Se achican, crecen o se modernizan. Camisas, pantalones y chamarras alargan su vida en las expertas manos de los cirujanos de la moda.
Texto: Liliana Carrillo V. Fotos: Pedro Laguna
Desde operaciones urgentes de roturas hasta liftings de rejuvenecimiento, aquí todos los tratamientos se aplican y todas las dolencias se curan. Camisas, blusas, chamarras y pantalones desahuciados vuelven saludables a la acción en las clínicas de prendas usadas, viejos negocios que sobreviven y se renuevan.
“Este es el único hospital donde nada se muere”, comenta Carlos Conde Salcedo, propietario de la clínica de jeans Señor de Mayo. “Hemos tenido algunos lázaros que han revivido”, replica Rosario Saavedra de Castillo, directora de la clínica de camisas Altemapro.
El señor de los jeans “Si los achicas no hay problema, pero ¿cómo haces para agrandar los jeans sin agregarles otras telas?”. Esa pregunta angustiaba a Carlos Conde Salcedo desde que abrió la clínica de jeans Señor de Mayo —en plena plaza Israel, en San Pedro—, el 11 de noviembre de 1999. Antes, el confeccionista había sido propietario de una empresa de prendas de mezclilla que terminó sucumbiendo ante la desleal competencia de ropa usada. “Duro ha sido cerrar; pero entonces se me ocurrió hacer reparaciones. Yo conocía bien el jean, que es un material especial, y ya tenía las máquinas”, relata el experto que inmiscuyó a su esposa, Angélica Romero, y a sus nueve hijos en la empresa especializada en arreglar y modernizar pantalones, camisas, chamarras, chalecos, estuches y todo lo imaginable en mezclilla.
“Rápido he hecho clientes; de todas partes vienen, desde la zona Sur hasta de El Alto. Son desde estudiantes hasta ministros. A la fecha se han abierto como hongos otros talleres igualitos, pero toditos ellos son mis empleados”.
Conde asegura que los pedidos son de lo más insólitos: “Hay gente que quiere que su jean se vuelva chaleco, que su chamarra sea un pantalón y muchos quieren ajustes que modernicen diseños”. No para de trabajar mientras habla y tijera en mano convierte, para una dama, “un clásico” en un short.
“Debemos estar actualizados. Las grandes empresas de Europa y Estados Unidos sacan modelos cada día y hay que seguirlos. Tomamos cursos, talleres de expertos que llegan. Son caros, pero vale la pena; nuestros sastres siguen haciendo lo mismo hace 20 años... ¡No pues!”. De fondo, las máquinas —pretineras, presilleras, atracadoras y over— hacen eco. “Hay que saber innovar. Yo he creado de chiripa un botapié especial. Un día charlando corté de más. \'Uy, el cliente me va a matar\', he dicho. Eran unos American Colt nuevos; pero le encantó, y así nació el doblado especial. Ahora, Levi\'s ha patentado uno bien parecido”.
Días de romperse la cabeza en torno a la ecuación aparentemente imposible —como agrandar las tallas— siguieron motivando a Conde. “Soñándome, soñándome, he pensado que si la tela en crudo, tras el proceso de lavado, encoge de cuatro a ocho centímetros a lo largo y hasta cuatro centímetros a lo ancho, entonces, ¿por qué no podría volver a su estado original?”. Así nacieron “la alargadora”, una máquina que logra estirar hasta 15 centímetros el pantalón y “la agrandadora” que hace crecer hasta ocho centímetros caderas y cinturas. “Los aparatos son térmicos y en base a aluminio; les hemos puesto resistencias de hasta 3.000 grados, que es lo que la tela soporta, y termina cediendo”, explica.
Conde guarda celosamente sus inventos: “Tengo las máquinas bajo llave, muchas veces me las han querido copiar porque nadie sabe cómo agrandar las prendas. Aquí crecen en tallas y ni se nota”.
Cinco dependientes trabajan en la clínica de jeans, además de la familia Conde. “Bien estamos, hay trabajo”, responde Carlos Luna Ruiz, mientras maneja una máquina con sus 20 años de experiencia como sastre. Afuera, tres clientes esperan a don Carlos, el dueño, que negocia precios y plazos para sus entregas. “El lunes... imposible, doñita, que sea el viernes nomás”.
Cirugía a las camisas “Hay que trabajar como cirujano para operar a la camisa sin que queden cicatrices”, comenta Gabriel Castillo Saavedra, el especialista de la clínica de camisas Altemapro, ubicada en el Shopping 2000, de la calle 21 de Calacoto. Ni una marca, ni un hilo, ni siquiera una mínima variación de color revela el “doblado de cuello” que realiza el sastre en una Gap.
“Los que más sufren son cuellos y puños que se desgastan por el uso, pero hay soluciones”, dice Gabriel. Si no es el “doblado”, se pueden sustituir las partes con telas en contraste “el blanco normalmente funciona” o, finalmente, sacar tela del canezú de la espalda. El crimen nunca deja evidencias.
Gabriel aprendió el oficio de su madre, Rosario Saavedra de Castillo, quien desde hace 15 años dirige la empresa Altemapro, que, además de ser clínica, confecciona diseños exclusivos unisex.
“Lo que nunca se debe dejar es el trabajo fino”, dice doña Rosario, que aprendió el oficio en Arica (Chile) y durante años trabajó como supervisora en una famosa fábrica paceña. “Aunque son sutiles, hay cambios en la moda de blusas y camisas: los cuellos, las mangas y los cortes son vitales”, comenta Saavedra, que ahora trabaja con sus tres hijos. Gabriel, es el maestro en camisas; a la confección y arreglo de pantalones se dedica Christian y Aracely, la menor, es modista.
“Tenemos algunos lázaros —comenta Rosario—, camisas que llegan prácticamente deshechas y requieren terapia intensiva. Que la prenda viva es importante para los clientes: “Un joven nos trajo una fina camisa de seda, que había heredado de su abuelo. Tenía gran valor sentimental, así que con volteos y remaches logramos salvarla”, recuerda Gabriel. Los más optan por alargar la existencia de sus prendas. “Son camisas caras y de marca que son salvadas sólo con detalles”, dice doña Rosario.
“Algunas personas compran sus prendas de la ropa usada. No se fijan en tallas ni modelos, sino en finas marcas. Luego las traen aquí y se las arreglamos a medida”, comenta Conde. “Terminan teniendo una prenda de calidad por unos 50 bolivianos”, complementa Saavedra. A la economía se suma el nexo sentimental. “Si ve síntomas, no lo dude, traiga su ropa a la clínica”, invita Gabriel Castillo.