Moros y cristianos reconocen que la provocación es una enfermedad de la política y, más grave aún, si ésta proviene de oportunistas que quieren, en río revuelto, ganar como pescadores. El ejercicio de la democracia no necesita ni de oportunistas ni de provocadores. Éstos, en nombre de una causa —casi siempre sin contenido—, contribuyen al enfrentamiento fratricida que no consolida ninguna de las libertades democráticas. Para que no haya duda de que éste es un mal para todos, inclusive para el extremismo, habrá que recordar que el propio Lenín calificaba a la provocación como una desviación política; como infantilismo que perjudicaba sus objetivos revolucionarios. Pero dejemos a Lenín reposar tranquilo en la Plaza Roja de Moscú. El infantilismo político ya no va a perjudicar su clásica revolución bolchevique ya desaparecida, pero sí va a entrabar, en esta lejana Bolivia, la acción en procura de buscar caminos que sustituyan al populismo que también es provocador.
Estamos en una constante de provocaciones que provienen principalmente del Gobierno, con anuncios terribles como aquel de movilizar agresivamente a cien mil campesinos, como afirmó el Vicepresidente —no hay posibilidades de que tal cantidad de gente se reúna sin financiamiento, que en este caso provendría del Estado… ¿o de Chávez?— para que respalden la ilegal aprobación de una Constitución del populismo secante y sectario que irremediablemente acentuará las divisiones en el país. Es provocación también intimidar constantemente, mostrar arrogancia, imprudencia y carencias éticas, como lo hace el Ministro de la Presidencia; es provocación organizar y movilizar a grupos “cuasi armados” como los llamados “ponchos rojos”; y es provocación afirmar que la ley es un estorbo, lo que implica buscar la discrecionalidad y consagrar el abuso.
Pero, cuando un Gobierno provocador está cercado por sus errores y por su ineficiencia para administrar el Estado y para garantizar la armonía social, surgen los otros provocadores: los oportunistas que estiman llegada su hora para trepar y encaramarse en el poder.
No reparan —o no saben— que, con esa conducta, están contribuyendo a dispersar la lucha democrática que tienda a restablecer derechos y a preservar la libertad.
En efecto, sucede que el propietario de una universidad privada insiste en provocar, malgastando en caras solicitadas, para hacer creer que funciona una “coordinadora democrática” inexistente y de la que es jefe imaginario. Otro caso es el Prefecto de Cochabamba, que interpreta maliciosamente la viril reacción de ese pueblo frente a las hordas cocaleras, atribuyendo que ese derroche de coraje fue en respaldo a su mediocre gestión departamental. Ahora, se le ha ocurrido pedir la renuncia del Presidente, sin caer en la cuenta, por su miopía política, que no se trata de la permanencia o no de un hombre en el Gobierno, sino que el problema radica en todo un esquema orientado a establecer una dictadura populista y extremista.
*Sergio P. Luis es profesional independiente.
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