El socialismo paternal tiene su costo; en la práctica, un costo enorme. En los países escandinavos, campeones del ‘Estado de bienestar’, todos los habitantes (ya que no hay ni extrema- damente ricos, ni pobres) pagan en la fuente al Estado la mitad de sus ingresos mensuales como impuesto (más 15% de IVA en sus gastos) y aun con semejante ingreso, estas naciones acumulan ya deudas que superan ampliamente el PIB. Es un socialismo de servicios, no de la producción que es privada.
Imaginemos por un momento, que la campesina que produce habas en sus dos catos cerca de Betanzos y vende la lana de seis ovejitas, tuviera religiosamente que pagar al Estado, sin escapatoria posible y con riesgo de cárcel en caso de información falsa, la mitad del producto de la venta de sus habas y su lana. Ese Estado naturalmente, le ofrecería salud, la mejor educación del mundo, seguro de desempleo, calles y carreteras perfectas y una seguridad tal, que estaría dispuesto a pagar el rescate de un secuestro si cayera en manos de los guerrilleros colombianos. Desde aquí, esos rubios confiados en su Estado, nos parecen ‘opas desteñidos’ y naturalmente, los engañamos con enorme facilidad, ya que creen cándidamente en lo que les digamos. Sociedades de confianza.
El ejemplo andino más cercano del intento de alcanzar el ‘Estado de bienestar’, lo tenemos naturalmente en Venezuela. Aun con toda la energía del presidente Chávez, su Estado, con 60.000 millones de dólares de ingresos petroleros y un gasto de más de un tercio del PIB, no alcanza a completar las necesidades de comida y empleo de su población. En los últimos 12 meses, los precios de los alimentos han subido 26,1% —el impuesto directo a los pobres—. La situación de los productores es peor aún, desde el 2003 se controla, casi sin cambio, el precio de los alimentos; como los insumos han subido por la inflación, la producción de huevos, leche o yuca, es antieconómica y quienes producen, no tienen sino dos opciones: vender en un mercado ‘semi-negro’ y exponerse a sanciones o cárcel por defraudar al Estado dotado de excelentes controles, o cambiar de rubro y vender, por ejemplo, automóviles. La carne regulada a $us 0,6/kg sólo se consigue ‘en la calle’ a $us 2,3. La meta de cosecha sólo se cumplió en un 75% el año pasado y la cifra de importaciones llegó ya a 31.344 millones de dólares (cuatro PIBs de Bolivia). Las estanterías de los supermercados y de las tiendas de barrio, comienzan a parecerse a las cubanas y el dólar, regulado oficialmente a 2.150 bolívares, se paga ‘en la calle’ hasta a cinco mil.
Realmente no es fácil escapar a la economía de mercado que rige por igual a Inti Raimi y a las vendedoras de la Uyustus; el Presidente tendrá que hacer milagros para lograrlo, y esos milagros no se alcanzan con ‘agua tibia’. Faltan cambios drásticos.
Jorge Zapp es consultor internacional.
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