Desde la guacamaya hasta el colibrí, el plumaje de los pájaros ha servido a los pueblos originarios para documentar su tiempo. Una muestra en el Musef recorre sus secretos.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: Javier Badani / Pedro Laguna
Qué tuvieron en común los mosqueteros franceses, la nobleza victoriana inglesa y los pueblos indígenas del continente americano? Todos ellos fueron seducidos por la belleza de las plumas de las aves que habitan el planeta. Con distintos matices, estas piezas naturales, que despiertan admiración por su belleza, engalanaron también su cotidiano vestir.
Como sucede con cualquier tendencia de la moda, su utilización en el Viejo Mundo se fue desvaneciendo con el pasar de los años. Sin embargo, la milenaria tradición simbólico-ritual de la plumería alimentada en las distintas culturas originarias de esta región aún se mantiene viva. Una muestra de ello puede apreciarse en la sala permanente de Arte Plumario “Culturas y Diversidad”, del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef).
La exposición presenta una variedad de piezas utilizadas por gran parte de los pueblos indígenas asentados tanto en tierras altas como en tierras bajas de Bolivia. Además, cuenta con un espacio dedicado a la ornamentación desarrollada antes de la llegada de los conquistadores hispanos. Así, las multicolores plumas del colibrí, los tintes delicados del perico y la intensidad tonal del penacho de la guacamaya guían al visitante durante el recorrido por esta sala que, además, cuenta con una moderna museografía que permite apreciar minuciosamente el trabajo artesanal y también conocer parte de su simbología.
Cerca a medio centenar de objetos conforman la muestra, aunque en las bodegas del Museo de Etnografía y Folklore se atesoran otra gran parte de estos bienes culturales, los que no son expuestos debido a la falta de espacio.
En busca del dios Sol
Según los datos de los investigadores del Musef, la utilización del arte plumario en el territorio que hoy conforma Bolivia tiene por lo menos unos 2.000 años de antigüedad. A pesar de ello, los estudios sobre su utilización y el conocimiento sobre su significado entre los pueblos indígenas de esta región son aún incipientes, ya que las indagaciones se iniciaron recién a partir de los años 60.
“La investigación científica sobre este tema apenas se están gestando en el país. Demasiado tarde, si se tiene en cuenta que su utilización tiende a disminuir a lo largo del territorio”, se lamenta Freddy Maidana, uno de los antropólogos del Musef. Es precisamente esta institución la que a través de indagaciones multidisciplinarias desarrolladas in situ vienen recuperando estos bienes culturales a lo largo del país.
Parte de ese trabajo se muestra en la sala de Arte Plumario “Culturas y Diversidad”, donde cada pieza expuesta destaca —además de su riqueza estética— por su valor documental. La colección cuenta con las chacanas, consideradas desde la época prehispánica por las culturas de tierras altas como una especie de puentes entre lo humano y lo divino.
Elaboradas con piel de tigre, jaguar o de plata, estas corazas utilizadas en la tradicional danza kena kena cuentan en uno de los hombros con listones de madera tapizados con diseños de plumas. Entre la iconografía que se halla presente en éstos sobresalen águilas bicéfalas, soles y sirenas.
Freddy Taboada, jefe del Departamento de Museología del Musef, explica que para el mundo andino las plumas se desenvuelven en tres ámbitos: el religioso, el social (prestigio dentro de la comunidad) y el bélico (en la era prehispánica). Y si bien, antes de la conquista europea, su uso era generalizado y cotidiano; hoy, en su gran mayoría, se halla restringido a la utilización en eventos rituales o celebraciones comunitarias.
Con todo, la relación del hombre andino con sus dioses se refleja también en los llamados espejillos, utilizados en la actualidad en sombreros y pecheras durante las festividades que se desarrollan en el área circundante al lago Titicaca, en La Paz.
Elaborados con plumas de aves andinas y adornados por un espejo, estos ornamentos representan al dios Sol. “La pluma, con su valor iridiscente, representa al sol y el que lo usa se convierte, a través del espejo, en un depositario de su divinidad”, señala Taboada.
Pero también el hombre de los Andes rinde su respeto a las aves cuyas plumas engalanan sus ornamentos tradicionales. Así, por ejemplo, el suri es una alegoría a la belleza de las aves altiplánicas y está elaborada con plumerías vistosas como las que son extraídas del ñandú (suri). En Oruro, en especial, se destacan los suris en la danza del mismo nombre.
Documentos de su tiempo
Las investigaciones antropológicas destacan que antes de la llegada de los españoles, los pueblos de tierras bajas proveían de plumas a los indígenas andinos. Esto se realizaba a través del intercambio de productos. Gracias a ello, el arte plumario en occidente se vio enriquecido. Sin embargo, su costo era alto y la persona en el altiplano que lucía en sus trajes plumas de aves orientales, daba una connotación social de poder económico en su comunidad.
A diferencia de las culturas andinas, para los pueblos de tierras bajas las plumas han cumplido durante su historia una función más utilitaria que religiosa, lo que se expresa en la muestra del Musef a través de brazaletes, collares, lanzas y narigueras (las que ya no se usan), entre otros. En la actualidad, y debido al choque cultural, sólo en ocasiones festivas se puede observar esa herencia ancestral. Otras, en cambio, ya son parte de la historia como el hisco, un brazalete de plumas y de fibra vegetal que era utilizado en la parte superior del brazo por los indígenas chácobo, en el Beni.
Una de las piezas más imponentes de la muestra dedicada a las tierras bajas es el rocom, una diadema en forma de abanico que está conformada por seis largas plumas rojizas, pertenecientes a la cola del tojo. Usualmente es el más diestro de los cazadores de la etnia moré (Beni) el que lo viste.
También representando al área oriental se encuentran los ducayoy. Actualmente se recomiendan para ceremonias especiales. Los estandartes eran utilizados por los ayoreos (Santa Cruz) durante las batallas con otras etnias y se ataban en el cuello.
“El arte plumario en Bolivia es riquísimo, pero estamos dando los primeros pasos en su entendimiento”, señala Taboada, quien asegura que el arte plumario permanecerá vivo en el tiempo.
“Son mucho más que simples ornamentos, son una especie de documentos que narran el presente de cada pueblo. Las piezas nos dan luces sobre su organización social y espiritual. Se constituyen en elementos donde se identifican los momentos que vive cada grupo humano”, señala.
Y para preservar ese legado, los antropólogos del Musef recorren el país recolectando estos bienes —en muchos casos, comprándolos— para que queden como testimonio de ese tiempo.