Recientemente publiqué en La Razón un artículo bajo el título de “Responsabilidad parcial en el control de la inflación”, en el que señalaba las limitaciones que tienen las medidas antiinflacionarias que puede tomar el Banco Central e indicaba otras políticas económicas que se requieren para controlar la inflación, entre ellas, las de política fiscal a las que me referiré a continuación. La política fiscal tiene dos importantísimos componentes: la política de gastos y la política tributaria. Estos dos instrumentos son mucho más efectivos para esterilizar los excesos de liquidez en la economía que los que puede utilizar el Banco Central. Los egresos del sector público deben restringirse a lo estrictamente necesario evitando gastos dispendiosos que pueden tener rédito político pero efectos negativos en la coyuntura actual de la economía (bono Juancito Pinto, cheques fuera de presupuesto a algunos municipios, cheques, aparentemente también, al margen del presupuesto a las Fuerzas Armadas, paradas militares costosas, incrementos salariales a algunos sectores por encima de los índices inflacionarios, etc.). Debido a que los gobiernos departamentales y municipales cuentan ahora con importantes recursos públicos, deben también someterse a las políticas restrictivas de gasto del sector público. Nótese que hablo de restricciones en el gasto y no en las inversiones debido a que estas últimas, por lo general, tienen un elevado componente importado cuyo costo sale al exterior y no incrementa la liquidez interna.
En cuanto a la política tributaria, es el momento de revisar la aplicación incorrecta de los regímenes simplificados dentro de los cuales se ha escudado un número considerable de malos ciudadanos con el consentimiento, por razones políticas, de los gobiernos y de las administraciones tributarias de turno. No se requiere una ley para estos ajustes, basta un decreto supremo y una firme decisión política. Son ingentes recursos públicos que están quedando en manos privadas corruptas.
Otro aspecto importante, que menciono dentro de la política tributaria, es el de los subsidios a los hidrocarburos, porque éstos no son otra cosa que impuestos negativos. El costo es demasiado alto y están beneficiando a los países vecinos y distorsionando nuestra economía. No parece posible eliminar estos subsidios en forma inmediata, pero debemos definir una política que vaya reduciéndolos paulatinamente.
La reducción de gastos y el incremento de los ingresos, como instrumentos importantes para el control de la inflación, deben dar como resultado un superávit fiscal o, por lo menos, una acumulación temporal de caja.
A un enfermo se le aplican medicinas para impedir que el mal avance y cuando muestra mejoría y se sana, se reduce la dosis o retiran los medicamentos para que el tratamiento no resulte peor que la enfermedad. Lo mismo debe hacerse con la economía.
El reciente brote inflacionario ha causado pánico porque todavía tenemos presente el flagelo de la inflación de mediados de los años 80. Es conveniente recordar que las circunstancias de hoy son muy diferentes a las de entonces. Mencionaré sólo algunos indicadores importantes: La presión tributaria en 1985 era del 1% del PIB, hoy está en alrededor del 24%; el déficit fiscal era del 26,5 del PIB en 1984, del 10,8 en 1985 y del 3,3 en 1986; en los últimos años el déficit del 2004 fue de 5,5%, el 2005 fue del 2,3% y el 2006 tuvimos un superávit del 5,9%. Nuestras exportaciones se derrumbaron en 1986 por la caída estrepitosa del precio del estaño, habiendo llegado solamente a cerca de 600 millones de dólares; hoy día hay mayor diversificación en nuestros productos de exportación y los precios internacionales han subido muchísimo dando como resultado exportaciones de alrededor de 4.000 millones de dólares anuales. En 1986 el total de depósitos en el sistema financiero había caído a cerca de 50 millones de dólares; hoy estamos en alrededor de 4.000 millones de dólares. Las reservas internacionales del Banco Central eran inexistentes y hoy día están, también, en alrededor de 4.000 millones de dólares.
Si bien las circunstancias de hoy y las causas del brote inflacionario actual son muy diferentes a las de mediados del 80, la economía exige un seguimiento cercano y la toma de medidas correctivas a tiempo. Sería impensable que con la favorable coyuntura actual y teniendo a nuestro alcance instrumentos de políticas monetaria y fiscal, acompañadas de sanas políticas de atracción de inversiones, podamos caer en una espiral inflacionaria incontrolada.
*Ramiro Cabezas M. fue ministro de Recaudaciones Tributarias y ministro de Finanzas.
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6 contra 3
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