Puedo entender que la oposición no haya querido nunca la Asamblea Constituyente (AC) y que haya tratado de paralizarla, hacerla retroceder y combatirla de distintos modos. Pero no puedo entender que sea el Movimiento al Socialismo (MAS) quien le dé el golpe de gracia, luego de haberle dado varios besos de la muerte a lo largo del año transcurrido desde su instalación. ¿Qué hay detrás de esta repentina indiferencia masista hacia uno de sus caballos de combate? ¿Se trata en verdad de una estrategia de copamiento de poder o es nomás una sucesión de chambonadas políticas?
El MAS asumió la demanda de realizar una AC. Mucha gente dice que fue un poncho que se puso a la fuerza, por conveniencia, ya que así se aseguraba la adhesión de los pueblos indígenas de tierras bajas que tempranamente la habían propuesto. Sin embargo, y sin importar los motivos, incorporó la demanda y a muy poco tiempo de haber asumido el gobierno la hizo posible a través de una negociación en el Congreso que dirigió el propio Vicepresidente de la República. El resultado de esa gestión fue la Ley Especial de Convocatoria a la Asamblea Constituyente (LECAC), un instrumento jurídico y político de acuerdo sobre las bases con que debía funcionar la AC. Pero, después de ese momento que hizo alentar esperanzas ciudadanas en que se daba inicio a un tiempo de política transparente y positiva, comenzó una agonía casi diaria de confrontación irresuelta.
Es por esos antecedentes que el MAS tiene, más que nadie, responsabilidad sobre la conducción, continuidad y resultados de la AC. Y es precisamente por esa razón que resulta incomprensible su actitud errática, veamos algunos ejemplos.
El MAS incluyó la AC en su oferta electoral y en sus discursos programáticos de inicio de gestión y pactó con la oposición en el Congreso para hacerla posible. Pero, en cuanto la AC se instaló desacató la norma que había suscrito imponiendo que el texto constitucional se apruebe por mayoría absoluta y no por dos tercios como la LECAC establecía.
El MAS contribuyó al discurso de búsqueda de inclusión y justicia que pretende la AC, le puso cara india, voces de mujeres, ecos en los municipios más alejados y la riqueza de nuestra diversidad. Sin embargo, desconoce que Bolivia no es sólo india y que el anhelo de la población no es la homogeneidad sino, precisamente, la convivencia intercultural.
El MAS apostó públicamente a que la nueva Constitución expresara los cambios estructurales que su proyecto propone, pero mantuvo a sus asambleístas, que son mayoría, sin conducción política estable, sin operadores respetuosos y eficaces, sin asesoría transparente (que es absolutamente necesaria y legítima).
El MAS quiso que la AC fuera eficiente y expedita, pero está maltratando a sus aliados, desoyendo las voces de crítica constructiva y optando por una confrontación verbal permanente que incendia el clima político y dificulta los avances sostenidos.
Si el MAS quiere seguir conduciendo el proceso de cambio montado sobre cuatro caballos: el Gobierno, la AC, las organizaciones movilizadas y los pactos políticos, tiene que ser efectivo, oportuno y transparente. De lo contrario, esos mismos caballos lo van a descuartizar… Y ya que no oye a las fuerzas terrenas, ojalá escuche al espíritu de Túpac Katari, y evite un desenlace trágico.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
6 contra 3
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