La Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), conocida anteriormente como Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN), es el proceso de integración sociopolítico que aglutina a doce países sudamericanos que se caracterizan por sociedades altamente heterogéneas en sus orígenes, costumbres, composición étnica, expresiones culturales, manifestaciones lingüísticas y además cuentan con gobiernos democráticos que poseen orientaciones políticas no necesariamente coincidentes entre sí.
Es del caso anotar que durante los encuentros realizados en la ciudad de Cochabamba en diciembre del 2006 —Cumbre de la CSN (8 y 9) y Cumbre Social por la Integración de los Pueblos (6 al 9)—, se evidencia que la variopinta gama de pueblos sudamericanos están exigiendo cambios y además están dispuestos a construirlos desde los diversos espacios que brindan los movimientos sociales y desde las instancias de participación ciudadana.
Y es que muy a pesar de la buena voluntad de las administraciones políticas, de las instancias de cooperación y desarrollo y de los avances integracionistas obtenidos hasta la fecha, no se ha podido garantizar el establecimiento —dentro del espacio sudamericano— de un sistema de integración regional que aproveche efectivamente las experiencias positivas de la ciudadanía social democrática, participativa, incluyente y solidaria, que se constituye en torno a la participación directa de las comunidades campesinas e indígenas y de otras instancias de participación social plurilingüe y multicultural.
Es imposible concebir la integración regional sudamericana sin el protagonismo activo de las diversas instancias y mecanismos de participación ciudadana (municipales, prefecturales, cívicos, indígenas, empresariales, campesinos, sindicales, corporativos, gremiales, estatales y otros) como herramientas claves e imprescindibles que facultan a nuestros conciudadanos/as para enfrentar los desafíos del siglo XXI.
Es por ello que, dentro del ámbito espacial de la Unasur impera promover procesos de diálogo que aseguren que el desarrollo social y humano incluyente sea el protagonista de un movimiento popular integracionista que enfatiza en el fortalecimiento de las capacidades e iniciativas de las personas y en las formas de participación social, obviando los sesgos provenientes de coyunturas políticas, actitudes chauvinistas o tácticas partidistas.
Es decir, la viabilidad de Unasur dependerá del reconocimiento y vinculación de las comunidades campesinas e indígenas con otras instancias de participación ciudadana como alternativa que enfrentará a una dinámica globalizadora que profundiza asimetrías y contribuye a profundizar la marginalidad social. Sin embargo, impera tener presente que no basta tener buenas propuestas, sino es vital consolidar las fuerzas sociales e institucionales que llevarán adelante las propuestas.
Y a pesar de que aún es temprano para poder juzgar si el proceso de integración que se está emprendiendo —vía Unasur— dará un nuevo rumbo al desarrollo económico, cultural, institucional, político y social sudamericano, o si terminará —disfrazado bajo un discurso novedoso— siguiendo las idénticas pautas de los mismos modelos integracionistas anteriores. Esperemos que esta vez, los discursos y buenas intenciones de integración regional se plasmen en realidad.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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