De joven quiso apagar incendios en pozos petroleros. En su primera carrera se accidentó. Y ya con 31 años de competencias, se convirtió en el hombre récord del automovilismo boliviano.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Eric Bauer/ Pedro Laguna/ Miguel Carrasco / Archivo Franulic
La bandera a cuadros baja. Armin Franulic Koernig cruza la meta como ganador, tal cual lo hizo durante 31 años. Desabrocha su cinturón de seguridad, se quita el casco de protección, los guantes y el buzo antiflama. Es momento de comenzar una carrera distinta, la de los recuerdos del hombre récord del automovilismo boliviano.
La adrenalina circula por las venas del heptacampeón de 64 años. Por eso en su juventud quiso ser un domador de fuegos como el temerario Paul “Red” Adair, que sorprendía al planeta extinguiendo incendios en pozos petroleros.
Se enciende el motor de la memoria y la primera etapa lo lleva a La Paz, donde nació el 8 de septiembre de 1943. Sus padres, Juan y María Luisa, habían llegado a Bolivia unos años desde Yugoslavia.
Hizo la primaria en el colegio San Calixto a la par de sus pasos iniciales en la conducción. A los ocho años, de la mano de Manuel Vargas, chofer de la familia, tomó el volante. “Venía a casa y me subía a un camión de cinco toneladas que luego empecé a manejar”.
Regula la velocidad. Entre los 12 y 13 años, Armin llevaba solo al gigante de ruedas, y dentro de él a su padre, hasta la finca en Huancapampa. Los 30 kilómetros de La Paz a la estancia fueron su primer reto. “Conocía el tramo de memoria y empecé a bajar los tiempos cada vez que iba hasta allá”.
Aquello que fue un hobby se convirtió en la herramienta para ayudar a la familia y luego, en una verdadera pasión. Franulic nunca más se desprendió del volante.
El aceite circula por sus venas
Es necesaria una parada para pasar a la siguiente etapa. Franulic toma aliento y comienza a hablar. Se toca la barbilla, la frente y la oreja derecha. Enciende un cigarrillo Camel y suelta más recuerdos.
Entre 1960 y 1961 conoció al amor de su vida, Mercedes Davalillo. La señora que hoy tiene 62 años, posee gran paciencia, es comprensiva y siempre apoya al campeón. De la boda de 1967 nacieron Mauricio, Pablo y Patricio.
Durante la década de los años 70, emergió en Armin el deseo de emular a su ídolo “Red” Adair. Estudió dos años en Estados Unidos para cumplir el sueño de “ser un apagafuegos, una actividad muy riesgosa. Pero las cosas no se dieron y decidí volver al país”.
Con el tanque lleno se reanuda la marcha y la hoja de ruta muestra una curva. Él continúa. “Vino la época de trabajar con el café. Viajaba a Chulumani, Coroico, Caranavi y ahí también bajaba mis tiempos”. Había nacido un piloto.
Pese al duro trabajo, no se perdía las carreras, iba a ellas y así conoció al mítico William Bendeck, que junto a Óscar Crespo y Dieter Hubner fueron su inspiración.
“Bendeck me dijo una vez: ‘Anímate y corre’”. Esas palabras tuvieron eco en una reunión. “Les dije a mis amigos: ‘Voy a correr\'. Otros lo tomaron como una broma. Yo no”.
Armin aprieta el acelerador al hablar de su primera prueba en 1976. “El coche era un Torino argentino. Llegamos a un acuerdo con la Embajada y nos lo cedieron y empezamos a prepararlo”. En su debut compitió en un Gran Premio Nacional, donde dio la sorpresa y provocó un arrebato.
“Se salió de la carretera en Yacuiba. Nos asustó a todos, porque se metió como unos siete metros”, recuerda Andrés, de 69 años, hermano mayor del corredor.
Conquistando las carreteras, Franulic alcanzó la velocidad de 245 kilómetros por hora en 1999. En el último Gran Premio Evo Morales, que le valió su quinta corona, corrió hasta los 243.
El primer éxito llegó sólo un año después de su debut con el triunfo en Potosí. 1984, 1985, 1986, 1987 y 1988; los títulos nacionales empezaron a seducirlo para volver a las rutas en 1992 y, finalmente, 1995.
“Empecé a los 33 y quizás hubiese ganado más si corría desde antes”. No se arrepiente de su decisión. “Esperé a tener una posición económica aceptable para competir y no afectar a mi familia”.
Sigue avanzando el reloj. En los años 80, Franulic le peleó popularidad a Óscar Crespo “El caballero de las rutas” y junto a René Rocha, Carlos “Chino” Méndez y Armando Paravicini, libró épicas batallas en los caminos del país.
“Armincho” —como le dicen sus amigos— y su máquina ingresan por los caminos de tierra, los más esperados, para hablar de los Grandes Premios. La saga de cinco triunfos comenzó en 1989, pero el más significativo llegó el año 1992, cuando partieron desde Tarija y llegaron a Cobija. El piloto ganó además en 1998, 1999 y ahora en 2007. Sin embargo, la gloria trajo consigo más sustos.
El dolor de la adrenalina
1976, un primer vuelco en su debut. 1992, carrera en Oruro con una costilla rota. 1999, golpe en Uruguay en una clavícula y, pese a ello, se corona como subcampeón sudamericano. El riesgo estuvo siempre a la vuelta de la esquina.
