El libro de ¿Quién se ha llevado mi queso? cuesta como 20 dólares, tiene sólo 106 páginas (¡un negociazo!), y tarda 29 en entrar en materia. Alguien me regaló un libro titulado ¿Quién se ha llevado mi queso?; alguien me contó que era uno de los más vendidos en la actualidad, y alguien me recomendó que lo leyera. Era demasiadas coincidencias; así que dejé a un lado mis lecturas de Homero en griego, de Plauto en latín y de George W. Bush en volapük y me enfrasqué en la de ¿Quién se ha llevado mi queso?, sin siquiera reparar en su autor, en su editorial, ni en el tipo de queso.
Ojalá lo hubiera hecho. Una mirada a la tapa habría bastado para saber que quien suscribe el libro es un médico, Spencer Johnson, M.D. Razón suficiente para desconfiar. No digo que los médicos no puedan escribir libros interesantes, sino que los libros interesantes que escriben los médicos suelen ser doctos tratados sobre trastornos hepáticos, emisiones de progesterona, cirugía radical del colon, y cosas científicas de ese talante. Hay un pequeño número de médicos capaces de escribir libros interesantes no científicos —Rabelais, por ejemplo—, pero éstos nunca, jamás, agregan a su nombre la consabida sigla de prestigio: MD.
Yo habría sospechado, pues, que aquí había gato y queso encerrados si hubiera visto que el autor era un médico que se proclamaba como tal. Pero no quiero desviarme. El libro de ¿Quién se ha llevado mi queso? cuesta como 20 dólares, tiene sólo 106 páginas (¡un negociazo!), y tarda 29 en entrar en materia. Cuando lo hace, le cuenta a uno que había una vez en un país lejano “cuatro pequeños personajes que recorrían un laberinto buscando el queso que los alimentara y los hiciera sentirse felices”. Esos personajes eran dos ratones llamados Fisgón y Escurridizo, y “dos seres tan pequeños como los ratones, pero cuyo aspecto y forma de actuar se parecían mucho a las gentes de hoy en día. Se llaman Hem y Haw”.
En síntesis: dos ratas y dos liliputienses.
Con semejante elenco, el doctor Johnson se las ingenia para demorar 77 páginas contando que un día desapareció el queso que comían los cuatro personajes y los ratones salieron a buscar más queso, mientras que los homúnculos tardaron en hacerlo, y les fue muy mal. De allí deduce que no hay que lamentar los cambios sino acomodarse a ellos.
Tanto ratón, tanto queso, tanto
laberinto para semejante bobada. El doctor Johnson podría haberse ahorrado 105 de las 106 páginas del libro. Lo curioso es que éste es el tipo de literatura empresarial que de pronto causa furor en el medio administrativo y convierte a un doctor como el del cuento en gurú de las ciencias gerenciales y, por supuesto, en multimillonario.
Como Johnson hay varias docenas de sujetos que descubren una idea ya descubierta, la revisten con una fabulita acaramelada y precaria y la venden como libro capital para el progreso en la pirámide del mercadeo. Cosas como la necesidad de adaptarse al cambio (la había expuesto Darwin sin necesidad de queso), la diferencia entre ocuparse y preocuparse, la importancia de saber oír y otras perogrulladas.
Por eso estoy escribiendo un libro que se titulará ¿Quién se ha llevado mi gato? Trata de un cincuentón escéptico que vive con una gata y sabe del mundo gracias a las cosas que vivió y las que aprendió leyendo buena literatura; cada vez que le topaba tesis novedosas como la adaptación al cambio, ocuparse y preocuparse o saber oír, se ponía tenso, aguardaba a que asomara las orejas la fábula y, tan pronto reconocía el cuento, cerraba cuidadosamente el libro y lo tiraba a la basura.
Este cincuentón encuentra una vez la historia de los ratones y los quesos y, en vez de perder tiempo en que le repitan lo obvio, suelta su gata y la gata devora a los ratones, a los pigmeos y, de paso, el queso.
Esa gata es un animal noble, difícil, agresivo, escéptico y curtido que se llama impaciencia.
*Daniel Samper P. es periodista
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