Siempre he sido partidario de buscar con tenacidad algún tipo de solución para el problema marítimo boliviano, por muy legales e intangibles que sean los acuerdos firmados en 1904. Estuve en Tiahuanaco, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en una enorme altiplanicie de apariencia circular rodeada de cumbres nevadas, bajo un cielo límpido, de colores cambiantes. Los pastos eran diferentes y los pájaros volaban y hasta cantaban de otra manera. Mi experto acompañante me explicaba que las vacas se alimentan bien, aun cuando producen menos leche que las de abajo, es decir, las de Santa Cruz o las de Argentina, y que las piedras y las montañas, en este paisaje pétreo y montañoso, eran sagradas. En algunos parajes, en algunas cumbres estratégicas, mi acompañante se detenía, se inclinaba y hacía un saludo con los dedos puestos contra los labios, algo así como un soplo ritual. Ese saludo era una tradición milenaria, que se practicaba desde mil quinientos años antes de Jesucristo, desde los tiempos de Homero en Grecia y muchos siglos antes, desde luego, de la aparición de Platón y Aristóteles. Me mostró este nuevo amigo, Carlos de nombre, o nos mostró, más bien, al poeta Elicura Chihuailaf y a mí, ya que hicimos el viaje juntos, construcciones en piedra de túneles y cimientos de un antiguo ferrocarril y nos hizo ver que eran profanaciones, que los empresarios y los transportistas de épocas recientes habían llegado, en su codicia y en su ceguera, a utilizar piedras de templos recién excavados.
Me acordé de una anécdota que me contó un amigo muy diferente, el notable escritor español Francisco Ayala, quien va a cumplir ciento dos años con buena salud en los meses que vienen. Ayala recibió en Madrid la visita de un intelectual español que había viajado a Bolivia y que le dijo que no había entendido una palabra. ¿Y qué pretendías entender?, le respondió Ayala: El mundo de Bolivia no es menos enigmático, menos difícil para nosotros, que el del Tíbet. No sé si estoy de acuerdo, puesto que en Bolivia el componente hispánico es también de una enorme fuerza. Pero hay que entender el componente indígena, y para eso hay que abrir la mente; en cierto modo, hay que cambiar de piel. Mis hermanos aymaras, decía Elicura Chihuailaf, y nos contaba que nació en una comunidad mapuche de las cercanías de Temuco. Yo, claro está, no podía decir lo mismo. Yo nací en un caserón de la Alameda casi al llegar a la calle Carmen, frente al cerro Santa Lucía, que grupos indigenistas aspiran ahora a rebautizar como cerro Huelén, cerro del Dolor.
A primera vista, es extraño que una persona como Elicura y otra como yo seamos nacionales del mismo país, pero lo somos, a pesar de las apariencias, y creo que podemos entendernos perfectamente. Escuché los poemas de Elicura con atención y le dije, quizá con torpeza, que me recordaban en algo la poesía de Jorge Teillier, la llamada entre nosotros poesía lárica. La poesía lárica es muy anterior a Teillier, me contestó Elicura. Y es así, desde luego. La poesía lárica es tan antigua como la poesía misma. Es la poesía de la naturaleza, de la nostalgia de los lugares originarios. Él pensaba en el canto a la tierra de sus antepasados mapuches. Pero también podemos encontrar el sentido lárico de la poesía en las antiguas sagas islandesas e irlandesas, en la Edad Media europea, en los griegos. “La Odisea” es el gran poema del regreso a los lares después de la guerra de Troya. Y existen tonos láricos en el Neruda de Memorial de Isla Negra y en lo mejor de la poesía de César Vallejo.
Miramos los caminos empedrados, los sistemas de canales, una puerta ceremonial de piedra primorosamente tallada. En otra piedra de gran tamaño, a la entrada de un recinto religioso, hay un hueco tallado en forma de bocina y que servía, suponemos, para congregar a los fieles. Hacemos el recorrido entre grupos que hablan en alemán y otros que se comunican en un idioma difícil de reconocer, posiblemente eslavo. Los turistas chilenos brillan por su ausencia. Los turistas chilenos, salvo excepciones, prefieren los malls de Buenos Aires o los de Miami. Tienen y tendrán durante mucho tiempo la fiebre del consumo. Los alemanes, en cambio, cansados del hiperdesarrollo, del exceso de oferta, vienen de vuelta.
