El cumpleaños número 90 de don Belisario Fayad abre con una fiesta el recorrido por el hospitalario poblado beniano que vive de la ganadería.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Javier Badani Ruiz
Al llegar, la música llama desde una casa de la plaza principal, donde se armó la fiesta. La curiosidad empuja y lleva a la figura de Belisario Fayad Chamaro, el cumpleañero que sopla 90 velas. “Soy sietemesino. Nací a las ocho de la mañana y mi madre se desmayó, le vino una hemorragia fortísima. A las dos de la tarde volvió en sí y me buscó. Yo estaba envuelto en un mantel, botado en un rincón... ya las hormigas me estaban llevando”.
Este hijo de un comerciante árabe y una reyesana vive desde siempre en Los Santos Reyes, capital de la provincia José Ballivián Segurola del departamento de Beni.
Si hay fiesta en Los Santos Reyes, todo el mundo lo sabe. Empezando del Alcalde y pasando por el resto de las personalidades del lugar, todos han estado aunque sea unos minutos en la celebración de Belisario, quien además aprovecha para festejar los 60 años de unión con su esposa, Romelia Escalante Leigue. “La conocí en el campo. Cuando pasaba por su casa, que estaba en mi camino; yo la veía. Ella era jovencita, tenía 14 años, y terminé robándomela. Cuando tuvimos un hijo, recién nos casamos”.
Romelia, de 74 años, escucha atenta. “Tanto que pasaba por ahí, vizcacheándome, pasaba y pasaba, hasta que nos enamoramos. Mis padres no querían que yo me case”.
Fue así que una noche, Belisario la sacó de su hogar. “Me da tristeza acordarme. Mis papás sintieron mucho, pero me perdonaron. Ellos mismos tenían la culpa porque no lo consentían de visita”. Así, la celebración de este amor se consumó en dos hijos, cinco nietos y un festejo para alegrar al pueblo.
Cuando la hospitalidad manda
Los Santos Reyes tiene cerca de 15.000 habitantes. Si bien es un pueblo ganadero, goza también de un alto poder turístico que ofrece atractivos como la laguna Copaiba, el río Yacuma —que comparte con Santa Rosa— o los paseos por las pampas. Un proyecto de cabañas ecológicas afianzan las propuestas de este pueblo que está ubicado a 32 kilómetros de Rurrenabaque, uno de los centros turísticos más importantes del país.
La tarde dibuja sombras con los árboles de la plaza mientras la fiesta de Belisario amenaza con la eternidad. El festejado tenía antes su estancia en las afueras, pero al venderla, compró la casa de la plaza. Ahora, sus hijos Jimmy (36) y Julio César (55) encabezan la pachanga.
Los vendedores de comida aprovechan la música y fríen empanadas en plena plaza principal. “Aquí no eran más que unas cuantas casitas. Ahora el pueblo está bonito, cómo se ha compuesto. La plaza tenía cuatro bancos, uno en cada esquina, no como ahora. Era un campo nomás. Aquí se atajaban los toros”, describe Belisario pensando en la fiesta del 6 de enero.
Ahora las tradiciones se muestran en otra plazuela que está acondicionada para tan magno evento. Allí se arman las tribunas para ver las carreras de caballo, los jocheos de toros y el palo ensebado.
La música envuelve el jardín de Belisario. El grupo de don Longino García, eminente intérprete del acordeón, zapatea sus 70 años al ritmo del carnavalito. Su labor es amenizar cumpleaños, actos cívico y diversidad de fiestas. La hora de música sale a 50 bolivianos. “Tocamos por cinco o seis horas, dependiendo de la duración del evento. Somos cuatro integrantes que tocamos el acordeón, la guitarra y la guacharaca, un instrumento de percusión prestado de Colombia”.
Y si se cansa, para eso están, al frente, Los Aventureros. Raúl Manu Monasterio, de 56 años, conforma la otra orquesta junto a sus hijos. Son las dos únicas agrupaciones de Reyes y generalmente comparten todos los acontecimientos.
“Tocamos seis instrumentos. Yo le doy a la trompeta y hacemos todo en familia”, explica Raúl. “Hicimos el grupo para que la banda de Reyes no se deshiciera. Tocamos la chovena, la polka, los taquiraris...”. Manu, antes pertenecía a otra banda, pero le resultaba difícil congeniar con su maestro, así que prefirió iniciar su propio negocio musical en familia. “Por eso me esforcé para estar con mis hijos y esto les queda a ellos como una herencia”.
La música y los platillos típicos —como el charque, el locro de gallina y la torta de yuca— atraen a la gente que pasa por ahí. En las casas vecinas, las puertas simplemente están abiertas y se invita a pasar a algún curioso que esté por ahí. “Aquí no hay ladrones, dormimos con puertas abiertas”, cuenta Romelia.
Aunque parezca pintoresco el respirar ese aire inocente, no se puede negar que Los Santos Reyes es un pueblo en franco progreso. Cuenta con servicios financieros, electricidad y tiene un aeropuerto, que si bien necesita de una ampliación para vuelos comerciales, está en uso. “Aquí se encuentra carne de primera por 15 bolivianos. La tecnología de punta se utiliza para la inseminación artificial y la cría del ganado”, explica el alcalde José Roca Haensel desde su jardín nutrido de naranjas, piñas y carambolas.
¿Y la fiesta patronal? Pues eso, concuerdan todos los reyesanos, es motivo de un reportaje aparte.