Los embajadores bolivianos convocados por el canciller David Choquehuanca recibieron dos instrucciones precisas: deben ocuparse de legalizar la coca y de gestionar el Premio Nobel de la Paz para Evo Morales. Por lo menos eso es lo que entendieron los convocados.
Si se trata de premios, quisiera proponer uno muy merecido. El premio del aguante, de la resistencia, de la paciencia infinita, del Job hecho país, para Bolivia.
En días como éstos, en que todo está tan mal, en que nadie propone nada bien, me acuerdo de un verso de mi amiga Matilde Casazola: ¿Con qué hierbas me cautivas dulce tierra boliviana? Pero con un cambio: ¿Con qué engrudo, con qué cola instantánea y eterna, estás unida para siempre, dulce tierra boliviana?
Porque, qué barbaridad, qué larga lista de desatinos, de embustes, de estupideces, qué larga lista de charlatanes, de demagogos y traficantes, se repiten en Bolivia, y el país sigue intacto, no se dobla, ni se rompe, ni se divide.
En momentos como éste he visto a más de un periodista circunspecto entrar, de lleno y sin respirar, al género periodístico más boliviano que existe, el género de la “kaikeada”. Sé que es intraducible al castellano. Es una rabieta expresada con énfasis, una protesta larga y por momentos contradictoria. Por momentos, el “kaikeador” discute consigo mismo.
Esto ocurre cuando el periodista ha recibido demasiada información. La “kaikeada” es un efecto de la sobresaturación de datos, un congestionamiento, un atasco de informaciones conflictivas, de noticias generadas por actores políticos que no entienden que hay límites para los caprichos o para la estupidez y llevan el conflicto hasta el vértigo. Este género periodístico exclusivo de los bolivianos consiste en rabietas expresadas con muchas palabras, pero con pocos datos. A veces nadie entiende por qué protesta el “kaikeador”. Podría definirse como una forma de esquizofrenia.
Alguna vez escribí que Bolivia es como el famoso escapista Harry Houdini. Se la somete a las pruebas más increíbles. Las manos encadenadas, la cabeza cubierta por una capucha, la boca sellada, el escapista es metido dentro de un cofre cerrado con un candado. Y el cofre, con el escapista en su interior, es metido en un estanque.
Es decir que no existe ninguna posibilidad de sobrevivir. Y sin embargo, en medio de burbujas, después de varios minutos de suspenso y angustia, aparecía el escapista. Había sobrevivido. La diferencia es que Houdini se daba un respiro, por lo menos de una semana. Bolivia, en cambio, no tiene descanso. Sale del estanque respirando apenas, no ha llegado a escuchar los aplausos y ya la han metido de nuevo en el cofre. Es agotador incluso para los espectadores. Y entonces, claro, el pobre relator del hecho noticioso, y peor si es comentador, comienza a desvariar. Dice incoherencias. Pierde el hilo. Quisiera reclamar, pero siguen llegando informaciones sobre nuevas complicaciones.
Una inmensa maraña de informaciones contradictorias y absurdas ha maniatado al observador. Lo ha anulado. Cuando percibe la posibilidad de una solución, siempre hay alguien que aporta con un nuevo problema.
Y el pobre “kaikeador” está exhausto.
Esta columna, por ejemplo, es una “kaikeada”.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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