Los informes presentados recientemente por este diario sobre los recursos financieros que usan las regiones bolivianas reflejan un mínimo interés por la inversión en educación y cultura, apenas un 2%. En ellos también se demuestra la existencia de 75 organizaciones no gubernamentales dedicadas a este mismo rubro, de un total de 410. Eso significa que en su gran mayoría las falencias del sistema educativo son soportadas por entidades de la sociedad civil, olvidando que el sector privado también puede y debe contribuir a mejorar la calidad educativa.
Es legítimo que dadas las circunstancias políticas de Bolivia, un país con una democracia muy frágil, la cooperación internacional destine mayores fondos a ello. Pero no hay que descuidar la formación de las futuras generaciones. Los proyectos de desarrollo no deben ser iniciativas aisladas sino integrales que conlleven la participación de todos los sectores públicos y privados. Por ejemplo, un medio importante para el fortalecimiento de una cultura democrática es el fomento de proyectos a largo plazo que involucren a la comunidad educativa en todos sus niveles y formas.
La capacitación no debe estar dirigida a los líderes actuales sino también a los futuros que hoy se forman en las escuelas y universidades. El talento de esa juventud debe ser aprovechado para que en un tiempo cercano sepan defender con convicción el Estado de Derecho, la estabilidad jurídica y el fomento de la inversión extranjera.
Toda la cooperación internacional que recibe Bolivia debe ser bien aprovechada, de modo que los recursos financieros y humanos se canalicen en proyectos que formen parte de una verdadera reforma integral en temas tan esenciales como la educación.
Bolivia como país tiene el desafío de invertir en una educación que permita reducir gradualmente la pobreza a la par con un proceso de apertura económica al mundo. Si esta última premisa no es lograda por razones políticas, al menos intentemos empezar por la educación.
Se debe plantear una agenda social de largo plazo, por ejemplo a unos cinco o diez años, sobre qué temas consideran pertinentes incidir, la educación es un buen inicio. Esa visión de largo plazo debe coincidir en la clase dirigente para que no se vea afectada por los gobiernos de turno, quienes casi siempre rechazan lo anterior y comienzan de cero, haciendo de esta práctica un círculo vicioso.
Conviene la existencia de un organismo independiente que coordine con la cooperación internacional, el sector privado y público a fin de establecer agendas y políticas de Estado a largo plazo, con unos objetivos cuantificables. Además, esta coordinación permitiría que las metas sean convergentes, antes que se dispersen.
Es necesario a la vez cortar con la cultura asistencialista pues se corre el riesgo de que la población se acostumbre siempre a recibir sin ser capaces de plantear proyectos por sí mismos. Los proyectos de capacitación deben procurar que los beneficiarios sean arquitectos de su propio porvenir.
*Carlos Rosales Purizaca es educador y analista peruano.
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