Cuando era un adolescente soñador del “yo quiero mi país para los míos, quiero la luz igual sobre la cabellera de mi patria encendida, quiero el amor del día y del arado”, del Canto General de Pablo Neruda, una noche en que volvía a casa luego de una cita donde la sensualidad era aún inocente de besos a la francesa, tropecé con una pareja de cholos borrachos: el macho encima de su hembra quejumbrosa le daba con todo. No le hacía el amor, ni era un precursor del sexo sadomasoquista en una pacata Kanata. Le daba una paliza de padre y señor mío. Quijotesco, así del cuello al agresor y lo tiré a un lado, cuando sentí un pedregón herirme la espalda. Era la vapuleada, gritando que, en su cultura (o incultura), si su cholo la aporreaba era porque la quería.
Quisiera pensar que las agresiones en el Congreso eran un \'porque me quiere me aporrea\' de la democracia representativa herida por los propósitos totalitaristas del Gobierno. Mirando la filmación de la gresca en la Cámara Sórdida, como debiera llamarse, no me sustraje al artero que se subió a un escritorio y a mansalva pateó la cara de un inadvertido adversario; al torvo que correspondió con seguidilla de izquierdas a las manos que le aplacaban; al avieso de golpes por la espalda a otro que se retiraba del hemiciclo.
El ambiente está tan caldeado en el país, que el otro día escuché otra vez esa verdad de Perogrullo, por lo repetida, de que los bolivianos gustamos de transitar al borde del abismo, pero que a la hora de la verdad retrocedemos y nos alejamos del desastre. Sin embargo, el organismo de la patria es el que paga la factura. Su perenne estado de anomia social es como una gripe mal curada, que tiene al país en constante sinusitis, dolor de cabeza, explosivos estornudos, narices moqueando y bronquios esputando. No soy galeno para deducirlo, pero las defensas orgánicas de una mal nutrida Bolivia son escasas. Si no fuera por la caridad ajena, traducida en paliativos y transfusiones, hace rato que el paciente hubiese cebado alguna insuficiencia mortal, para solaz de quienes presagian su inviabilidad.
Más que inocente juego de niños de quien orina más lejos, la situación actual recuerda al desafío adolescente del film Rebelde sin causa. Encendían, aceleraban y tiraban al precipicio dos buenos coches, y la pulseta se ganaba saltando a tiempo lo más cerca del abismo. Se convirtió en tragedia cuando el rival de James Dean engarzó la manga de su chamarra en el agarrador de la puerta. No soy agorero en especular si algún percance esta vez encenderá el fuego de una conflagración entre bolivianos. Tampoco soy de los optimistas que esperan el milagro de la transformación de Evo Morales en mandatario para todos. Para colmo de males, mi escepticismo es acompañado por el dolor de una Bolivia en la zaga de indicadores de América del Sur. Es una patria que duele en sus mendigos indígenas, niños y ancianos en esquinas y caminos; en parturientas muertas antes de los treinta; en colas de emigrantes a otras patrias a buscar trabajo.
Las imágenes de la gresca en el Congreso y la ansiedad de un paro cívico en dos tercios del país, me hicieron añorar a Sarmiento, estadista del acople del \'educar\' al \'gobernar es poblar\' de Alberdi en Argentina. Semillas que en el suelo fértil de su desarrollo en el siglo 19, la convirtieron en educada nación en selecto club de 10 economías más avanzadas en el siglo 20. Hasta que sobrevino la barbarie contrapuesta a la civilización de las que hacía nota Sarmiento, en su variante del populismo peronista, allá por la mitad postrera de la centuria pasada.
Cuando quede atrás la noche negra que se avecina, se debe recordar que es prioritaria y urgente la educación a rajatabla de nuestra gente. Como aquel que acertó en el \'de qué sirve tomar whisky en el monte\' hablando de un cocainero a salto de mata, yo me pregunto: ¿de qué sirve la alfabetización de los cubanos, si no existen incentivos a la lectura con libros baratos? Engañoso es un currículo que difumina resentimiento reivindicador de glorias que nunca fueron. Que tensiona con lloronas imputaciones de racismo a la mofa del idioma español corrompido de barbarismos. Que plantea exclusiones odiosas, como una justicia comunitaria que gambetea el principio universal de igualdad ante la ley. Son atributos ignaros disfrazados de reivindicación, que convertirían Bolivia en Afganistán de talibanes de nuevo cuño en Sudamérica.
Cuando quede atrás la noche negra que se avecina, más que el \'gobernar es poblar\' de Alberdi, será útil un \'gobernar es vertebrar\'. Con un plan de un lustro que pavimente los 16.000 km de la red fundamental del país, no con asfalto importado, sino con cemento boliviano. Dando empleo útil, no politiquero, a desocupados. Más aún, un \'gobernar es preservar\' será más acorde con la época. Que desenmascare el contrasentido de reverenciar a la Pachamama, mientras colonos “originarios” invaden las reservas forestales y los parques naturales: hoy termitas cocaleras y langostas colonizadoras apadrinan el deterioro del patrimonio ecológico en Bolivia.
Un Vicepresidente quizá malmirado tanto por su color de piel como por sus lecturas, trata de agradar con clisés condescendientes: “cuando se le quita algo a alguien, significa quitarle poder a alguien”. Quede claro que ese alguien se traduce en k\'aras o \'blancos\', en sectores urbanos, en clase media. En la pulseta de poder actual, quienes quitan algo son t\'aras o indios, sectores rurales, bandas aleccionadas ahora llamadas movimientos sociales. Se pierde el moderado medio en la pugna de poder entre endiosados (y amnésicos) populistas y demonizados neoliberales; entre autonomistas cansados del centralismo y autoritarios en la usanza estalinista, cuyos últimos estertores no ocurren en La Habana, sino en Caracas y La Paz.
Contra el miedo y la ira
Hasta hace poco de manera solapada y desde anteayer de forma explícita, el Gobierno ha optado por recurrir a la manipulación de la ciudadanía por la vía del miedo como expediente para desviar del escrutinio público el hecho palmario de su propia incapacidad para conducir el Estado.
Noriega no verá Panamá
Manuel Antonio Noriega, el ex dictador panameño, no podrá regresar —al menos, por bastante tiempo— a su país como era su deseo, y el de sus abogados,
¿Negociación política o confrontación suicida?
El despliegue en dramáticos episodios entre los años de 2000 a 2005 de una amplia y profunda crisis de Estado de antiguas raíces en nuestra historia republicana,