Desde la fundación de la República hasta el presente el mal crónico del país que ha impedido su desarrollo y bienestar, económico y social, es el caudillismo. Las instituciones son necesarias porque los hombres, a diferencia de Dios, no son eternos ni infalibles. El caudillo desprecia las instituciones porque se considera eterno e infalible. Por esta razón afirma su verdad y su causa revolucionaria como la única verdad y causa revolucionaria en la sociedad y el Estado y persigue con una desesperada ansiedad incontenible la perpetuación en el poder.
Al final de esta historia de presidentes - caudillos, con pocas excepciones, el resultado como sociedad es el mismo, en un círculo vicioso recurrente: la idolatría a la persona, la identificación absoluta de nuestra identidad y valores como individuos y sociedad con la identidad y valores del falso mesías, la confusión de la causa de todos y para todos con los caprichos, ideologías y visiones del caudillo. En este escenario las instituciones no tienen un valor intrínseco, son instrumentos prescindibles y manipulables al servicio del interés y del afán desmedido de poder del gobernante de turno. Todo vale y es legítimo cuando se trata de conseguir el único fin que realmente importa: tenerlo de por vida sentado en la silla presidencial.
En este escenario, los corifeos del caudillo como no pueden tener vida política propia independiente de su líder y menos entrar en competencia con él —sería el mayor sacrilegio intentado— y como todo lo que son y lo que valen en política se lo deben a su persona, pretenden introducir en la nueva Constitución la reelección indefinida, abriendo una puerta directa al poder hegemónico, absoluto y total. No se dan cuenta al hacerlo que están contribuyendo a mantener el cáncer que ha lacerado la única posibilidad de desarrollo y crecimiento auténtico en el país, al impedir el establecimiento de una verdadera y estable institucionalidad.
Institucionalidad que se expresa en instituciones que están más allá de un proyecto personal o sectorial de poder y que cumplen sus fines para toda la República, independientemente y a pesar de las personas que se encuentran circunstancialmente en el poder. Justicia, Fuerzas Armadas, Policía, Congreso Nacional,
Poder Ejecutivo, prefecturas, municipios, Contraloría y tantas otras más no son instituciones al servicio de una persona o causa revolucionaria por más importantes que sean, son instituciones al servicio de todo el país. De su fortaleza democrática depende el verdadero desarrollo de los pueblos.
La mejor receta para esto consiste en que un ciudadano como máximo pueda ser Presidente de la República dos veces, continuas o discontinuas, después de ello abandono obligatorio de la política, dedicarse a sus actividades privadas o al cuidado de sus nietos, régimen extendido a presidentes de organizaciones políticas, sociales, económicas, empresariales, deportivas y culturales. El dilema social: institucionalidad o caudillismo.
*Carlos Alarcón es abogado constitucionalista.
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