La jardinería y la ornamentación son las debilidades de José Claros Ramírez, ingeniero agrónomo que regala verdaderos vergeles sobre los 3.600 metros sobre el nivel del mar, una pasión por lo verde.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Nicolás Quinteros
Aquello de que en La Paz no crece nada es puro mito. A esa conclusión llegó José Claros Ramírez, y para comprobarlo, basta poner los ojos en un escudo boliviano formado con lechuguines, rosas verdes, platanitos, orejas de ratón y pasto bicolor que se hallan en el nuevo Jardín Botánico.
Claros Ramírez creció entre plantas, flores y rosas en su natal Cochabamba, donde trabajaba junto a su padre en el huerto de la familia. Hoy, el ingeniero de 49 años no ha perdido la vocación y es el Gerente General de la Empresa Municipal de Áreas Verdes (Emaverde). El agrónomo ya revitalizó Cochabamba con la jardinería y desde el año 2000 se dedica a darle pinceladas vegetales a La Paz. Llegó después de recibir una invitación del alcalde Juan del Granado y logró algo que parecía una misión imposible: crear verdaderos jardines sobre los 3.600 metros sobre el nivel del mar.
Apasionado por el reino vegetal, al valluno no le interesó sufrir un sinfín de picaduras de insectos, arañas, abejas y otros bichos, todo por traer una planta más al Jardín Botánico que ahora luce reluciente y mucho más completo con sus dos viveros que reúnen palmeras, bromalias, cactus y otros.
“Una vez tuve que trepar 300 metros para sacar una pequeña palmera que colgaba de una pendiente y en otra ocasión tardamos seis horas para obtener otro ejemplar pero, en menos de un minuto, todo el trabajo se vino abajo por el exceso de peso de tierra, de más o menos unos 18 quintales”.
El ingeniero tiene el tiempo medido, camina apurado, pero cuando se trata de hablar de plantas, se detiene un momento y toda la pasión por las flores fluye a borbotones. “Las plantitas son pequeños seres vivos que debemos cuidar todos, son pequeños pulmoncitos. Afortunadamente ahora parece que hay una especie de fiebre de jardines, eso me alegra”.
Eso sí, admite con un dejo de tristeza y pena, que tuvo que renunciar a varias cosas amadas, entre ellas la familia, tras la decisión de venir a vivir a la sede de gobierno. Vive “de y para las plantas”, por eso, a pocos les extraña ver a una hedera o trepadora colgada justamente sobre su cabeza en la mesa de su oficina, que además tiene begonias y otras plantas.
Continúa la visita a los dos viveros del Botánico y Claros Ramírez muestra su lado más sensible por las plantas. No tiene reparos en reclamar con energía a sus trabajadores y pedirles que se abran las ventanas, “porque de lo contrario se van a morir asfixiadas”.
Sigue caminando y se entristece al ver un pino muerto. “No se pudo hacer nada, fue muerte natural”, exclama. Ese ejemplar fue descuidado en otras gestiones del Botánico. Hoy, con una inversión de cerca de un millón de bolivianos, el jardín ha renacido.
Precisamente los escudos de Bolivia y La Paz lucen ahora en el sector inferior del Botánico y ante la llegada del mes del amor, septiembre, uno de sus proyectos es diseñar “corazones, cupidos, muchos corazones… para los jóvenes. Eso me gustaría hacer, estamos ajustando todo para diseñarlos”.
No sólo eso. Niños y niñas que acuden al Jardín Botánico, donde existen 78 especies, esperan que él pueda darles una clase sobre la importancia de las plantas así sea por unos minutos. Con la misma delicadeza con la que siembra o riega un plantín en los viveros, Claros Ramírez da una clase magistral a su pequeño público.
Guerrero de mil batallas
No siempre todo fue color de rosas. Hubo un tiempo en el que Claros Ramírez libró una batalla particular: quién saca más y quién planta más. Desaparecían mil y hasta dos mil plantas que habían sido colocadas unos días antes, pero aquello no lo desmoralizó.
“La otra vez, una de mis trabajadoras fue agredida por una persona cuando se le pidió que no arrancara una planta. Mi obrera sufrió un puñetazo en la cara. Eso tenemos que soportar, pero nada nos detiene, seguimos”.
A quienes hay que combatir son a las marchas y las entradas folklóricas, que son los principales enemigos de las áreas verdes, aunque admite que nada puede hacer ante ello, “lo único que pido es respeto y cuidado con mis plantitas”.
Una batalla perdida fue la nevada que cayó en julio y que quemó a gran parte de las especies. No obstante, los dos viveros con que actualmente cuenta Emaverde en Aranjuez y Sopocachi permitieron realizar un cambio inmediato. “Siempre estamos listos. Afortunadamente, al año podemos producir cerca de dos millones y medio de plantines para enfrentar estas contingencias. Estamos siempre muy bien aprovisionados”.
Contra la helada, la estrategia es cambiar las plantas y colocar una especie de manta especial para protegerlas del frío. Todo está calculado en el equipo de 650 obreros que maneja el agrónomo.
Hay que sembrar cariño
En el techo del mundo, plantas como los pensamientos, las ajugas, el botón soltero, el bocaisapo y el lechuguín pueden crecer, pese a las bajas temperaturas bajas.
Las plantas y las semillas no caen del cielo, por eso el ingeniero debe viajar constantemente al resto del país para traer nuevos ejemplares para nutrir los viveros.
Horas, días, semanas y meses dura el proceso de la jardinería y la ornamentación, pero todo funciona con la precisión de un reloj suizo. Desde conseguir la semilla, el preparar el suelo, la germinación y el traslado de las plantitas pueden pasar tres hasta cuatro meses, y hasta un año en algunos casos.
“Cuando ya están listas, recién pueden salir a los parques, plazas, avenidas y las áreas verdes”.
Antes que recibir una distinción prefiere descansar para recuperar energías. Ahora mismo pretende viajar al Chaco para traer algunas especies nuevas y seguir nutriendo las 1,6 hectáreas que el Botánico tiene de superficie. “Aún hay mucho por hacer. La intención es que este jardín sea uno de los más completos del país”, plantea el hombre que a su retorno a Cochabamba realizará otro de sus sueños: construir un huerto para las personas de la tercera edad.
Perfil
José Claros Ramírez nació el 22 de enero de 1958 en Cochabamba. Es ingeniero agrónomo. Tiene tres hijos: Tomás, José Ignacio e Isabel. Es considerado un verdadero artista de la ornamentación en el país. Cochabamba, Sucre y La Paz disfrutan de su labor en parques, plazas, paseos y otras áreas verdes. “Recuerdo todavía cuando me dijeron que había que pagar una cuenta de 180 mil bolivianos por la compra de plantas para la avenida Costanera, yo dije: ‘Alcalde, déme 40 mil y yo le produzco para toda la ciudad un millón de plantas\'”, recuerda.