subsuelos. Pero la asamblea —no importa, para 1976— pesará aún y obligará a quitar las columnas originales del proyecto (restaban espacio para el auditorio).
El cuarto mes de 1975, la Alcaldía aprobó la construcción de la “mole de cemento con una altura de 106,35 metros, 21 más que los autorizados en abril de 1974”, escribe Tapia en el documento de lujo —por edición, fotografías y detalle— que el BCB financió para contar parte de su historia.
Manos a la obra
La meta de 1976 quedó descartada. Pero, como la esperanza no muere fácil, al momento de adjudicar la obra se especificó: “El contratista se obliga a la habilitación temporal, hasta febrero de 1977, de planta baja, auditorio, galería, recepción, oficinas de delegados, ascensores para uso del auditorio e instalaciones complementarias, plenamente concluidos para su utilización, motivo de la Reunión Anual de la Asamblea de Gobernadores del BID, a realizarse en Bolivia el año 1977”.
El 1 de julio de 1976 se coloca la piedra fundamental. Manuel Mercado, presidente del BCB, augura que el edificio será “un símbolo de la actual pujanza económica y social que existe en Bolivia”.
La constructora Bartos inicia las excavaciones que para septiembre han dejado un gran hoyo donde, señala Tapia frente a las fotos, las máquinas parecen hormigas. La ch\'alla, con sullu incluido —y el mito del entierro de un indigente para la Pachamama—, reunió a ejecutivos de la entidad y a constructores.
El gigante daba pistas, en mayo de 1977, de lo que sería. Pero ni en sueños estaba en condiciones de recibir a la 18 asamblea del BID que se decantó por Guatemala.
El edificio crecía pero la reunión internacional parecía que no iba a aterrizar jamás. Así pasó la 19, pero en la 20, y en vista de que los niveles inferiores lucían su acabado, Bolivia se ofreció una vez más como sede. La 21 sería la vencida.
A fines de 1979, el coloso estaba completo por fuera. “La fuerza de su presencia —afirma Tapia— generó admiración en los habitantes de La Paz y controversia entre los arquitectos urbanistas, sector profesional en el que surgieron observaciones y cuestionamientos al carácter de la obra y a su estructura que, decían algunos, quebraba radical y desfavorablemente la imagen del corazón histórico paceño”.
Por lo demás, restaba el equipamiento, así que los señores del BID se desviaron a Río de Janeiro. Para entonces, Banzer se había ido y había llegado la dictadura de García Meza quien, en agosto de 1981, inauguró la obra incompleta que, en definitiva, fue recibida en octubre.
Las primeras palabras que inspiró el edificio no fueron elogiosas. Se hizo notar su enorme parecido con el Federal Reserve Bank of Boston. Tapia comenta que suele pasar que un estilo se impone en cierta época, lo que no necesariamente es copiar.
Tampoco se le perdonó el haber roto el paisaje. Teresa Mesa escribió que la plaza Murillo con vista de la Catedral estaba “totalmente arruinada” (1998). En el libro Cimientos de La Paz (1995) se le criticó el afán de competir con el Illimani y se citó a “un vecino del barrio, que prefiere tomarse la vida con humor”, para quien “el edificio ofrece una ventaja: la mejor vista de la ciudad antigua, pues es el único sitio desde donde no se lo ve”.
Que abrió una herida, es evidente, se concluye en Concreto e Historia. “Sólo una nueva evaluación a cargo de los especialistas, décadas después de su aparición, podrá determinar si la herida sanó y se transformó en un cuerpo asimilado por su contexto” o si “todavía es una cicatriz que, imborrable, laceró definitivamente su entorno”.