Los católicos del mundo palidecemos horrorizados ante las denuncias que suman y siguen de abusos sexuales cometidos por sacerdotes en contra de infortunados niños y niñas.
Con absoluta objetividad, debemos exonerar de toda culpa al papa San Gregorio VII, quien hace casi un milenio impuso el celibato, así como también debemos dejar de lado pepitorias discusiones acerca de teología moral. Lo que merece responsable análisis y consecuente crítica, es la metodología mediante la cual la Iglesia recluta y forma a sus futuros pastores de almas.
Vivimos una época en la cual el poder espiritual de la Iglesia recula admirablemente, ante la catastrófica situación, la nave de Pedro ha iniciado una pesca de aparentes vocaciones entre estratos populares —cuando no rurales— de la sociedad, mismos que por sus características responden a tipificaciones sicológicas y culturales —muchas veces atávicas— que representan un peso específico en el momento de asimilar la arquitectura del mensaje evangélico y sus productos doctrinales.
Desde el pasado reciente se ha criticado el ardor evangelizador globalizador de la madre Iglesia, y la consiguiente minusvalidación de los contextos culturales en los cuales predica. Lo antedicho es determinante en la formación sacerdotal y en la valoración sicológica del individuo que tomará los hábitos.
Si durante la primera parte del siglo XX, la vocación a la vida religiosa era el resultado de decisiones familiares, más que de una elección personal, hoy, aquella vocación parece ser el resultado de la premura por contar con casa, comida, ropa y estudios de por vida.
Lo que quiero manifestar, es que la calidad humana del religioso y de la religiosa está en sospecha, y con ella también, su equilibrio sicológico y hormonal, que de manera inopinada puede extraviar su conducta sexual. Por tanto, no es problema anular o no la regla de la continencia, o permitir que sacerdotes y monjas puedan contraer nupcias o convivir en parejas heterosexuales, al fin y al cabo, el sacerdocio con todas sus consecuencias, debiera ser una opción de vida. Aquí de lo que estamos hablando es de una espeluznante parafilia, ocasional en unos casos, de abierta predisposición en otros, desviación sexual que no requiere sólo censura social, sanción moral, pena legal o resarcimiento económico, sino, requiere ante todo, tratamiento especializado. Es decir, estamos ante una patología que ha mermado de forma notable la imagen moral de la Iglesia Católica, así como la ética académica de su milenaria institucionalidad.
*Marcos Antezama es empresario privado.
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