La localidad recorrió 1.050 metros en los últimos 60 años. Una ciudad de piedra y otra fantasma son los vestigios que quedaron del traslado de sus habitantes en busca de tierra firme ante los deslizamientos.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Pedro Laguna
Una mañana del 2001, Mariano Mamani Mamani, autoridad de la comunidad paceña de Yocarhuaya, iba en busca de ayuda para su pueblo hasta el municipio de Moco Moco, cuando una gran roca se desprendió desde lo alto y se llevó su vida.
Él fue una de las 10 personas que murieron en los últimos 25 años por los deslizamientos y derrumbes de piedras en la localidad de la provincia Camacho, a 185 kilómetros de la ciudad de La Paz.
Sólo desde el segundo asentamiento hasta donde están instalados actualmente, los cerca de 1.000 habitantes del pueblo tuvieron que trasladarse más de 1.050 metros cuesta arriba.
Yocarhuaya, que en aymara significa “hijo varón”, se va hundiendo y la comunidad entera ha tenido que emigrar en cuatro oportunidades en los últimos 60 años en busca de un terreno firme para vivir. “De niño vi cómo la tierra arrastró terrenos y casas. No vivimos tranquilos, y cuando llueve, es peor porque las rocas van cayendo y matan a los animales”, relata el poblador José Paye López.
Otros no saben qué harán. “¿Ahora a dónde voy a ir?, esto desaparecerá pronto”, se pregunta con desesperación Francisca Condori. Como ella, Andrés Huanca muestra la casa que construyó hace poco, y que ahora tiene rajaduras, por lo que deberá dejarla.
“Los políticos no cumplen sus promesas, no hay caminos para sacar los productos, el terreno se hunde y tampoco hay dinero para construir otra vez”, rompe en llanto Andrés e implora en aymara “yanapjapjita… (ayúdennos)”.
Ni los animales se salvan de este fenómeno natural. Nemesio Ari Ari logró huir de un deslizamiento, pero su vaca no tuvo la misma suerte. “Una piedra la golpeó y se la llevó al barranco”.
El valle está sobre los 3.628 metros sobre el nivel del mar, y ahí se se puede cosechar, papa, oca, cebada, trigo, cebollas, tunas y flores, pero hay sólo unas dos decenas de vacas y menos de 200 ovejas.
La historia no es nueva. Los abuelos cuentan que 50 pobladores perecieron en 1952 en la mayor tragedia que sacudió a este pueblo donde no hay luz y el agua corre por dos horas. A Yocarhuaya se llega por una empinada carretera en que las nubes acompañan el trayecto de cuatro horas y media.
Casas en ruinas y escuelas abandonadas son testigos de los primeros asentamientos.
El pueblo de piedra
No queda nada de la primera población de Yocarhuaya. Sólo el viento y el polvo recorren las pequeñas calles del que ahora es “un pueblo de piedra” donde se asentaron los lugareños por segunda vez en su peregrinaje. Hace medio siglo, 30 casas construidas como en los tiempos precolombinos albergaban a las primeras familias. Sin embargo, los deslizamientos les obligaron a abandonarlas.
Arbustos y cactus observan las paredes rajadas de casas sin ventanas, sin puertas y en algunos casos, partidas hasta la mitad.
Para llegar al tercer asentamiento, hay que subir 200 metros hasta la antigua iglesia y la primera escuela. Es un pueblo fantasma. Con suerte, el templo se abre ocasionalmente para las fiestas, pues existe el riesgo de que se puedan desplomar el techo y las paredes. Medio centenar de tumbas rodean la iglesia abandonada donde San Bartolomé es mudo testigo.
Otros 250 metros cuesta arriba, está la segunda escuela y la pequeña cancha. El establecimiento no fue usado más después de 1994.
“Se cayó el tumbado y casi nos mata”, rememora Teodora Condori Calcina, alumna en ese tiempo.
A Teodora no le ha ido bien. Parte de uno de sus “yapus”, o chacras, desapareció por un derrumbe.
Con tanta desgracia, Yocarhuaya tuvo que subir 600 metros más, donde se halla actualmente. Pero aún ronda el temor cuando llueve: el poblado puede venirse abajo.
Tierra firme para Yocarhuaya
La ayuda ha llegado. El 2005 Andrés Aro, apoderado o autoridad de Yocarhuaya, llegó hasta La Paz para pedir una inspección ocular de su comunidad al Servicio Nacional de Geología y Técnico en Minas de Bolivia (Sergeotecmin) indicando que estaba en peligro de desaparecer. Lo que se vio prácticamente estremeció a los especialistas en esa olvidada región.
“No podrán seguir subiendo más porque arriba hay rocas que caen, y tampoco pueden bajar porque el deslizamiento está cerca”, explica el ingeniero Temístocles Caballero Ledezma que trabajó junto al Proyecto Multinacional Andino de Geociencias para las Comunidades Andinas.
El pueblo se asentó sin saber que estaba sobre un enorme flujo de barro en deslizamiento, que alcanza a cinco kilómetros de largo y dos kilómetros de ancho. “El evento geológico está en constante movimiento y combina deslizamientos y caídas de rocas; por eso las viviendas son temporales”.
“El hijo varón” está atrapado por los derrumbes y ahora deberá trasladarse el próximo año hasta la planicie de Ch’uñupampa, a 40 minutos de camino y sobre los 4.100 metros sobre el nivel del mar.
“Mi corazón está alegre, tanto lloramos y ahora nos iremos a un lugar más firme. Ahí vivirán nuestros hijos”, señala emocionado Ignacio Lima Calcina.
El arquitecto Edwin Gutiérrez Vargas y su equipo fueron delegados para diseñar la nueva urbanización donde se construirán 200 viviendas. La superficie de cada una será de 300 metros y tendrá espacios para la crianza de animales. Sin embargo, el nuevo reto consiste en conseguir los recursos para resucitar el pueblo.
Santiago Collanque Paye cuenta que su primera casa, que dejó por las rajaduras, le costó cerca de 4.000 bolivianos. Ahora vive en una segunda construcción, pero las grietas volvieron y no tiene dinero. El ingreso anual de los pobladores llega sólo a 100 bolivianos.
Todos los lunes, los 210 alumnos entonan con civismo el Himno Nacional en aymara y cada tarde juegan voleibol, futsal y básquet. El 2008 se graduará la primera promoción, pero la duda que los inquieta es: ¿Lo hará en el actual colegio, que ya tiene 11 rajaduras?