Todo el país dice estar de acuerdo con el cambio. De oriente a occidente y de norte a sur todos aplauden el cambio. Pero, ¿qué es el cambio? ¿Saben en los ayllus qué es el cambio? ¿Saben en Santa Cruz qué es el cambio? ¿Lo saben en Tarija? Los mismos paceños, ¿saben qué es el cambio? Yo, naturalmente, tampoco sé qué es cambio y lo único que veo es que todos están con el cambio. Sea lo que sea.
Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra cambio tiene un montón de acepciones: desde la permuta, hasta el cambio de velocidades de un coche. Pero en Bolivia, como en otros países con populismos insurgentes, la palabra santa es: cambio. Por el cambio se bloquea, se hace paros, se marcha, se amenaza, y se pega puñetazos en el Parlamento. Es casi igual que por la democracia, en nombre de la cual se viola la Constitución diariamente, y se cometen las tropelías inconstitucionales más grandes, pero que todo sea por la democracia.
¿Qué quiere el Gobierno con el cambio entonces? ¿Hasta dónde llega su interpretación del cambio? Sin ser mago, habría que empezar por lo primero: quieren el cambio de gente para gobernar. Que la oclocracia (gobierno de la plebe) desplace a lo que el Gobierno llama la oligarquía. Es un subterfugio que esconde temas muy graves de carácter racista. Lo primero, entonces, es la eternización en el poder del líder, es decir, la dictadura. Es el cambio más importante que depende de otro cambio trascendental: la Constitución. Y a continuación, con la autocracia sacramentada en la nueva Carta Magna, viene el cambio de los dueños de la tierra. ¡Importantísimo! Los que no tienen tierra, se las quitarán a los que tienen. Y continúa con el cambio en la tenencia de los recursos naturales renovables y no renovables.
Entonces se cambiará, también, la matriz económica, y se dejará de lado la modernidad perniciosa del modelo de desarrollo agroindustrial cruceño, a cambio de la vuelta al ayllu, es decir que se recuperarán las tradiciones perdidas y destruidas por los que llegaron hace 500 años. Producido el cambio constitucional y aprobada conscientemente la dictadura (siempre he dicho que somos un país de cojudos), los cambios serán el pan cotidiano: cambio de barrio; cambio de patrones (EEUU por Venezuela); cambio de bandera (la tricolor por la wiphala) y así, indefinidamente.
Bueno pues: ¿sabemos hacia dónde nos llevará el cambio que todos aplaudimos y repetimos como loros sin saber lo que significa? Ojo que ya han cambiado algunas cosas y que no han cambiado para bien. Basta con echarle una mirada a la manada de embajadores que se reunieron la semana pasada y que concluyeron con aphtapi y charango. Pero ojalá que no me equivoque y que en aras del cambio y de la defensa de la democracia no acabemos en unos días más con lo que parece inevitable: el estado de sitio.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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