Mi amigo Miguel Ángel Diez me pidió desde Buenos Aires un artículo extenso sobre Bolivia que debía ser escrito de tal manera que el lector pudiera tener un esquema que le sirva para entender este país por lo menos durante seis meses, de tal modo que los nuevos hechos que vayan surgiendo en ese tiempo los incluya en el esquema y siga entendiendo de qué se trata.
Yo le dije que era muy difícil proponerse semejante tarea en la realidad boliviana, pero él insistió. Le envié el artículo una semana antes de que se creara la Junta Democrática de Bolivia, renunciara el prefecto de Chuquisaca, los cocaleros decidieran tomar Sucre por la fuerza, el Gobierno decidiera renegar de la ayuda de Estados Unidos y se descubriera algo del enorme universo de las ONG en Bolivia. Tendré que pedirle disculpas a Miguel Ángel. Era imposible prever esos hechos.
Tengo la esperanza de que Miguel Ángel me comprenda. Hace 25 años, en Londres, la realidad nos había dado la anterior lección sobre lo difícil e impredecible que es Bolivia. Ambos trabajábamos para Latin American Newsletters. Alguien había observado que las noticias de Bolivia ocupaban demasiado espacio en la publicación semanal. Y había propuesto, para evitar el predominio de noticias bolivianas, que cada país de la región reciba en las páginas de la publicación un espacio proporcional al que tiene su economía en el PIB regional. Con ese criterio iba a resultar que las noticias de Bolivia ocuparían sólo dos líneas de la revista cada quince días.
Cuando me preguntaron qué opinaba del nuevo criterio, yo les dije, levantando los hombros, que hagan la prueba.
Fue inútil. Las noticias bolivianas se impusieron. Rompieron el esquema. Es que la importancia noticiosa boliviana no tiene nada que ver con el PIB.
Por aquellos días mi querido amigo Gonzalo López Muñoz reflejaba en su carta informativa IPE su angustia por el futuro de Bolivia, por las corrientes separatistas y por el caos de la UDP. Estábamos, decía, a punto de presenciar la destrucción de Bolivia. Más o menos como se siente ahora. Hace 25 años Bolivia se había salvado por milagro. Había llegado muy cerca del abismo. Como un malabarista al que le gusta mantener el suspenso del público. Un malabarista perverso, porque no te deja ni pestañar. Tienes que estar mirando, casi sin respirar, para no perderte detalles del espectáculo.
Miguel Ángel me hizo reír porque cuando se enteró que ahora vivo en Tarija, me dijo: “Ah, ¿vivís en la provincia que ustedes nos afanaron?”. Yo le dije que no fue un afano, que los tarijeños eligieron pertenecer a Bolivia. Los comprendo, le dije. Al fin y al cabo, tupiceños y tarijeños habíamos asistido al congreso de Tucumán en 1816, para la creación de las Provincias Unidas de Sud América, primer nombre de Argentina. Y tendremos siempre la duda de si, al final, elegimos bien o mal. Lo cierto es que aquí estamos, con la respiración contenida por el espectáculo. Por momentos nos ponemos azules. Pero seguimos.
Lo que me molesta es que yo no sabía que las ONG están en todas partes. Predominan en el Gobierno y en la oposición. ¿No será que el espectáculo es de títeres controlados por un titiritero perverso que los maneja desde muy lejos, y se divierte como loco?
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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