Definir la situación boliviana actual no es fácil. El problema chileno en un futuro cercano, por lo menos en una observación preliminar, parecería consistir en evitar que se forme un bloque duro, intransigente, de extrema izquierda, entre Bolivia, Ecuador, Venezuela y Cuba. La tendencia a formar esa coalición es visible, en cierto modo evidente, pero no creo que sea definitiva e inevitable. Por ejemplo, Evo Morales les pone condiciones estrictas, difíciles, a las compañías extranjeras del sector del gas natural, pero no excluye por completo la negociación. Hasta el momento, las compañías siguen ahí. No se puede comparar con el caso de las petroleras norteamericanas en la Cuba de los años 60, que fueron expulsadas por la Revolución con cajas destempladas, sin apelación posible. También es notorio que las pequeñas y medianas empresas prosperan en Bolivia y se multiplican como las callampas. Estuve en Bolivia hace quince años, en una feria del libro organizada por el municipio, y ahora he vuelto a participar en una feria donde Chile era el invitado de honor. Hago una sola observación, y los lectores, que casi siempre son economistas aficionados, podrán deducir las consecuencias. La feria del año 92 ó 91, ya no recuerdo la fecha exacta, era un galpón bastante precario, de no más de cien metros cuadrados. La de ahora se había multiplicado por ocho o por diez y funcionaba en una carpa bien diseñada, con un café y un buen restaurante, con un espacio siempre lleno de compradores dedicado a los libros de segunda mano. En ese conjunto funcionaba una carpa de los poetas chilenos muy visitada, activa, con lecturas de poesía, conferencias, espectáculos musicales. Me pareció que la diplomacia nuestra actuaba bien, con la discreción necesaria y con eficacia, y que la reacción boliviana era excelente. Ya ven ustedes: la poesía sirve para entenderse, y la buena prosa nunca está de más.
Como es natural, las preguntas sobre el tema del mar no faltaron. Las respuestas de nuestros políticos suelen ser fruncidas, poco imaginativas, en el fondo temerosas. Parece que tienen miedo de enfrentarse a los chovinismos ambientales y de salir mal parados, de perder votos. Tenemos afición a cubrirnos con la coraza de la intangibilidad de los tratados, que nos parece inexpugnable, así como hace poco nos cubríamos con la de la territorialidad de la ley penal. Pero éstos son conceptos jurídicos que evolucionan y que se modernizan, aunque a nosotros no nos guste. Siempre he sido partidario de buscar con tenacidad algún tipo de solución para el problema marítimo boliviano, por muy legales e intangibles que sean los acuerdos firmados en 1904. Al fin y al cabo, el año 1975, con los generales Pinochet y Banzer, estuvimos cerca de encontrar una salida, lo cual demuestra, después de todo, que los militares, por mucho que sus gobiernos autoritarios nos repelan, saben lo que cuesta una guerra y lo que significa una paz consolidada. Por mi parte, no tengo ninguna fórmula personal y sé, incluso por mi pasado en la diplomacia chilena, lo difícil, lo intrincado que es todo este asunto.
Pero tengo la costumbre de hacerme una composición de lugar en estas materias. Nosotros pensamos en forma obsesiva en los daños, en los kilómetros cuadrados que podríamos perder, en las cesiones de soberanía, pero nunca pensamos, en cambio, y no sé si por falta de imaginación, por falta de audacia, por qué otro motivo, en lo que podríamos ganar. Si no existiera en el Cono Sur americano esta fuente de conflictos, este cortocircuito, el horizonte regional sería otro. Y el modelo chileno sería mucho más atractivo, menos rígido, más amable, para los demás países latinoamericanos. Pero no me propongo arreglar el mundo. Ni siquiera el vecindario. Y no aspiro a merecer la horrible definición de “opinólogo”.
Trato de diseñar un horizonte mental un poco menos paranoico, menos encorsetado, y aspiro a tomar, quizá, unas vacaciones próximas en Cochabamba, en galerías coloniales, a la sombra de árboles centenarios. Porque no todo es París en la vida, y no todo es Buenos Aires, aun cuando Carlos Gardel, en las alturas de La Paz, se encuentra en plena vigencia.
*Jorge Edwards, escritor chileno que estuvo en la Feria del Libro de La Paz. Este artículo se publicó en La Segunda de Santiago.
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