Existen muchas formas de mantener quieto a un país. La más conocida es la dictadura. No se discute, se obedece. Se cierra el Parlamento y se sustituye por el mando único. Se reprime al disidente. Se silencia la libre expresión. La policía política espía hasta la vida privada de los ciudadanos.
Sin embargo, hay otras formas más sutiles de obtener resultados parecidos, aunque no siempre con éxito permanente: pretender gobernar con torrentes de oratoria populista aunque con ineficiencia ejecutiva. Distraer al público de los problemas de fondo irresueltos con proyectos elefantiásicos pero sin la capacidad de llevarlos a efecto. Hay que magnificar promesas fulgurantes que devuelvan el optimismo a la gente que empezaba a desengañarse e inyectarle nuevas quimeras. Este método se alterna con el escándalo, la denuncia, la amenaza, el miedo, intimidando a la gente honrada para que se guarde sus protestas en el secreto de su alcoba. El sistema se pone en marcha cuando los “observatorios” políticos perciben que la gente empieza a mostrar su desencanto frente a los gobernantes en los que, sólo hace unos meses, habían puesto su confianza. Entonces hay que proponer milagros como los de acabar con la pobreza, los aumentos de sueldos y de empleos, se enriquecerá a YPFB con ventajosos negocios petroleros, al Estado ingresará millones explotando el hierro del Mutún, aunque no esté claro el negocio ni haya dinero para sueldos de sus empleados. Se llevarán a cabo espectaculares obras públicas, termoeléctricas; mejorará la educación y la salud; se construirán viviendas para todos. Se construirán puentes y carreteras, ¿sin corrupción ni compadreríos partidistas y familiares que roban a mansalva? Los gobiernos de la oratoria, la denuncia y el miedo incluyen la novedad de envilecer, avergonzar, acobardar y silenciar e incluso encarcelar a dignos ciudadanos de acreditado nivel profesional, poniéndolos en la picota de los corruptos, traidores y espías de una potencia extranjera enemiga, o como taimados sediciosos dedicados a urdir cobardes complots contra el Gobierno, precisamente, el Gobierno más justo, transparente, exitoso y prometedor de la historia boliviana.
Para dar mayor dramatismo a este segundo acto del drama nacional, la “inteligencia” del Estado publica un cuadro sinóptico de enemigos de la “revolución”, con los nombres, apellidos y actividades profesionales de personalidades conocidas a las que también se les achaca el delito de haber trabajado en su especialidad con perversos gobiernos anteriores. Uno se pregunta: ¿Cuál será el siguiente susto cuando la población vuelva a dar señales de protesta y desengaño, como lo expresaron los últimos seis cabildos regionales? El susto lo dio el Gobierno el miércoles pasado cuando amenazó con prescindir de la ayuda estadounidense si sus administradores no se adaptan a las leyes bolivianas. Pero el donante podrá decir lo mismo: Uds. cumplen honradamente y nosotros cumplimos de igual manera. Mientras tanto, el imperio se rasca la oreja cuando le estiran la mano pordiosera. Aunque el Vicepresidente viaje a USA a corregir los desaguisados del Palacio Quemado contra aquel país y le paguen con la misma moneda.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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