El Gobierno de Bolivia se ha empeñado en una guerra de baja intensidad con los Estados Unidos, que a ellos —los estadounidenses—, que están en una guerra caliente, lo nuestro les debe afectar lo que una garrapata prendida de un huevo. El antiimperialismo de Evo Morales es innegable de antaño, porque los EEUU no quisieron dejarle las manos libres en el Chapare para que pavimentara de coca la carretera Cochabamba-Santa Cruz. Pero no cabe la menor duda de que la influencia de Chávez nos está llevando a un absurdo enfrentamiento con la primera potencia del mundo, lo que, para una de las últimas del planeta, es una ridiculez.
En vez de mantener unas relaciones normales con EEUU —aunque no tengan que ser carnales—, estamos cayendo en un juego del que, tarde o temprano, Evo Morales se va a arrepentir. Ya han acusado a los gringos de conspirar contra el Gobierno, de reunirse con la oposición, tildando a un grupo de prestigiosos ciudadanos de trabajar con el Imperio. Sin embargo, casi todo el Gabinete de SE vivió y comió durante años de las oenegés, recibiendo, calladitos, su plata imperial, mientras que los ahora llamados “sectores sociales” no eran sino carne de cañón, como siguen y seguirán siendo.
Hace unas semanas, el Gobierno anunció adoptar “decisiones radicales” contra los EEUU y que no le permitirían “ni un solo día más” que conspire contra el “cambio”. Hasta se realizó una reunión de 44 embajadores y cónsules bolivianos, seguramente para cranear el jaque mate al Imperio. Y mientras el embajador Goldberg le dice al Gobierno que haga lo que quiera, en tanto no se propase, como con la cocaína, por ejemplo, el Ribbentrop nativo, Choquehuanca, ya ha empezado su ofensiva de baja intensidad. Simultáneamente, como somos pedigüeños y sinvergüenzas, enviamos a Washington al Vice para que ruegue por el ATPDEA y la Cuenta del Milenio.
Una de las medidas, jocosa de verdad, pero lamentablemente perjudicial, ha sido la exigencia de visa para los turistas norteamericanos que nos visitan. “Es una medida de reciprocidad”, han dicho los nuevos arios de Achacachi. Pero no se han dado cuenta de que es una suprema estupidez obstruir el pequeño flujo turístico yanqui que nos llega, principalmente del Perú, pidiéndoles unos requisitos idiotas. Eso es, sencillamente, matar nuestro incipiente turismo, que podría darnos mucho dinero, como sucede en todo el mundo. ¿Qué quiere el Presidente, además de jorobar a los gringos? ¿Que Bolivia se convierta en un Tíbet, si ya no lo es? ¿Quieren los amautas, mallkus y achachilas que nos quedemos aislados entre nosotros nomás sacándonos la entretela a palos?
Primero deberíamos tomar en cuenta que el turismo norteamericano es disputado por todos: europeos, asiáticos, africanos y americanos. Entre los llamados “mochileros” y el gran contingente de jubilados gringos, son miles de millones de dólares anuales que se quedan regados por el mundo. Pero por un mundo que los recibe bien, que no los amenaza, y menos les pone trabas. A los norteamericanos les interesa conocer Bolivia, seguramente. Pero no debemos olvidar, que, ya antes de castigarlos con la visa, el Departamento de Estado había aconsejado a sus súbditos evitar Bolivia en lo posible, por razones de seguridad. ¿Eso lo sabía nuestro Ribbentrop?
Ha sido penoso escuchar a nuestro embajador en Washington, el miércoles en la noche, por la tele, asustado, desinformado, desaliñado, decir que la decisión todavía no es definitiva. Que en la reunión de los 44 embajadores se trató el tema pero que ya veremos qué sucede hasta diciembre; que las medidas se pueden mejorar. Preguntamos: ¿El Gobierno no piensa antes de adoptar sus decisiones? ¿Un embajador puede desmentir a su ministro? Francamente, fue ridícula la actuación del encomendado a cazar a Sánchez de Lozada, porque dijo no estar muy informado de este asunto, que, para él, debe ser de menor cuantía. Pero, en suma, de ahora en más, no serán los bloqueos carreteros los que frenen nuestro turismo, sino el bloqueo de las visas.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático
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