Sin embargo, dos de los mayores sustos se los dio en 1991 y 1992. En Potosí, su navegante Leslie Koernig resultó con fracturas en la cabeza, y en Perú, el auto se incendió cuando iban a 237 kilómetros por hora. Armin perdió el conocimiento y sus primeras palabras en el hospital fueron: “¿Cómo está el coche, estará listo para largar?”.
“Por las venas de Armin no circula sangre, sino aceite”, dijeron las transmisiones radiales. Puso en vilo a su familia en al menos ocho accidentes durante 31 años.
Tras el esfuerzo, el reconocimiento creció. Luego de su sexto cetro, en 1992, fue bautizado como el “sexy-campeón” en un juego de palabras referidas al hexacampeonato. Había llegado el momento de atravesar las fronteras.
Armin llevó la Tricolor al Rally Mundial de Argentina 1992 y 1993, Caminos del Inca, Codasur, Nubes de Colorado en Estados Unidos y el Gran Premio Masters de Córdoba. En 1995 se retiró, compitiendo ocasionalmente, pero el “bichito de la velocidad me picó otra vez” y volvió en 1998 y 1999 para ganar los Grandes Premios. Sólo la artritis lo alejó del volante el 2001 y parte del 2002.
El esperado regreso se dio en Pucarani. En el autódromo compitieron sus tres hijos y sus amigos le dijeron: “Armin, maneja un ratito”. No lo pensó más e hizo el mejor tiempo de la familia ese día.
Coche a la vista…
Con una ventaja de siete cetros nacionales y cinco Premios, Armin entrecierra sus ojos cafés, como hace cuando quiere ver mejor y más lejos. Sus palabras suenan claras y nítidas, señal de que hablar de su familia lo apasiona.
Mantiene el pulso firme, como al frente del Torino, el Ford Escort, el Nissan y los Mitsubishi Evolution. Pero cuando se refiere a su familia, frena el ímpetu y desliza con seguridad que “lo es todo. Primero están los padres y los hermanos. Luego, cuando uno se casa, llegan los hijos, y finalmente la tercera familia está con los nietos”.
Retoma el rumbo. Reconoce su pasión por el fútbol, por Bolívar, Independiente de Avellaneda y Real Madrid. Obviamente están las competencias de Fórmula Uno, mas cree que un sueño no realizado fue no poder subirse a un coche del Grupo A en un Rally Mundial.
No todo es automovilismo. A Franulic le afecta la actual situación política del país. Ante algunas corrientes divisionistas, recuerda que “el automovilismo siempre integró a la patria. Guardo la esperanza de que al final prime la unión, porque Bolivia es una sola, sin distinción de colores ni razas”.
Baja la bandera a cuadros. Franulic y el Mitsubishi Evolution III cruzaron la meta del Gran Premio como pentacampeones. No se sabe si correrá el 2008. Leslie señala que su hijo Patricio debería hacerlo ahora. Y antes de guardar el coche en el garaje, surge la pregunta:
—¿Qué pasa si el coche está listo el próximo año?
—Si está listo y yo también...
MOMENTOS
El mejor de todos. “Es el hombre récord del automovilismo deportivo en Bolivia. Nadie como él ganó tantas carreras y batió récords. Metódico y calculador. Posee notables condiciones para el manejo, además de un buen complemento con el auto. Un corredor constante y con mucha dedicación”, señala respecto al múltiple campeón nacional Franulic, el periodista Heriberto Aramayo en “Historia del automovilismo boliviano”.
La victoria de 1997. Al año de su debut, Armin Franulic y su copiloto Eduardo Berdegué ganaron su primera competencia nacional en Potosí, en la Doble Karachipampa. El futuro campeón manejó en aquella prueba un Ford Escort. Berdegué fue el primer copiloto, después vinieron: Jaime Villa, Samuel Bustillos, Johnny Alcázar —que falleció en Argentina— y Leslie Koernig.
Inolvidable escudería. Entre 1982 y 1986 se armó la escudería BMW del Banco Mercantil y Bolivian Motors, una de las más fuertes del automovilismo deportivo boliviano. Los tres integrantes fueron Armando Paravicini (izq.) el recordado Carlos “Chino” Méndez y Franulic. Los tres fueron verdaderos campeones y permanentes animadores del calendario. Fueron los pioneros de lo que luego llegó en los 90 con Subaru, Toyota y Nissan.
EL EMPRESARIO Armin Franulic Koernig nació en La Paz el 8 de septiembre de 1943. Sus padres fueron Juan y María Luisa, sus hermanos: Andrés, Ivo, Lucrecia y Franklin. Se casó con la señora Mercedes Davalillo y tiene tres hijos: Mauricio, Pablo y Patricio. Sus nietos son: Mateo, Mikaela y Adriana.
Es empresario privado y tiene una gasolinera. Su pasión es el automovilismo. Ganó cinco Grandes Premios y siete títulos nacionales. “Tengo casi todos los récords”, señala el corredor a quien asemejan con Sean Connery y Kenny Rogers. Gusta de la música nacional, el country, The Beatles y tiene pinturas de Ricardo Pérez Alcalá.