Finalmente, a la hora de aterrizar se acabarán las tonterías y amabilidades e “rogamos a ustedes colocar en sentido vertical el respaldar de su asiento, abstenerse de fumar y abrocharse el cinturón”. Nos esperan cosas terribles en los aeropuertos si continúan aumentando las medidas de seguridad contra el terrorismo. Cuando pasa una calamidad, acaban pagando los platos rotos quienes menos tienen que ver con ella. Los criminales hallan la manera de saltarse los controles, pero el pasajero pacífico tendrá que acabar sometido a escrutinios de cuatro horas en el aeropuerto para que le permitan realizar un vuelo de veinte minutos.
Allí le confiscarán las tijeritas de encrespar pestañas a los ejecutivos de banco, los cinturones a las damas y los juguetes a los niños.
Todo movimiento despertará alarma y cualquier duda deberá reportarse al capitán para que decida si aterriza de emergencia, fusila al pasajero o lo arroja por una ventanilla especial que será abierta en la parte trasera del avión.
Cronometrarán las idas al baño y habrá límites de tiempo según el servicio.
—¿Qué se dispone a hacer el caballero, número 1 o número 2? —preguntará una azafata.
—Número 2, señorita.
La aeromoza consultará la tabla de servicios higiénicos.
—Es la segunda vez que acude al baño a hacer número 2. Sólo se autoriza una prestación de esa índole cada siete horas. Si pide ir una vez más, tendré que dar parte al capitán.
—Por mí, désela toda, señorita; pero advierto que no vengo por gusto sino por gastroenteritis.
Mientras el pasajero agota sus turnos y su organismo, la azafata consulta su tabla. La gastroenteritis es enfermedad típica del Tercer Mundo y, por lo tanto, debe informar al capitán. Los viajeros del Tercer Mundo serán los más vigilados. Cuando abandone el retrete, una luz denunciará que también hizo número 1 —como si fuera posible hacer número 2 sin número 1— y de inmediato será acusado de mentir a una aeromoza, lo que configura delito de intento de engaño aéreo. Cuatro años de cárcel.
Volar exigirá concentración permanente, pues habrá exámenes sobre las instrucciones que imparte el personal de cabina al subir al avión.
—A ver, el pasajero de la 27C —dirá el copiloto en un test sorpresivo a 10.000 metros de altura—: ¿qué hay que hacer para inflar de urgencia el chaleco salvavidas?
Como todo pasajero que se respete, el de la 27 habrá oído muchas veces las instrucciones, pero no se acordará absolutamente de nada. Pensará, tratará de recordar y al final dirá con voz vacilante:
—¿Soplar por el tubito?
—¡Mal, mal, maaaaal! ¡Hay que halar fuertemente de las dos perillas rojas! Tiene cero. Usted se baja en México.
—¿Cómo así, capitán? Yo voy para Boston.
—Va para Boston, pero perdió el curso. Y, dirigiéndose a dos comandos militares armados hasta los dientes que irán en cada vuelo, dirá: —Bájenlo en México.
Otro problema será la comida. No habrá cubiertos ni vajilla, para evitar peligros; y no habrá tampoco alimentos sólidos a bordo, pues sería imposible partirlos, ni líquidos que deban ser consumidos con vaso. La dieta aérea consistirá únicamente de compotas. Volveremos a la infancia.
Durante el vuelo estará prohibido levantarse del puesto, salvo para ir al baño —bajo el riguroso control de la supervisora de servicios higiénicos— y no se permitirán movimientos bruscos para encender la luz de techo o timbrar en solicitud de ayuda. Quien levante la mano en dirección al techo sin previo permiso podría recibir un golpe de guadaña y perder el brazo.
Finalmente, a la hora de aterrizar se acabarán las tonterías y amabilidades de “rogamos a ustedes colocar en sentido vertical el respaldar de su asiento, abstenerse de fumar y abrocharse el cinturón”. Estas instrucciones las impartirá por el altavoz el jefe de los comandos militares:
—¡Cárcel al que fume, qué pasa que no enderezan esos asientos, a ver cuál es el imbécil que se abrocha de último el cinturón!
Así las cosas, a los únicos que no les va a dar miedo volar será a los terroristas, y será fácil pillarlos.
*Daniel Samper P. es periodista.
Consenso para reducir la mortalidad neonatal
Cada tres minutos se produce una muerte neonatal en Latinoamérica. Esto es totalmente inaceptable dado que el conocimiento disponible permitiría reducir esa tasa de modo muy significativo, con medidas de costo relativamente bajo.
La apuesta del socialismo
El socialismo paternal tiene su costo; en la práctica, un costo enorme. En los países escandinavos, campeones del ‘Estado de bienestar’
¿Control social comunitario?
El actual Gobierno, con su ya conocida incoherencia y sin planes específicos para provocar el desarrollo cuando las condiciones están dadas gracias al buen comportamiento de la macroeconomía
El absurdo de las visas
El Gobierno de Bolivia se ha empeñado en una guerra de baja intensidad con los Estados Unidos, que a ellos —los estadounidenses—, que están en una guerra caliente, lo nuestro les debe afectar lo que una garrapata prendida de un huevo.